Internacional

Resumen electrónico de EIR, Vol.XXV, núm. 10
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Una nueva Era de Tinieblas se acerca:

El imperialismo brutánico actual

por Lyndon H. LaRouche

18 de octubre de 2008.

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Pueda que algunos en las esferas más altas del mundo hoy consideren el siguiente informe como el escrito político más importante que hayan o que puedan haber leído hasta ahora, en toda su vida. Sin duda, las cuestiones estratégicas aquí planteadas proponen lo que al momento sería el asunto más importante de la experiencia histórica mundial de la civilización europea moderna.

Te debates aquí y ahora, en este momento de la historia mundial, entre la esperanza de crear un paraíso y la probabilidad de hundirte en un infierno como el que nunca soñaste siquiera.

Como quiera que se vea la clase de asuntos que abordamos en este informe, convendría que no hubiese gritos de batalla estridentes, sino que lo que haya que decirse sea en ese tono sosegado de seriedad fatídica que usaba el comandante de las tropas al despuntar el día en que comenzaba la madre de todas las batallas. No son las pasiones desaforadas de la turba embriagada, sino el paso escalofriantemente calmo con el que el soldado de caballería marcha firme en su montura y el comandante modera sus acometidas en momentos en que lo impensable está, de hecho, al fin, por empezar.

Por tanto, como acabo de prometerte que lo haría, hablo sereno de lo que los hombres deben recordar una vez pasada la gran batalla que ahora se avecina. Lee estas palabras con calma, pues debes ser receptivo al hacerlo. Porque, si puedes aceptar con serenidad la realidad de lo que aquí te informo, es más probable que tomemos las decisiones que nos permitan sobrevivir a esta crisis ahora próxima de desintegración general de la sociedad actual, a escala planetaria.

Esa célebre hija del alguna vez famoso Bund, Rosa Luxemburgo, sin lugar a dudas fue la economista más competente, en lo intelectual y en otros sentidos, entre sus contemporáneos socialistas; por mucho, la mejor de ellos. Aunque casi olvidada en la vida académica y política de hoy, su entonces atinado tratamiento único original del tema del imperialismo británico brota ahora a la superficie de los acontecimientos de la crisis mundial actual, en vísperas de la elección del 4 de noviembre en Estados Unidos de América. La elección presidencial tiene lugar en momentos en que todo nuestro planeta se tambalea ahora, cada vez con más rapidez, hacia lo que amenaza con convertirse en el descenso del planeta entero a una nueva Era de Tinieblas más profunda que la de la Europa del siglo 14.

Hemos de ubicar hoy aquí la importancia del estudio que hizo Rosa Luxemburgo sobre el imperialismo moderno de modo que, de hecho, para entender la crisis presente de la civilización mundial, tenemos que reconocer dos consideraciones. Primero, que esta crisis mundial es consecuencia de la influencia actual que ejercen los mismos enemigos británicos imperialistas del presidente Franklin Delano Roosevelt, y los propios estadounidenses y otros que simpatizan con Gran Bretaña y a los que virtuales enemigos como el presidente estadounidense y cómplice del primer ministro británico Winston Churchill, Harry S. Truman, movilizaron en contra de Roosevelt desde mediados de 1944. Segundo, esa sucesión de cambios en la política de EU que emprendieron, por influencia británica, figuras estadounidenses prestantes, unas corruptas y otras estúpidas, desde la muerte de Franklin Roosevelt, en especial luego de los sediciosos ataques terroristas de los Weatherman en 1968–1970. Esos acontecimientos reflejan los cambios que, desde 1971, han inducido a todos los Gobiernos presidenciales estadounidenses, ya sea a fomentar o a perder el temple para resistir una situación al seno del propio EUA, en la que el producto físico neto de toda la economía estadounidense ha venido encogiéndose a un ritmo neto en general acelerado, entre ganancias y pérdidas, a lo largo de todo el período que va del año fiscal 1967–1968 hasta la fecha.

La importancia de la obra de Rosa Luxemburgo para los actuales tiempos de crisis ha de ubicarse en las consecuencias de esos ataques perpetrados, bajo la dirección imperialista británica, contra las políticas presidenciales estadounidenses de Franklin Roosevelt, las cuales cobran hoy expresión en el deslizamiento de la economía del planeta entero hacia la presente condición de crisis de desintegración general de los sistemas monetario y físico–económico mundiales en su totalidad. De no dársele vuelta a dicha situación físico–económica —muy pronto—, el período posterior a la elección general del 4 de noviembre de 2008 en EU podría ser el heraldo de un desplome económico de todas las naciones del planeta muy parecido, pero mucho, mucho peor que el que vivió Europa durante aquella Nueva Era de Tinieblas del siglo 14, una Nueva Era de Tinieblas en la que el número de parroquias se redujo a la mitad, la población cayó de súbito en un tercio y la peste negra fue el rasgo cultural característico de las décadas que siguieron a la bancarrota oficial del Rey de Inglaterra en Europa.[1] Esta vez, si esa edad oscura que toca a tu puerta se desata de verdad, el resultado será mucho, mucho peor que lo que pasó en el Viejo Continente durante esa previa Nueva Era de Tinieblas europea.

El rey Eduardo VII (antes príncipe Eduardo Alberto de Gales) usó la política imperial británica para abrirle paso a la Primera Guerra Mundial y a los ataques de Japón contra China, en ambos casos con la intención de destruir a cualquier Estado nacional que pudiera hacerle frente al poderío del Imperio Brutánico. Arriba se aprecia cómo veían los franceses a Eduardo y la “Impúdica Albión”. (Foto: Biblioteca del Congreso de EU. Caricatura: Jean Veber, 1901).

En cuanto a esta cuestión del imperialismo británico hoy, Rosa Luxemburgo sigue diferenciándose y, de hecho, destacando por encima de la generación ahora imperante tanto de la mayoría de los economistas como de los académicos en el campo de las así denominadas “ciencias políticas” y del Derecho en general, así como de la generalidad de los políticos importantes de la actualidad. Esto incluye a casi todos los candidatos recientes o presentes a la Presidencia de EU, ninguno de los cuales tiene la más mínima noción de la historia en tanto proceso, más que como mera secuencia de acontecimientos escogidos cuyo desenlace podría comprarse y venderse al mejor postor hoy.

