Análisis de LaRouche Resumen electrónico de EIR, Vol. III, núm. 04

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¡Enciérrenlo o mátenlo!'
La noche que vinieron a matarme

2 de marzo de 2004.

El 6 de octubre de 1986 un virtual ejército de más de cuatrocientos hombres armados descendieron sobre el pueblo de Leesburg, Virginia, allanando las oficinas de EIR y sus asociados, y también con otra misión, una más oscura. El predio donde residía en ese entonces fue rodeado por fuerzas armadas, mientras aeronaves, vehículos blindados y más hombres esperaban la orden de abrir fuego. Por fortuna no sucedió una matanza, porque alguien de mayor autoridad que el jefe de la División Penal del Departamento de Justicia, William Weld, ordenó cancelar el ataque en mi contra. Las fuerzas alistadas para abalanzarse sobre mí, mi esposa y varios de mis asociados fueron replegadas por la mañana.

Ese fue el segundo caso cabalmente documentado de la participación del Departamento de Justica de los Estados Unidos en operaciones encaminadas a eliminarme de la política. El primer caso quedó registrado en un documento interno del FBI fechado a fines de 1973. El primer caso fue una operación estadounidense interna; el segundo, del 6 y 7 de octubre de 1986, fue internacional, y contó con la participación del Gobierno soviético del secretario general Mijaíl Gorbachov. Para entender el nivel superior de mando que define la forma en que los burócratas del Comité Nacional Demócrata han usado el veto impuesto por el Partido a la ley de los derechos de los votantes en un intento por excluirme de esta elección, tenemos que señalar los rasgos decisivos de los intentos de 1973 y 1986 por eliminarme.

Esto no sólo es motivo de que me queje. La gran mayoría de los estadounidenses son, tanto como yo, la víctima escogida. Ellos tienen derecho a saber lo que está haciéndoseles en conexión con esto. Ahora me explico.

Esos sucesos del 6 y 7 de octubre de 1986 empezaron en Suecia, cuando alguien asesinó al primer ministro de esa nación, Olof Palme, y de inmediato, de forma fraudulenta, me achacaron el asesinato a mí. Mis por lo general mentirosos enemigos en el Washington Post adoptaron prestos esa calumnia, y otras reconocidas letrinas noticiosas les siguieron. Este asesinato ocurrió en el marco de una ola generalizada de propaganda de odio en mi contra, desatada por todo el mundo desde el Gobierno de Gorbachov, el socio de Armand Hammer. Lo que estaba tras la participación soviética en el ataque, era que ellos sabían del papel que desempeñé en introducir lo que el presidente Ronald Reagan llamó públicamente la "Iniciativa de Defensa Estratégica (IDE)". Gorbachov, al igual que su antiguo padrino, el secretario general soviético Yuri Andrópov, me odiaba por mi labor internacional, así como en los Estados Unidos, en el desarrollo de la propuesta de la IDE.

En el transcurso de ese año quedó claro que el asesinato del blanco sacrificable, Palme, se usó y, por tanto, probablemente pretendió usarse, para crear el ambiente de lo que luego pasaría por un asesinato "justificado, en represalia", de mi persona; hasta la fecha no se le ha presentado al público ningún otro motivo creíble para asesinar a Palme. Una indagación de todos los desarrollos pertinentes del intervalo que va de esa muerte a tiros hasta los sucesos, más tarde ese mismo año, del 6 y 7 de octubre en Leesburg, y de todos los acontecimientos pertinentes en la pauta de acción, incluyendo los pasos preliminares que dio el bostoniano William Weld, representan una conexión sistémicamente funcional entre el asesinato de Palme y los referidos sucesos del 6 y 7 de octubre.

Cuando se consideran ambas operaciones de "eliminación" en mi contra del Departamento de Justicia, la pregunta obvia es: "¿Están relacionadas esas dos operaciones, la de 1973 y la de 1986?" De hecho están relacionadas de forma muy estrecha, y son clave para comprender el porqué los poderes financieros que dictan las medidas que el presidente del Comité Nacional Demócrata, Terry McAuliffe, impone en mi contra, están tan histéricamente empeñados en excluir al único candidato presidencial demócrata que ahora representa, de manera oficial, a la base de apoyo financiero popular más amplia, en base al número de contribuciones, de todos los contendientes demócratas. ¿Por qué las fuerzas que dictan estas disposiciones me temen tanto que tomarían riesgos políticos tan extraordinariamente grandes para emprender esta clase de esfuerzos por acarrear mi eliminación personal y política?
En el segundo caso, el del 6 y 7 de octubre de 1986, el motivo obvio para mi asesinato oficial planificado, y el de mi esposa y otros en esa ocasión, fue la función que desempeñé en el desarrollo de la IDE. Irónica, pero no accidentalmente, esta operación se soltó cuando el presidente Reagan estaba reunido con Gorbachov en Reikiavik, Islandia, lugar en el cual el Presidente una vez más reafirmó con firmeza su cometido de instrumentar la IDE.

