Internacional

Resumen electrónico de EIR, Vol.XXV, núm. 11
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Elaborando un presupuesto de capital

Potencial económico

vs. costo-beneficio

por Alberto Vizcarra Osuna

Cuando la Dirección de la Comisión Nacional del Agua (CONAGUA) y su representante, José Luis Luege Tamargo, afirman que proyectos como el Plan Hidráulico del Noroeste o PLHINO deben de revisarse y reevaluarse en base a un apego estricto a los criterios del costo–beneficio, pero además documentar que su realización es fiscalmente viable, estamos precisamente frente a la forma de pensar que, en el marco de la crisis actual, nos garantiza el naufragio de la nación. El problema mayor es que este tipo de criterios no se limita a una dependencia, sino que dominan al gobierno federal y al presidente Felipe Calderón, quien pretende hacerle frente al derrumbe financiero internacional con medidas contables y administrativas.

Por desgracia, esta forma de pensar se ha instituido como un axioma que determina los confines de la discusión presupuestal, en la que prácticamente los dogmas monetaristas del equilibrio en la cuenta pública y la austeridad en el gasto han pasado a ser fórmulas inviolables, con las que se termina por aceptar que el Estado abdique a la razón fundamental por la cual fue constituido: garantizar el bienestar general. En esa condición, el debate presupuestal queda desvinculado de las metas que tienen que ver con las tasas de crecimiento necesarias para la creación de empleos y el incremento de las capacidades productivas de la economía nacional.

Sujetarnos a estos axiomas, algunos de ellos convertidos en leyes y admitidos como realidades de fuerza impuestas por la pujante emergencia de la globalización y el libre comercio, también nos llevó a aceptar la pérdida de la soberanía en la política monetaria y de crédito. El Banco de México, desde que se le otorgó la autonomía, ha ejercido una política monetaria reducida al llamado control de la inflación, no importándole que las consecuencias de esta política sofoquen la actividad productiva y el crecimiento económico.

Con estas funciones, el Banco de México opera como el guardián de las reservas de dólares, para vigilar que se mantengan como una garantía líquida para los intereses financieros que especulan a costa del sacrifico de millones de mexicanos y de entidades estratégicas como PEMEX. Es esta sumisión a los especuladores la que se puso de manifiesto cuando, en apenas tres días de la segunda semana del mes de octubre, el Banco de México subastó 10 mil millones de dólares para entregárselos a los tiburones propietarios de consorcios, los cuales están sobreapalancados en los mercados de los derivados financieros y han emprendido un ataque especulativo contra el peso.

En sólo tres días despojaron a la nación de lo que representaría en gran medida la realización del PLHINO. Podríamos decir que, en tres días, sustrajeron el potencial de abrir 1,3 millones de hectáreas al cultivo —las que representaría el proyecto hidráulico— y, con ello, la posibilidad de doblar la producción nacional de trigo e incrementar en más de 60% la de maíz, así como generar, en un lapso de 10 años, 5 millones de empleos. Y luego nos dicen que esto se hace para proteger al peso.

En medio de la crisis, una oportunidad

Si algún provecho hemos de sacarle a esta aterradora crisis, es reconocer en ella la oportunidad para romper con los axiomas y las estructuras de creencias que nos llevaron a las puertas del infierno económico que hoy padecemos. No hay forma razonable de seguir coexistiendo con las políticas económicas vigentes. La posibilidad futura de la nación descansa en el carácter de mandar a la basura todo el cuerpo doctrinario del monetarismo neoliberal, y retomar las mejores tradiciones de nuestra república para sistematizar el principio que nos permita cimentar una política nacional de crédito, apoyada en un fondo nacional para la expansión y el crecimiento económico que se respalde en una parte de la renta petrolera. Esto nos pondría en condiciones de elaborar presupuestos de capital orientados específicamente hacia la construcción de grandes obras de infraestructura que le permitan a la nación gozar de una vigorosa política de gestión de aguas, energía, generación de empleos productivos y un extraordinario fortalecimiento de nuestro sector primario, para estar en condiciones de enfrentar la crisis alimentaria mundial.

Con esto en mente, el Congreso de la Unión y las comisiones correspondientes enfrentan el momento histórico de llevar la discusión presupuestal del ejercicio fiscal del 2009 mucho más allá del simple jaloneo por la irracional política de recortes del gobierno federal. Ha llegado la hora de romper con los axiomas doctrinarios que han estado destruyendo la economía nacional en los últimos 25 años, y un paso ejemplar y específico en ese propósito es introducir la idea de un presupuesto de capital para la realización del PLHINO.