Como confirma la decadencia continua de la economía física de EU desde 1968, sólo unos cuantos de nosotros en el ámbito internacional y, en lo principal, sólo de mi generación o relativamente menos pocos de la generación inmediata más joven destacan hoy, incluso rara vez, como excepciones a la regla general actual de incompetencia en la toma de decisiones económicas de las naciones del mundo. La acumulación del capital, de 1923, cuya traducción al inglés fue publicada por Monthly Review allá en 1951, es notable porque le proporcionó al lector anglófono un enfoque científico único del tema del imperialismo moderno, en relación con otras fuentes europeas. Por tanto, merece que se le reconozca hoy como un punto de partida aportado por una historiadora profesional competente, la propia Luxemburgo, para entender el origen de la crisis de desintegración económica mundial general ahora en marcha.[2]

Así que lo siguiente sea dicho y tomado como una introducción apropiada a la gran crisis rápidamente en ascenso de la economía mundial que tenemos que resolver, con el grado más alto de autoridad, ipso facto.

La socialista polaco–germana Rosa Luxemburgo (circa 1870–1919) captó la naturaleza del imperialismo moderno de un modo que Lenin, por ejemplo, no pudo hacerlo.

Su participación decisiva en la historia

Rosa Luxemburgo fue la economista socialista que probó que Vladimir I. Lenin de Rusia, así como también la socialdemocracia alemana de entonces, desconocían el significado auténtico de lo que se da en llamar imperialismo moderno. El único rival con el que competía como economista de renombre entre los socialistas de su época era Jean Jaurès, de Francia.

En mi experiencia personal, fue en mi participación en la posguerra como soldado estadounidense en la Calcuta de 1946, durante la primera mitad de ese año, que una gran densidad de primeras reuniones y encuentros repetidos con dirigentes típicos de los partidos de la India y otros me granjeó una penetración bien fundada de la descarnada naturaleza cruel y genocida del imperialismo británico, y mi hondo desprecio, de una justa cualidad existencial, por el patiño imperialista británico que teníamos en casa, aquel Harry S. Truman que sucedió a nuestro bien querido y devotamente antiimperialista presidente Franklin Roosevelt.

Sin embargo, no fue sino hasta que el especialista del Departamento de Estado estadounidense Herbert Feis[3] documentó este mismo razonamiento de Rosa Luxemburgo sobre el asunto del imperialismo moderno, que un historiador económico de renombre recabó en realidad las pruebas cabales disponibles públicamente que corroboraban que Rosa Luxemburgo estuvo en lo cierto, entonces como ahora, a diferencia de sus rivales socialistas y otros.

El imperialismo británico hoy

De modo parecido, al presente, la noción popular, pero de plano incompetente, entre los que se dicen socialistas y otros, de que EUA “encarna hoy el imperialismo dominante del mundo”, no sólo es una idea absolutamente equivocada, sino una creencia que ahora podría ser suicida en la práctica para naciones tales como EUA, Rusia y otros. No obstante, esa idea equivocada es la creencia de muchos economistas y estadistas connotados de todo el mundo que aun hoy se aferran con obstinación a la noción del imperialismo estadounidense. Así, al mundo lo amenaza ahora la influencia que esa ilusión estratégica ejerce sobre los crédulos, la ilusión de que es EUA, y no el sistema liberal angloholandés del Imperio Británico, la fuerza estratégica singular dominante de verdad imperialista que actúa en todo el planeta hoy. Sin duda, todos quienes odian con fervor a EUA, aun entre nuestros ciudadanos y otros en el exterior, incluso políticos de renombre, son producto del hecho de que actúan, sin querer o más o menos adrede, prácticamente como agentes británicos en contra de nuestro Estados Unidos, ya sea que puedan captar o no ese hecho. Uno encuentra una ilusión parecida en muchos en Rusia, incluso hoy.

Como indico más adelante en este informe, el término imperialismo, empleado de manera apta, nunca corresponde a una ampliación del poder mundial de algún Estado nacional en particular. En realidad, a diferencia de los cuentos de hadas infantiles del crédulo, todo imperio es supranacional por su dinámica, y los reinos o Estados comparables de la época correspondiente son, en y de por sí, tan sólo súbditos de alguna potencia imperialista supranacional, como ilustra esta relación la pugna por imponer en Europa Central y Occidental la condición en la que la autoridad supranacional del gobierno supranacional —tal como la “globalización” y el “libre comercio” en general, o la Organización Mundial del Comercio en particular— subordina o hasta remplaza la soberanía nacional.

Combatir al enemigo equivocado, en especial en la guerra equivocada, sobre todo en una conflagración larga que se ciña a los designios tramados a la medida de EUA por Londres o agentes británicos de facto tales como el ex presidente George H.W. Bush, hijo del Prescott Bush que canalizó fondos para rescatar al partido nazi de Adolfo Hitler, y más en particular guerras perpetuas, es la mejor manera de acarrear la destrucción de tu propia nación, como debiéramos reconocer este factor en las secuelas de la prolongada guerra que EU libró en Vietnam con los presidentes Lyndon Jonson y Richard Nixon entonces, o ahora, en Iraq, con los presidentes Bush, padre e hijo, desde enero de 1989.[4]

Es el legado de ese adversario primordial del actual imperialismo británico mundial, el Estados Unidos constitucional, desde el rompimiento histórico decisivo con la Paz de París de febrero de 1763, y también el de los Winthrop y los Mather, y de su heredero político Benjamín Franklin: EU sigue siendo hasta ahora la fuerza más eficaz, hasta a pesar de los dos presidentes Bush, para asegurarle a las naciones una verdadera liberación del así denominado imperialismo “británico” moderno.