Sin embargo, existe una conexión directa con la operación previa de 1973 del FBI. La campaña de 1973 por "eliminarme", la que casi acaba en matanza el 6 y 7 de octubre de 1986, y el obstinado esfuerzo por excluirme de los debates ahora, son, todos y cada uno, producto de la misma cuestión de mi lucha contra los afanes de ciertos economistas liberales y otros por someter al mundo entero al dictado de las políticas del ex ministro nazi de Economía, Hjalmar Schacht.

El origen último de estas disposiciones y otras relacionadas no es el Departamento de Justicia estadounidense, sino una autoridad muy superior al Gobierno de los Estados Unidos: la misma colección de intereses financieros oligárquicos internacionales de corte veneciano, y sus despachos jurídicos asociados, que desataron la ola de dictaduras fascistas en la Europa continental durante el intervalo de 1922-1945. La característica común de esos intereses financieros internacionales entonces —allá por 1922-1945—, como ahora, es su actual empeño por imponerle una economía schachtiana a los propios Estados Unidos, y también al mundo entero, del modo que el saqueo de Argentina ahora en marcha es típico de tales prácticas fascistas en acción.

La intención de dichos financieros tras la exigencia de que se me excluya de las actividades del Partido Demócrata, es tratar de garantizar que el próximo Presidente de los Estados Unidos de América no sea otra cosa sino un mandadero de los banqueros pro fascistas en materia de política económica y social nacional. Un número notable de estos intereses financieros pro schachtianos son los proverbiales "billetudos" tras el Partido Demócrata.

Tres asuntos interrelacionados

Detrás de todas las operaciones en contra mía, desde 1973 hasta nuestros días, hay un reflejo de la característica común de tres asuntos estrechamente interrelacionados. El primero es mi oposición a la economía schachtiana en favor de Franklin Delano Roosevelt. El segundo es mi opopsición a las mentadas doctrinas militares "utópicas" hoy asociadas con el "hombre-bestia" Dick Cheney. El tercero es mi intención de darle marcha atrás a la necedad de los Estados Unidos de seguir un rumbo cuesta abajo en los últimos cuarenta años, pasando de ser la principal nación productora del mundo, al actual desastre depredador de pan y circo "posindustrial" como el del Imperio Romano.

Remontémonos al tercer y cuarto trimestres de 1971. Cuando el presidente Richard Nixon ordenó cortar con el sistema de Bretton Woods el 15 y 16 de agosto de 1971, yo respondí denunciando la incompetencia de aquellos economistas importantes que insistieron en que un suceso tal no podría ocurrir nunca con los llamados "estabilizadores automáticos". Desde mediados de los 1960 advertí en repetidas ocasiones, de forma pública, contra una tendencia tan altamente probable, de que ocurra una serie de crisis monetarias internacionales que desembocarían en el consiguiente desplome del actual sistema monetario mundial. Eso pasó. Una vez más desmostré estar en lo correcto como pronosticador económico de largo plazo; prácticamente todos los libros de texto de economía de las universidades, prácticamente todos los profesores u otros parecidos, demostraron estar totalmente equivocados a este respecto.

Por tanto, mis asociados y yo lanzamos una campaña contra los profesores académicos de economía de pacotilla. El alboroto que produjo esta campaña en las universidades, y en todas partes, llevó a los maltrechos economistas y a sus patrones a escoger un campeón de su causa, elegido para derrotarme en un debate abierto. El que pronto probó ser el infortunado profesor Abba Lerner, dizque el principal economista keynesiano local en los Estados Unidos de América, fue escogido para la contienda.

Nos vimos las caras en las instalaciones de la universidad Queens College de Nueva York. Los profesores y figuras notables comparables se arremolinaron principalmente en las primeras filas, y los estudiantes y otros atrás de ellos.

El reto que le planteé a Lerner era que sus propuestas para Brasil eran un eco de las doctrinas del ministro nazi de Economía, Hjalmar Schacht. Yo advertí que su política hacia Brasil era típica de la clase de medidas de austeridad de corte fascista que se impulsarían bajo la nuevas condiciones creadas por la decisión de Nixon. El tiempo que le correspondió, y más, Lerner lo pasó retorciéndose y contorsionándose tratando de cambiar el tema del asunto concreto que planteé como la piedra de toque del momento, la política de Brasil. Luego, el debate concluyó cuando Lerner lloriqueó: "Pero si Alemania hubiera aprobado las medidas de Schacht, Hitler no habría sido necesario". La reacción de los ahí reunidos a esta quejicosa aserción fue que quedaron pasmados. Ese día sacaron a Lerner del campo de batalla fuera de combate.