Potencial económico

En esta tarea, de lo primero que nos tenemos que deshacer es del absurdo criminal de que la economía se mide en dinero. Es esa creencia mágica en el dinero como la fuente de la riqueza la que nos ha llevado a las peores decisiones en materia de política económica. Sobre estos supuestos se formuló, con la firma del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), el sofisma de que nos costaría menos dinero importar los granos básicos que producirlos nacionalmente. En esa misma falacia se sigue apoyando Luege Tamargo cuando sostiene que ha pugnado explícitamente porque el país reduzca de manera drástica su producción de maíz y otros granos que consumen demasiada agua. Vale más, dice Luege, ahorrar agua e importar maíz, y sustituir este tipo de cultivos por otros de “alto valor agregado”, como frutas y hortalizas, que luego pueden exportarse por muy buen dinero.

Si se observa, en esta idolatría al dinero no hay ninguna referencia asociada al incremento en las capacidades productivas del trabajo, ni metas que tengan que ver con el aumento en el volumen total de la producción de bienes físicos que atiendan las necesidades presentes y futuras del consumo de la población. Todo está orientado a la ganancia monetaria como motor de la economía, en donde se le imputa al dinero un valor intrínseco como tal. Han convertido la ideología desplegada en torno al dinero en un engaño colectivo para encubrir sus políticas parasitarias, que merman las actividades productivas y masifican la pobreza.

La mayor concentración de maldad de esta ideología monetarista es que suprime la idea de la existencia del potencial económico y, con ello, impone la desaparición de la capacidad soberana del Estado para emitir crédito. Es así como la inversión en infraestructura queda sujeta a la posibilidad de obtener ganancias monetarias y financieras, y la suerte de la economía en general se deja al arbitrio de las “fuerzas del mercado”.

El potencial económico de una región o un país es algo que no deja constancia con los métodos empiristas; sin embargo, la mente humana puede apropiarse de él como un objeto de lo que puede crearse físicamente. En eso se finca la planificación económica, en la estimación de las potencialidades físicas de una economía, y no en la ganancia monetaria. Se hace un balance de las capacidades instaladas, y luego se fijan las metas en función de los requisitos de consumo presentes y futuros de la población y de la economía como un todo. En ese sentido, el potencial económico es un principio físico, y, como tal, medible en términos dinámicos. En esto se apoya la legítima autoridad del Estado, como está implícito en el espíritu de la Constitución mexicana, para ejercer una política nacional de crédito. Y a ello se tiene que apelar en la formulación de un presupuesto de capital para una obra de características estratégicas como el PLHINO.

Un presupuesto de capital

Como se documenta en la carta de materiales, los requisitos asociados con la obra civil del PLHINO pueden cubrirse en cerca del 85% con las capacidades instaladas de la economía nacional. Es decir, México cuenta con las condiciones físicas para producir los millones de toneladas de concreto y acero que demanda la obra. También cuenta con los técnicos e ingenieros civiles que se necesitan, y con un ejército de desempleados dispuestos a participar en la construcción del futuro de la nación. Lo que esto nos indica es que, para construir esta gran obra, no vamos a necesitar, en lo fundamental, crédito externo, en tanto que estamos nacionalmente habilitados para asumir esa tarea.

Lo que se plantea para el caso es un presupuesto de 14 mil millones de dólares, a ser ejercidos en una proyección multianual que comprende un período de 10 años. Como el 85% de lo que la obra demanda se puede producir nacionalmente, eso quiere decir que este mismo porcentaje se puede cubrir en pesos. Este potencial físico de la economía nacional respalda la capacidad del gobierno para emitir crédito soberano, sin ningún problema, dirigido a la realización del PLHINO.

Los fines de un presupuesto de capital son aumentar la productividad físico–económica y mejorar las potencialidades de desarrollo. Por lo mismo, contrario a los alegatos simplistas que suponen que la emisión de crédito produce un desequilibrio en el presupuesto, una orientación económica con acento en el presupuesto de capital nos asegura, a la postre, un fortalecimiento presupuestal en el gasto operativo como producto de la expansión económica generada por las inversiones de capital.

Entendidas así las cosas, el Congreso deberá legislar para formalizar la operación del presupuesto de capital con el propósito específico ya definido, aparte del presupuesto operativo.

Al respecto, no faltarán las necedades monetaristas que suponen que la emisión de crédito en pesos propiciaría un ataque especulativo contra la moneda nacional y la fuga de capitales. Por lo general, este tipo de falacias tiene su origen en las mismas autoridades que hasta la fecha controlan el Banco de México y la Secretaría de Hacienda, los mismos que no tuvieron empacho en facilitarles a los vampiros de la especulación, en menos de 72 horas, más de 10 mil millones de dólares.