El legado de la participación descollante de Benjamín Franklin en el diseño de la república constitucional estadounidense en su carácter esencial, sigue representando la principal oposición constitucional al único imperio verdadero del mundo hoy: el imperio liberal angloholandés que emanó de la tradición de Paolo Sarpi. Esto es al menos cierto para nuestro EU, en la medida que ha representado, en repetidas ocasiones, como con el presidente Franklin Delano Roosevelt, el foco de unión de los pueblos del mundo en contra de lo que ha sido su principal contrincante tradicional, el imperialismo británico, desde febrero de 1763.

Nuestro EU nunca ha tenido el carácter nacional de un país imperialista, y rara vez ha actuado de un modo que asemeje siquiera al de una potencia imperialista, excepto cuando al Gobierno estadounidense lo dominaron influencias británicas tales como nuestra propia facción realista americana, que descendió de un traidor y agente del Ministerio de Relaciones Exteriores británico descarado como el vicepresidente estadounidense Aaron Burr, o como sucedió con el virtual agente declarado de influencia británica y presidente Harry S. Truman, o como cuando enfrentó a un adversario multinacional tal como el conformado por los aliados y agentes del principal enemigo real de nuestra república, el propio Imperio Británico.[5]

Hoy, EU solo no podría ganar la batalla para liberarse del imperialismo liberal angloholandés. Desde la muerte del presidente Franklin Roosevelt y el ascenso de ese miserable defensor del colonialismo británico, el presidente Harry Truman, el poderío y el principio que rige la práctica de nuestra nación se han viciado a tal grado, que EUA ha acarreado su propia ruina, en lo principal, con una sucesión de fases pocas veces interrumpida, marcada por el arribo de Truman, el asesinato del presidente John F. Kennedy, la disolución del sistema de Bretton -Woods que procuraron Londres (a iniciativa de los cómplices de la subversión británica del Gobierno estadounidense del presidente Richard nixon) y esas traidoras hordas depredadoras de la Comisión Trilateral de David Rockefeller, las cuales se desplegaron al servicio del mismo fascismo verde amigo del exterminio humano del pro genocida Fondo Mundial para la Naturaleza del Duque de Edimburgo (príncipe Felipe de Gran Bretaña), y de su hace poco fallecido socio principal y veterano de la SS nazi, el príncipe Bernardo de los Países Bajos.

Dicho esto como telón de fondo para la suma del informe siguiente, pasemos ahora al prefacio y, después, al cuerpo del informe mismo.

Contrario la noción de Lenin, el imperialismo no era una “etapa” del capitalismo; en realidad es más viejo que Babilonia. El capitalismo financiero, como la socialdemocracia alemana y Lenin lo llamaban, es mucho más viejo que lo que los seguidores de Marx llamaban capitalismo o socialismo. Cartel de principios de la era soviética en el que Lenin barre con reyes, banqueros y clérigos, con la leyenda que reza: “El camarada Lenin PURGA la escoria de la tierra”.

Introducción: La falla económica de Lenin

Por razones que se irán aclarando en el transcurso del estudio concienzudo, en el presente informe, de las causas, la prevención y la cura a la crisis de desintegración económica general por la que ahora atraviesa nuestro planeta, la probabilidad inmediata de salir ilesos de la crisis actual está en nuestras manos.

Cabe señalar que el actual sistema monetario–financiero mundial no podría sobrevivir, y tampoco nosotros en EUA sobreviviríamos, sin pactar una nueva clase de cooperación con Rusia y otras naciones en los próximos meses, una coalición lo bastante poderosa en sí como para aplastar los esfuerzos de los intereses financieros liberales angloholandeses por destruirnos a todos colgándonos a cada uno por separado. Si se divide a estos socios en particular, toda la humanidad pierde. En la historia, las alianzas poderosas entre las víctimas pretendidas del depredador a menudo derrocan al tirano mismo.

Sin embargo, hay que establecer —y puede hacerse— un nuevo sistema económico mundial de Estados nacionales modernos “desembarazados de la globalización” y respectivamente soberanos, un sistema que sería completamente congruente con la intención original de gente tal como Benjamín Franklin y Alexander Hamilton en la fundación de nuestra propia república federal estadounidense. Esto no tendría nada en común con las características económico–monetarias y otras relacionadas del imperio mundial (liberal angloholandés) británico, ni con sus raíces fabianas actuales en elementos de la dirigencia del Partido Laboral esencialmente imperialista fabiano británico tales como el autor de la guerra de Iraq y otras atrocidades similares (con ayuda tanto del fraude como de la muerte del doctor David Nelly, una figura honesta de la inteligencia británica), Tony Blair, y la baronesa Liz Symons y su esposo, así como el actual primer ministro británico Gordon Brown.

Estados Unidos de América y Rusia

La importancia notable de Rusia como socio de EU en este programa de recuperación económica mundial puede ubicarse en las relaciones entre ambas naciones, desde tiempos de la participación de Catalina la Grande en crear la Liga de la Neutralidad Armada, de la que dependió la propia libertad de EUA entonces. De modo parecido, cuando el adversario imperialista tradicional de nuestra república, el Imperio Británico, sumó a Napoleón III y a la monarquía española esclavista a la ofensiva para destruirnos a nosotros y a México en 1861–1865, fue la Armada rusa la que vino a aportarnos el margen de ayuda decisivo, al desplegar a su fuerza naval para garantizar la defensa de nuestras costas en el Pacífico y el Atlántico contra un ataque británico directo por mar.

Sin embargo, esa relación de entonces con Rusia tenía una raíz común aun más honda; la conexión era la influencia común de Godofredo Leibniz en la definición de las ideas de las que dependió nuestro propio desarrollo económico y el diseño de nuestra Declaración de Independencia, ideas que influyeron en el Pedro el Grande que visitó la Academia de Friburgo en Sajonia, tanto en su calidad de príncipe como de zar, por el mismo período en el que Leibniz visitó ese lugar.