Desde esa ocasión, ningún economista de renombre en ninguna parte del mundo ha encontrado las agallas para desafiarme a un debate sobre estos asuntos decisivos de política económica schachtiana, que los Estados Unidos han impulsado desde entonces. Como señaló un amigo de Lerner, el profesor Sidney Hook: "LaRouche ganó el debate, pero" perderá mucho más como resultado de eso. Esa fue su forma de decir que la "élite" se uniría en mi contra; y así lo hizo.

No hubo ninguna coincidencia en nada de esto. El alejamiento de las economías estadounidense y británica de la función primordial de los Estados Unidos como la mayor nación productora del mundo, hacia un utopismo "posindustrial" pro schachtiano, fue el sello característico de la campaña presidencial de 1966-1968 de Nixon. Los absurdos de este giro "posindustrial" hacia un monetarismo rabioso, llevaron al Gobierno estadounidense al extremo que tiene que abandonar sus estúpidas políticas económicas y culturales adoptadas después de Kennedy, o tomar la decisión que advertí me temía tomarían. La decisión de Nixon del 15 de agosto de 1971 hizo inevitable la marcha en dirección a la ruina y la dictadura de corte fascista. La decisión de Nixon de mediados de agosto hizo así del asunto del debate de 1971 entre LaRouche y Lerner, el inevitable asunto medular continuo de la política económica estadounidense, desde esa fecha hasta nuestros días neoschachtianos del Felix Rohatyn asociado con Lazard Frères.

La decisión de Nixon metió a las instituciones principales y al electorado estadounidense en una pecera ideológico-económica virtual. Esto quiere decir que puede que el pobre pez crea poder gobernar el universo escogiendo esa parte del interior de la pecera hacia la que quisiera nadar, pero a la propia pecera la movieron sin que se percatara de la dirección hacia la que la llevaban. Tales son los engaños utópicos, a veces trágicos, de los cartesianos y otros devotos de lo que ellos mismos establecen como definiciones axiomas y postulados "de suyo evidentes". El universo en el que creen, es sólo una pecera llena de esos tontos que piensan que su propia libertad de elección controla su destino, de conformidad con tales creencias.

La mayoría de la gente común y corriente poco alcanza a apreciar la ferocidad con la que los financieros liberales pro schachtianos odian la memoria del presidente Franklin Roosevelt. La mayoría de los sesentiocheros del ámbito empresarial y otros afines, tales como mis rivales por la Presidencia, ni siquiera saben lo que es una táctica schachtiana. No obstante, la derrota del esfuerzo de esos financieros pro sinarquistas y pro schachtianos de crear un internacionalismo fascista en las décadas que siguieron al Tratado de Versalles, inflingida sobre todo por los Estados Unidos de América de Roosevelt, ha incitado a los actuales financieros a procurar cualquier medio posible que desarraigue y destruya la clase de república constitucional agroindustrial que la victoria de Roosevelt sobre Hitler y compañía representó. De modo que en agosto de 1944, tan pronto la avanzada encabezada por los Estados Unidos en Normandía selló el fin próximo de Hitler, esos círculos financieros que apoyaron de manera temporal el esfuerzo de guerra de Roosevelt, lanzaron el vuelco derechista representado por la importante función que Bertrand Russell desempeñó en impulsar una doctrina estratégica utópica de gobierno imperial mundial, mediante la guerra nuclear preventiva.

En sus dos períodos en la Presidencia, el presidente militar tradicionalista Eisenhower defendió nuestro orden constitucional de los utopistas rabiosos, a los que denominó un "complejo militar-industrial". El asesinato de Kennedy le rompió el espinazo a la resistencia contra esos utopistas; los Estados Unidos se hudieron en las arenas movedizas de la guerra asimétrica en Indochina, y en el cambio "posindustrial" paralelo de mediados de los 1960, que fueron las circunstancias que acompañaron a esa victoria de los utopistas. Los asesinatos de Martin Luther King y Bobby Kennedy fueron elementos decisivos en la marcha de nuestra cultura económica hacia la ruina, y peor más allá.

El cambio descendente de paradigma cultural de mediados de los 1960, tan sólo representado por la contracultura dionisíaca del rock, las drogas y el sexo, significó la destrucción de la mente y las agallas de lo que fue la mayor economía del mundo, la economía estadounidense. El propósito de ese cambio inducido de paradigma cultural era arrancar de raíz todo lo que en los Estados Unidos tuviera que ver con los logros alcanzados por Franklin Delano Roosevelt como presidente.