Si hemos de proteger la moneda nacional en medio del tsunami financiero mundial, se hará necesario establecer el control de cambios y de capitales, como ya lo están explorando algunas naciones en el mundo para resguardar sus monedas del frenesí especulativo mundial. Pero, además de proteger el peso con estas medidas, se hace necesario fortalecerlo robusteciendo el mercado nacional, precisamente con una política económica orientada a las grandes obras de infraestructura. El valor de una moneda y su fortaleza se respaldan en sus potencialidades productivas, y no en criterios simples de intercambio de mercancías.


El cuerpo de ingenieros que construyó el metro de la Ciudad de México y su sistema de drenaje profundo se cuenta entre los mejores del mundo. Hoy, esa capacidad de ingeniería se perderá, a menos que emprendamos la construcción de grandes obras de infraestructura. (Foto: Gobierno de la Ciudad de México).

El 15% restante es lo que reclamaría la contratación de acuerdos con otras naciones que dispongan de los bienes de capital y la tecnología especializada de los que México pudiera carecer para eficientar los trabajos de construcción de presas y túneles que el proyecto contempla. Por lo mismo, esta porción tiene que ser en dólares, que México bien puede cubrir usando los ingresos petroleros como respaldo. Esta misma porción o porcentaje también funcionaría con los mismos criterios de presupuesto de capital ya explicados.

Teniendo esto en cuenta, el Congreso de la Unión debe plantearse la creación de un Fondo de Expansión y Crecimiento Económico, en vez de tener un Fondo de Estabilización —que en realidad quiere decir un fondo para los especuladores—, y con ello respaldar la construcción del PLHINO. El fondo debe observar un monto de crédito nacional emitido por el Estado, y también el monto en dólares para cubrir los requisitos de importación que serán necesarios para dicho propósito, respaldado con una parte de los ingresos petroleros.

Las comisiones pertinentes del Congreso se encargarían de asegurar que la operación de dicho fondo quede protegida de los vaivenes de la política presupuestal, y que se formule un ejercicio anualizado para realizar los 14 mil millones de dólares estimados como costo total del proyecto hidráulico, en un período aproximado de 10 años.

Con este compromiso del Estado, se convocaría a la industria nacional para el establecimiento de los contratos y los respaldos crediticios, a ejercerse a una tasa de interés que no excedería el 2% anual, considerando que la formación de capital se mide en términos de los ciclos de vida física útil de las obras de infraestructura, los cuales generalmente guardan una correlación con la formación de una generación. Por lo mismo, la medición de los ciclos de capital comprende períodos de entre 25 y 30 años. Con esto, se procura mantener el equipotencial productivo de la población existente y se garantizan las necesidades futuras de la próxima generación.

Este referente físico–económico es el que debe definir y conformar la política monetaria y la generación del crédito. Esto permite emitir, en forma creciente, crédito orientado a la producción, bajo la condición estricta de que el ritmo de crecimiento de la economía siempre exceda el crecimiento neto de la deuda y sus obligaciones. En este proceso, el potencial del ritmo de crecimiento es lo que garantiza la factibilidad en la emisión del crédito.

La idea del Bien

Si procedemos de acuerdo con estos conceptos básicos y los ponemos en práctica para realizar un proyecto específico de infraestructura como el PLHINO, no sólo estaremos asegurando los beneficios materiales —de por sí extraordinarios— que la obra representa, sino estableciendo también un precedente ejemplar de orientación programática sobre cómo proceder en estos momentos de desintegración financiera mundial. Con ello, le regresaremos la confianza a la población, porque los cientos de miles de empleos que podemos crear, además de proporcionarle un salario por su trabajo, le restituye la dignidad de la que ha sido despojada al arrojarla a las filas del desempleo.

La marginación que representa el desempleo es un atentado peor que privar al ciudadano de sus satisfactores materiales. Lo más importante para el ciudadano es desempeñar una función significativa en la vida, una vida que se distinga por el aporte de sus talentos a las generaciones futuras. En torno a esto debemos de unir a la nación y a su pueblo, para asegurar el progreso de su posteridad. En torno a esto mismo debemos restablecer las responsabilidades del Estado nacional como garante único del bienestar general y, con ello, reproducir en cada ciudadano la pasión por el cumplimiento de una misión gobernada por la idea del bien.

La movilización en pro del PLHINO reúne todo ese potencial cultural y social, para despertar un optimismo fundado en la confianza de que los grandes males que hoy nos amenazan y aquejan tienen solución. Es en el Congreso de la Unión en donde la Constitución de la República tuvo la sabiduría de depositar la soberanía popular, y lo que esta crisis nos cuestiona es si los diputados de la presente Legislatura tendrán la estatura moral para responder a dicho mandato constitucional.