No obstante, la participación de Rusia como probable socio clave de EUA en cualquier recuperación posible de la economía mundial actual contempla dos aspectos importantes adicionales. Primero, que nosotros y Rusia compartimos viejos intereses históricos comunes hondamente arraigados. Segundo, que Rusia es, por razones históricas que se remontan a la época de Gengis Kan, la principal cultura eurasiática del planeta. Rusia, junto con un grupo de repúblicas ahora independientes de la región de lo que alguna vez fue la Unión Soviética y, antes, la Rusia imperial, es la puerta de entrada para las corrientes republicanas de la cultura trasatlántica mundial, del modo que también se extienden a la masa continental de Asia.

EUA y Rusia también comparten el interés estratégico común de combatir las perversidades de su principal enemigo mutuo, el Imperio Británico (o mejor dicho, “brutánico”). El perverso papel destacado que tuvo la primera ministra Margaret Thatcher en conspirar junto con Bush y François Miterrand para aplastar a Alemania, como con lo del acuerdo de Maastricht, y también a Europa Oriental (incluyendo a Rusia), y el posterior despliegue del yate real británico para destruir al Gobierno de Italia, de entonces a la fecha, no son sino actitudes típicas del imperialismo británico hacia las relaciones con sus vecinos europeos continentales.

Al planeta entero lo ha dominado, cada vez más, el conflicto sistémico trasatlántico de intereses de principio entre la población anglófona de EU y el interés imperialista con centro en Gran Bretaña, desde más o menos 1620. El establecimiento de la monarquía británica y del sistema financiero liberal angloholandés con la llamada “guerra de los Siete Años” de 1755–1763, dividió a los patriotas norteamericanos anglófonos de Gran Bretaña, de una manera que se ha perpetuado en el papel que este país eligió como el principal opositor a la existencia continua de lo que devendría en el EUA de Benjamín Franklin y compañía desde la Paz de París de febrero de 1763. Esa Paz de París que estableció a la Compañía de las Indias Orientales británica de lord Shelburne y demás como la verdadera potencia imperial liberal angloholandesa que ha seguido siendo, a través de todas sus evoluciones internas, el enemigo más pertinaz de nuestra propia república, desde entonces hasta este año, con el dominio vertical que ha ejercido el Ministerio de Relaciones Exteriores británico a través de agentes tales como el padrino de las drogas George Soros en el Partido Demócrata y sus elecciones primarias presidenciales, y hasta en la elección general de noviembre en EU.

Desde febrero de 1763, esa forma liberal angloholandesa de interés imperialista ha representado la principal influencia continua que, de manera repetida, ha arruinado los intentos por establecer sistemas viables de gobierno en el continente europeo.

La guerra de Gran Bretaña en contra nuestra, desde 1890

Desde que la Compañía de las Indias Orientales de lord Shelburne estableció el Ministerio de Relaciones Exteriores en 1782,[6] las colonias como tales nunca han sido el elemento fundamental del imperialismo británico, sino más bien la expansión extralimitada de la Compañía de las Indias Orientales de lord Shelburne, Jeremías Bentham y demás, y de la jerarquía financiera liberal angloholandesa de dicha compañía, del modo que se extendió casi por todo el planeta. El legado de la guerra de los Siete Años de 1755–1763 marcó el carácter del sistema imperial británico desde entonces, un carácter al que ha recurrido de un modo patentemente notorio, una y otra vez, en especial desde que fracasó en su empeño por disolver a EU en 1865, fracaso producto de la derrota que le infligieron, con ayuda de Rusia, las fuerzas al mando del presidente estadounidense Abraham Lincoln. La propinada por la república de Lincoln fue una derrota que amenazó la política imperial que profesó Gran Bretaña, de manera sucesiva, con Jeremías Bentham y lord Palmerston del Ministerio de Relaciones Exteriores, la derrota de la intención británica de aislar y acabar con la existencia continua de EUA en tanto potencia en América misma.

De no haberse movilizado para azuzar la guerra por toda Eurasia en ese momento, hace mucho que el Imperio Británico —el imperio angloholandés de la usura— hubiera dejado de existir. La amenaza de acabar con el poder imperial británico fue reflejo de la adopción del modelo del Sistema Americano de economía política, cuya influencia e imitaciones se habían propagado desde Norteamérica a la Europa continental y más allá. Así que, desde ese momento, el peligro que la influencia estadounidense representó para la tiranía de su poderío marítimo, del cual dependía el Imperio Británico, devino en el denominado problema “geopolítico” en torno al cual el imperio ha organizado repetidas conflagraciones generales desde entonces, en particular desde que el Príncipe de Gales consiguió la expulsión del canciller Otto de Bismarck en 1890. En esencia, toda guerra importante en este planeta desde entonces ha sido una expresión del prototipo del mentado conflicto “geopolítico” entre el modelo republicano americano de sociedad y el imperialista británico.

El canciller prusiano Otto de Bismarck (der.), con el talentoso marsical de campo Helmut de Moltke. A Bismarck, quien estaba aplicando reformas económicas que tenían como modelo el Sistema Americano, lo destituyeron en 1890 por órdenes del rey británico Eduardo VII. Él advirtió que la maniobras de Londres llevarían a una guerra general, como ocurrió en 1914.

La ira británica contra el presidente Lincoln obviamente fue el principal motivo por el que los servicios de inteligencia de Gran Bretaña lo asesinaron, al igual que a los presidentes James Garfield y William McKinley después. Y éstos no han sido los únicos casos; pero el interés estratégico del imperialismo británico en eliminar a la república estadounidense como la amenaza más mortal a la perpetuación de su poder, como con el presidente Franklin Delano Roosevelt, ha sido fundamental. Los asesinatos o la corrupción de la Presidencia y las Legislaturas de EU han representado las tentativas más comunes a este mismo efecto general. Sin embargo, el hecho de que la monarquía británica intervino para que se depusiera al canciller Otto de Bismarck en Alemania a fin de causar lo que devino en la Primera Guerra Mundial, deja al descubierto la estrategia antiestadounidense continua más amplia del sistema liberal angloholandés a lo largo de todo el período desde febrero de 1763.