Mi propuesta de lo que el Presidente después llamaría su "Iniciativa de Defensa Estratégica", nació del reconocimiento del peligro real en aumento de una guerra termonuclear general, de las doctrinas de la camarilla de James R. Schlesinger en torno al tema del "peligro presente". Yo reaccioné por mi convicción de que la demencia nuclear de los compinches de la Comisión Trilateral de Brzezinski, Schlesinger y demás, mostraba que los Estados Unidos tenían que encontrar formas de hacer participar a la Unión Soviética en una alternativa de largo plazo a la guerra termonuclear implícita en una continuación de las mentadas políticas de corte russellita de la "detente" de los 1970. Así, cuando el Consejo de Seguridad Nacional de Reagan abrigó mis discusiones no oficiales con el Gobierno soviético, para explorar lo que yo propuse como la alternativa pertinente, me convertí en un grave peligro a las políticas de los utopistas dentro y fuera de nuestra dirigencia de la Defensa. Al término del discurso televisado del Presidente del 23 de marzo de 1983, ellos decidieron que yo era una fuerza política contraria a sus planes demasiado capaz como para permitirme vivir. Es lo mismo que represento contra Cheney y su pandilla de lunáticos neoceonservadores hoy día. Ese fue el motivo principal que impulsó los sucesos antedichos de 1986.

Así, el asunto de mi oposición a la economía schachtiana, a la demencia militar utópica, y a las últimas cuatro décadas de cambio descendente de paradigma cultural en la economía, la mente y la moral de nuestra nación, son tres aspectos del mismo asunto. Es por eso que quisieron "eliminarme" en 1973, que trataron de eliminarme mediante actos descarados a descubierto en 1986, y que hoy desean eliminar toda huella de mi influencia internacional.

'A la cárcel; ¿quién se apunta?'

El fracaso del ataque armado que pretendió hacerse el 6 y 7 de octubre de 1986, llevó a un intenso debate de alto nivel en círculos relevantes. "¿Lo matamos, o lo encarcelamos?", fue el tenor de ese debate. La amenaza que lanzó la facción utopista fue: "Si le permites salirse de la trampa legal que estamos preparándole, ¡esta vez no impedirás que lo matemos!"

Esa decisión estuvo en discusión desde la tarde que el presidente Reagan rindió su discurso televisado del 23 de marzo de 1983. Luego de unos días los utopistas reagruparon sus fuerzas alrededor de círculos que incluían al utopista derechista y ferviente oponente de la IDE (y de LaRouche y Edward Teller) Daniel P. Graham, y a los utopistas de la Fundación Heritage. De modo que se conservó el nombre de la IDE, pero, bajo la influencia de círculos que apoyaban a Graham, su contenido cambió de manera radical para poner el acento en tecnologías obsoletas, más que nada de entre las ya existentes, de ninguna utilidad para la clase de misión enconmendada.
El 12 de octubre de 1988 di un discurso memorable en Berlín, que se grabó para transmitirse por televisión nacional más tarde, ese mismo mes, como parte de mi campaña. Yo pronostiqué el derrumbe inminente de la alianza soviética, empezando quizás pronto en Polonia, y extendiéndose hacia otras partes de Europa Oriental y la propia economía soviética. Propuse un curso de acción para que los Estados Unidos bregasen, mediante una acción económica afirmativa, con la oportunidad de arrancar de raíz a las instituciones enquistadas de mayor conflicto militar por todo el mundo.

Pronto me empujaron a la cárcel por la vía más rápida, y quizás la más deshonesta de los Estados Unidos, el Tribunal Federal de Alexandria en el distrito oriental de Virginia. De modo que, en efecto, el recién juramentado George Bush me envió a prisión y, poco más de cinco años después, Bill Clinton me sacó. Ahora el mundo le da otra vuelta al círculo de crisis. Esta vez, esos banqueros que quisieran poner a un demócrata que sería prácticamente un mandadero que instaure sus políticas schachtianas en la Casa Blanca, volvieron a las andadas. Están aterrados por la idea de que yo, que no soy ningún mandadero en estos asuntos, me acerque siquiera a la Casa Blanca.

A algunos dirigentes nacionales los eligen, a otros o los matan o los mandan a la cárcel para difamarlos. De este modo, camarillas financieras poderosas a menudo han ordenado el destino de naciones y del pueblo, si la gente deja que eso suceda. Así, en el mundo actual, el acto de mayor importancia para una república es que se elija a líderes competentes, y evitar que los asesinen a una señal de la mano de un mafioso financiero pro sinarquista.