Para ilustrar esta cuestión de principio, considera lo siguiente. Desde que dejó su cargo en 1890, el canciller Otto de Bismarck advirtió que el único motivo para librar las que habrían de convertirse, de hecho, en las guerras que Londres quería en los Balcanes, guerras que, como era predecible, llevarían al estallido de una conflagración general en 1914, era la reescenificación británica premeditada de esa guerra de los Siete Años que los intereses financieros liberales angloholandeses emprendieron de 1755 a 1763, y que hizo que la Compañía de las Indias Orientales británica surgiera y quedara establecida como entidad imperial y potencia mundial en la Paz de París de febrero de 1763. Es esa institución oligárquico–financiera internacional imperial británica la que está decidida a debilitar y destruir a los oponentes potenciales del papel británico en este respecto. Dicho papel ha reflejado la intención de establecer el poderío financiero liberal angloholandés como el único imperio “globalizado” de verdad mundial en este planeta, de entonces a la fecha. En cuanto a la monarquía británica misma, no es más que una criatura de la oligarquía financiera imperial, cuyo poder político y financiero moderno es una expresión institucional del llamado nuevo partido veneciano de Paolo Sarpi y sus seguidores.

Entender esto debe ser tarea sencilla para cualquier persona educada que no sea también algún ideólogo ramplón que caiga en la categoría de una suerte de “coronel Blimp”[7] a la Rudyard Kipling. Historia de la decadencia y la caída del Imperio Romano, escrita por Edward Gibbon como un informe que le entregó personalmente a su amo, lord Shelburne, representa el verdadero borrador de todos los objetivos de largo plazo y del carácter imperial que Shelburne adoptó para la existencia planificada del Imperio Británico. Lo que prescribe como doctrina para el imperio es la adopción del modelo de Juliano el Apóstata, del modo que Gibbon lo describió como el rasgo característico del designio para el imperio, y sigue siendo la intención práctica manifiesta, de entonces a la fecha.

Así fue que venimos a disfrutar, por cortesía de Shelburne, Gibbon y sus amigos, no sólo de la guerra general de 1914–1918, sino de la Segunda Guerra Mundial y de la “Guerra Fría” que precedió al EUA del presidente Franklin Roosevelt con el presidente cómplice de los británicos, Harry Truman.[8] El largo conflicto que crearon Truman y Churchill entre EUA y la Unión Soviética nunca fue otra cosa, en principio, sino una continuación de la intención que expresaron los seguidores del lord Shelburne de la Compañía de las Indias Orientales británica en el período ininterrumpido que siguió a la Paz de París de febrero de 1763, precisamente como lo entendió el canciller Bismarck.

De modo que la Revolución Francesa del 14 de julio de 1789 y después, y la destrucción de la Europa continental a manos de Napoleón Bonaparte que Londres y los Habsburgo usaron para el provecho estratégico imperial británico de largo plazo, fueron expresiones de la clase principal de operaciones más amplias de entre esas intrigas que urdió el Ministerio de Relaciones Exteriores de la Compañía de las Indias Orientales, como se hizo bajo la conducción de Shelburne y sus seguidores. De entonces a la fecha, éstos fueron los seguidores que han seguido su curso, con la misma estrategia imperial que la Compañía de las Indias Orientales británica usó para urdir la guerra de los Siete Años de 1755–1763.

Al agente británico involuntario Napoleón Bonaparte lo usaron, de esta misma manera, en servicio de sus titiriteros británicos, quienes no dejaron de reírse todo este tiempo, todo con el mismo propósito con el que los liberales angloholandeses tramaron la “guerra de los Siete Años”. Como recalcaría de forma implícita el ex canciller Bismarck, el Congreso de Viena de 1814–1815 fue uno de toda una serie de sucesores verdaderos del triunfo imperial que obtuvo la Compañía de las Indias Orientales británica con la Paz de París de febrero de 1763.

Tras la derrota que le infligió con su liderazgo el presidente Abraham Lincoln a su ofensiva renovada para destruir la amenaza estadounidense mediante las operaciones que dirigió incesantemente a través del Ministerio de Relaciones Exteriores de lord Shelburne, Jeremías Bentham y lord Palmerston en el intervalo de 1815 a 1865, el Imperio Británico emprendió lo que se convirtió en las dos guerras “geopolíticas” mundiales. Este nuevo acento en la política imperial británica posterior a 1865 se puso en una sucesión continua de guerras imperiales generales, de las que fue típica la forma en que el príncipe Eduardo Alberto de Gales, con la salida de Bismarck, preparó el terreno para poner al zar Nicolás II de Rusia en contra del káiser Guillermo II de Alemania. Al mismo tiempo, el príncipe Eduardo Alberto también requebró al Mikado de Japón para que emprendiera, a favor de Gran Bretaña, las guerras de 1894–1945, con el objetivo doble de destruir al Gobierno de China, al desmembrar a esa nación, y también de destruir el poderío marítimo del enemigo común del Mikado y de Gran Bretaña en el Pacífico: Estados Unidos.[9]

El Imperio Británico, en su fase posterior a 1865, usó esos mismos métodos por mediación de quienes fueron entonces, y en lo que va de mi vida hasta ahora, los “patrocinadores angloamericanos de de Adolfo Hitler”, tales como el abuelo del actual Presidente de EU, el Prescott Bush que desempeñó una función clave en rescatar a Hitler de la bancarrota en un momento decisivo, con el propósito de arrastrar al propio EUA a adoptar el papel de una marioneta británica en lo que se convirtió en la acometida liberal angloholandesa actual para manipular un conflicto nuclear entre esta nación y la Unión Soviética, como lo exigió el infinitamente perverso Bertrand Russell de 1946 en adelante, a fin de acarrear la destrucción nuclear mutuamente asegurada de estos dos blancos estratégicos principales.

Esa virtual alianza británica de facto con la causa de Hitler, que duró de 1923 a 1940, la sacó de equilibrio la coincidencia del papel que tuvo el Gobierno pro fascista de Francia en dar pie al ataque de las Wehrmacht, pues hizo que grupos británicos encumbrados, tales como el de Winston Churchill, rompieran con Hitler por contravenir el acuerdo de reconocer a Francia como una marioneta británica. Entonces, los británicos recurrieron al EUA del presidente Franklin Roosevelt para que los salvara, y se vino a derrotar a la Alemania nazi en lo que fue, para la potencia nazi, una guerra en dos frentes a fin de cuentas perdida.

Ese mismo imperialismo es hoy la fuente de todas las principales perversidades estratégicas más notables que hayan visto la faz de la tierra, en especial las fomentadas mediante los artificios de inclinación satánica de la depravación moral y económica que se organizó después de 1989–1991, y a la que se conoce como “ambientismo” y “globalización”. Esto último es lo que el agente británico y ex vicepresidente estadounidense Al Gore ha promovido con sus mentiras contra la ciencia, una ofensiva que ha emprendido en su calidad de socio de ese príncipe Felipe británico (el Duque de Edimburgo) que ha exigido abiertamente que se cometa genocidio contra buena parte de la población del planeta, eso en compañía de su cómplice, el ahora finado príncipe Bernardo, en la campaña del Fondo Mundial para la Naturaleza a favor del genocidio.

Todo esto tiene ahora consecuencias económicas estratégicas decisivas y otras relacionadas.

Las secuelas de esta directriz imperialista liberal angloholandesa también son el origen del proceso, en el transcurso del período de 1945–2008 a la fecha, de una crisis de desintegración económica general planetaria, ahora en marcha, de todo el sistema mundial presente.

Así, a lo largo de estos siglos, hemos llegado ahora al momento en el que los factores económicos acumulados y otros de índole cultural que generó, en lo principal, el liberalismo regido por los financieros angloholandeses, han creado las condiciones, ahora más que en sazón, de la presente crisis de desintegración física general que amenaza al planeta entero en lo inmediato.

Por tanto, la empresa intelectual más urgente que tenemos que adoptar es la de atender esos defectos en la conducta de las propias naciones escogidas como víctimas del liberalismo angloholandés de Gran Bretaña, una conducta defectuosa que tiende a impedir que incluso las potencias principales de entre ellas, tales como EUA, Rusia, China e India, de manera más notable, se conviertan en el foco potente necesario de unión de aquellas naciones que pudieran decidirse, para siempre, a dejar de hacer las veces de víctimas estratégicas engañadas de Gran Bretaña de nuevo otra vez, y otra, e incluso otra más.

El imperio versus la nación en el Derecho

Este presente período de la historia moderna, tras el establecimiento de la modalidad angloholandesa de poder liberal con Guillermo de Orange y los últimos dos años terribles previos a la muerte de la reina Ana de Inglaterra, es el de una campaña británica para remplazar a los gobiernos de Estados nacionales de hecho soberanos con una actuación corrupta de las naciones, tal que, como confirman los casos de la Unión Europea y el tratado de Maastricht, los países han tendido a convertirse, en consecuencia, en meros apéndices, meros subordinados, casi “reinitos” de una forma “globalizada”, desde clásica hasta moderna, de imperio mundial.

El fantasma del genocidio, por mediación de la nueva “Torre de Babel” llamada “globalización”, es lo que nos depara el futuro inmediato, a menos que derrotemos a las fuerzas de la usura liberal angloholandesa de inmediato. Para esa eventualidad, necesitamos una fuerza de naciones lo bastante poderosa como para dejar fuera de combate al así llamado imperialismo británico, de una vez por todas.

De manera que, por razones británicas relacionadas, la secta fascista de los “Weatherman”, una excrescencia de lo que se engendró en los terrenos de la Universidad de Columbia en Nueva York, saldría a relucir en los infames disturbios de Chicago. La formación de esta secta dionisíaca totalmente depravada encontró el eco de su expresión más violenta en la Alemania de fines de los 1980, donde los disturbios fascistas antinucleares de los “primos” alemanes de los Weatherman alcanzaron casi el nivel de una franca guerra civil. Ésta es la clave para entender el culto soreliano a la violencia que expresa el mentado “terrorismo internacional”, el nuevo “1848”, de método el período de 1968–2008 a la fecha.

Este factor insurgente en las naciones contemporáneas siempre se organiza desde arriba, desde el seno de instituciones financieras prestantes y firmas jurídicas relacionadas con una afinidad financiera parecida, siempre con eje, más que nada, en una estructura de mando dentro del ámbito de las redes liberales angloholandesas de las altas finanzas. La intención que anima el despliegue de estos jóvenes fascistas de los Weatherman o de cepas similares, siempre es la misma con la que intereses financieros anglovenecianos proyectaron a Benito Mussolini en un espectáculo montado de “violencia purgativa” soreliana. Observa más allá de la secta fascista de los Weatherman, la oficina donde se alberga hoy, para que veas dónde se cocina ahora el peligro contra nuestra república.

Los primos terroristas alemanes de los Weatherman atacan una planta nuclear en Alemania, en 1986. Los disturbios llegaron casi a convertirse en una guerra civil declarada, e hicieron que el país adoptara una visión “verde” del mundo que lo llevó a prohibir la construcción de nuevas plantas nucleares y a cerrar, por etapas, las existentes. Esa prohibición sigue vigente hoy.

La degeneración de las viejas soberanías de la Europa Central y Occidental continental, desde que la Alemania de Helmut Kohl se sometió para que la primera ministra Margaret Thatcher la despojara de su soberanía (con la venia del presidente estadounidense George H.W. Bush en su momento), ha alcanzado ahora la condición, al menos por ahora, en la que técnicamente ninguna nación del Viejo Continente representará una soberanía verdadera, a menos y hasta que se zafe de las arenas movedizas existenciales del “ambientismo” y la “globalización” que impulsan los británicos. De manera notable, como se ha visto con más claridad en los casos actuales de Francia e Italia, se han externado expresiones de un empeño creciente por consumar semejante liberación necesaria de la bota de hierro del imperialismo liberal angloholandés.

Así, Gran Bretaña en sí misma no es, en esencia, un Estado nacional de verdad soberano, sino prácticamente una mera provincia de una monarquía oligárquico–financiera imperial, una monarquía imperial que rige a subordinados, tales como los Estados nacionales, a los que en lo fundamental reduce, por ende, a la condición de integrantes de una virtual “Torre de Babel”, una imitación cada vez más “globalizada” de los meros reinos de las viejas órdenes imperiales europeas, tales como el feudalismo al que dieron curso los venecianos, más que de soberanos verdaderos. Las víctimas incluyen reinos o su equivalente, que funcionan bajo la autoridad imperial establecida, bajo el orden oligárquico, con productos de ese pacto como el imperio de César Augusto, y también la expresión posterior de esa forma (originalmente asiática) de imperio con Diocleciano y con su sucesor, Constantino.

Como con ese mismo principio ultramontano del imperialismo, sólo un emperador puede establecer principios jurídicos generales; los reinos no tienen ningún poder más allá de decretar las que bien se describen como ordenanzas locales en el dominio secundario. De forma que, según el viejo principio oligárquico eurasiático de Derecho imperial, la oligarquía financiera liberal internacional extendida al orbe, y no el Reino Unido, es la única autoridad imperial de gobierno presente en todo el mundo hoy.

La vía neofeudal a una Europa moribunda

Con el ocaso de Bizancio, hace más de mil años, el asiento del poder del imperio pasó a la pujante potencia oligárquico–financiera de Venecia, una Venecia que echó mano, del modo más notable, de la caballería de los Anjou, el modelo para la futura SS nazi, como el instrumento que imponía un reinado del equivalente feudal del fascismo internacional moderno de un Estado cesáreo nazi.

Esta evolución de la Europa medieval bajo la administración veneciana del sistema feudal llevó a la notoria “Nueva Era de Tinieblas” del siglo 14, en la que el número de parroquias en el Continente se redujo a la mitad y la población en un tercio. Esta “Nueva Era de Tinieblas” la llevó al teatro de la historia de la época la práctica de la usura lombarda, la cual empleaba métodos parecidos a los del período actual de 1987–2008, con los que al presente se ha llevado al mundo entero al borde de una crisis de desintegración económica general de la civilización mundial.

A la renacida Europa moderna del siglo 15 la salvaron acontecimientos que ocurrieron en torno al liderazgo de figuras tales como ese gran genio del cardenal Nicolás de Cusa, quien expuso el principio del Estado nacional soberano moderno y estableció el fundamento de toda la ciencia moderna competente. La influencia de Cusa llevó a la fundación de los primeros Estados nacionales soberanos republicanos europeos: la Francia de Luis XI y la Inglaterra de su admirador, Enrique VII. Estos acontecimientos instituyeron la civilización europea moderna, pero, por desgracia, no se dieron sin resistencia. Los mismos intereses venecianos que representaban los Habsburgo contraatacaron, hundiendo a Europa en las guerras religiosas de 1492–1648.

La potencia oligárquico–financiera de Venecia remplazó a Bizancio como asiento del imperio en Europa, imponiendo el equivalente feudal del fascismo moderno de la SS nazi. El puente de los Suspiros en Venecia conecta a la antigua prisión con las salas de interrogación en el Palacio Ducal. (Foto: Biblioteca del Congreso de EU).

Así, con la expulsión de los judíos de España en 1492, ligada a los Habsburgo, se suprimió en buena medida el sistema de Estados nacionales soberanos y ciencia moderna que había establecido el gran concilio ecuménico de Florencia, con la consiguiente subyugación de toda Europa, de 1492 a 1648, a un largo período de guerras religiosas. De este conflicto permanente, la facción veneciana que encabezaba Paolo Sarpi surgió como una gran potencia ascendente de la denominada autoridad protestante, una autoridad con asiento en las regiones ribereñas de las costas septentrionales de Europa, en oposición a las zonas nominalmente católicas antes imperantes del mar Mediterráneo.

En ese intervalo de guerras religiosas perpetuas de 1492–1648, previo a la Paz de West-fa-lia de 1648, hubo dos victorias importantes, aunque parciales, para la causa de la forma soberana del Estado nacional europeo.

La primera fue producto del gran concilio ecuménico de Florencia, como se expresó en el establecimiento de la ciencia física moderna gracias, en lo principal, a la obra del cardenal Nicolás de Cusa y al adelanto de su propuesta de desarrollo transoceánico, la cual fue puesta en práctica, inicialmente, por Cristóbal Colón.

El segundo suceso positivo clave fue el que más tarde se expresó como un eco de Luis XI de Francia y Enrique VII de Inglaterra, en la participación decisiva que tuvieron el cardenal Julio Mazarino y su colaborador Jean–Baptiste Colbert en idear e instaurar la gran fórmula de principio conocida como el principio ecuménico de la Paz de West-fa-lia para las relaciones entre soberanías.

A lo largo del intervalo de 1492 a 1648, hubo dos sucesos decisivos adicionales íntimamente relacionados que definieron la historia de los principales acontecimientos modernos extendidos al orbe, hasta hoy.

El primero fue el movimiento que puso en marcha Colón al poner en ejecución el programa de Cusa con este propósito, de llevar las mejores muestras de la civilización europea moderna, a través de los océanos, a lugares desde los cuales pudieran impulsarse y emprenderse las reformas necesarias para liberar del mal del antiguo “modelo oligárquico” asiático a una Europa corrompida por ese legado. La creación del futuro EUA, como en la Colonia de la Bahía de Massachusetts previa a 1689, fue un ejemplo saliente de esto; la fundación y resguardo de la república estadounidense hasta el momento de la muerte del presidente Franklin Roosevelt, es típico de este feliz suceso.

Sin embargo, el legado del sistema liberal del neoveneciano Paolo Sarpi, el mentado sistema liberal angloholandés, se convirtió en el principal enemigo eficiente de esos felices acontecimientos que vino a representar la fórmula republicana estadounidense fundada en el principio del tratado de West-fa-lia.

El resultado de ese conflicto fue la concentración creciente del mayor ímpetu relativo tanto a favor como en contra del desarrollo económico en dos potencias anglófonas mutuamente excluyentes, la república estadounidense versus el sistema liberal británico. Esa lucha trasatlántica con centro en dos culturas anglófonas contrarias, una lucha por la verdadera libertad del hombre en contra de la forma liberal angloholandesa de imperialismo veneciano, es la que ha constituido el eje principal de la historia mundial conforme a este orden, hasta la fecha.


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Jean-Baptiste Colbert

(1619-1683)


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Cardenal Julio Mazarino

(1602–1661)


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Cardenal Nicolás de Cusa

(1401–1464)

Antes de la Paz de Westfalia, se lograron victorias parciales en la causa de crear Estados nacionales soberanos gracias a las gestiones de Nicolás de Cusa. En el siglo 17, el cardenal Mazarino y su colaborador, Jean–Baptiste Colbert, formularon el principio ecuménico para las relaciones entre soberanías que puso fin a la guerra de los Treinta Años, con la Paz de Westfalia, en 1648.

Sólo desde esa perspectiva respecto a tales elementos salientes de la historia moderna y la relacionada puede ubicarse y entenderse la actual amenaza mortal contra la existencia continua de la civilización. Esa comprensión es ahora indispensable, si es que ha de haber paz y progreso en algún rincón de este planeta en las próximas generaciones previsibles.

Una aclaración sobre Rosa Luxemburgo

Mis referencias a Rosa Luxemburgo aquí aluden a una personalidad compleja, a un genio en verdad creativo, pero no a un individuo perfecto en todas las cuestiones en consideración.

A saber, que a partir del estado demente de la situación en Europa, y también en EUA, tras la deposición de Bismarck y los asesinatos de los presidentes Sadi Carnot, de Francia, y Garfield y McKinley, de EUA, las cosas en toda Europa y en Norteamérica, como en otras partes, llegaron a un estado agitado de complejidad sin ningún precedente obvio en la experiencia de esas naciones hasta entonces. La Primera Guerra Mundial y sus secuelas ya se estaban cocinando, pero creando una situación cuya complejidad ninguna de las fuentes disponibles en los registros que conozco de la época entendía con claridad, hasta la fecha.

Para apreciar mejor la complejidad de estas circunstancias globales, imagina un EUA de principios de los 1860 sin la presencia de un presidente Abraham Lincoln. La mano firme de Lincoln y sus nociones bien fundadas de principios eficaces de la historia respondieron a circunstancias que ningún contemporáneo captaba, más que el propio Lincoln. Así que hay crisis, tal como la que experimenta el mundo actual, que ninguna figura prestante ordinaria de la época podría presumir entender. Sólo un verdadero genio como Lincoln podría salvar esa traba al entendimiento. Sólo la personalidad que entiende la crisis podría realmente pintar una visión clara y congruente de la solución. Si se desconoce la pregunta, no hay certeza de descubrir la respuesta.

Por si fuera poco, Rosa Luxemburgo era mujer y, por ende, representativa de una “especie” sexual a la que no se tomaba muy en cuenta en aquellos tiempos en el proceso normal de resolver los grandes problemas de las naciones. Ella no sólo pasó por semejante predicamento psicológico, sino que, como la víctima de la inquisición normanda, Juana de Arco, su obligación, por así decirlo, de vestir ropa de hombre la agobió de manera fatal, al sofocarla la reacción de cualquier mujer que adoptase semejante papel en los grandes acontecimientos de esa época. Aun hoy, el empuje de la mujer en las funciones políticas importantes y otras comparables tiende a desviarse hacia el escondrijo más seguro de la especialización, o hace el ridículo por como reacciona a la idea aún imperante de cuál es el papel limitado apropiado para la mujer en la sociedad.

Debieran comportarse mejor, pero, ¿nos atreveríamos a decir que es sólo culpa suya?

Entre tanto, sufrió las consecuencias combinadas de querer casar el papel de dirigente política a lo grande, con el de una mujer efectiva en la vida personal que también deseaba como esposa y como madre. La situación amenazante en la que se vio metida, no sólo en cada uno de estos respectos, sino en el dominio dinámico en el que ambos se combinaban, sigue siendo una de las más difíciles para la mujer en general, aun hoy. Valórala por lo que logró, y sé lo bastante agradecido como para no condenarla por lo que no.

1. Gran Bretaña y Karl Marx

Para pasar a la parte principal de este informe, tengo que comenzar por hablar de la visión marxista de la economía política. Ésta es una visión de una cuestión técnica que, en sí misma, está por seguir el mismo sino del pájaro dodo; pero los efectos, si no la intención de lo que fue la antigua influencia y función del llamado marxismo, aún son importantes hoy, en especial cuando tomamos en cuenta la historia, de importancia decisiva, de las relaciones estratégicas entre Rusia y EUA.

Como tales consideraciones estratégicas tan importantes para hoy me obligan a abordar este tema aquí, y como el tema mismo no deja de ser uno muy delicado, tenemos que tener esta deliberación con decencia, sin rencores innecesarios, antes de pasar nuestra atención a otros asuntos pertinentes que apremian.

Dicho lo anterior, procedo como sigue.

En cualquier perspectiva que no sea una fantástica, la posibilidad de impedir que el orbe entero sufra una desintegración social, económica y cultural general de la civilización mundial, y muy pronto, pende, como mostraré aquí, de cierta mejora cualitativa inmediata de la relación entre EUA y Rusia. Ésta ha de considerarse una relación fundada en la función única de su cooperación, cierta forma de cooperación en sus gestiones combinadas para crear de inmediato una coalición de Estados nacionales soberanos comprometidos, una coalición sin la cual todo el planeta pronto se hundiría en una edad oscura peor que la del siglo 14 en Europa.

En este caso, el significado de la influencia de la idea de las doctrinas de Karl Marx sigue siendo, para mucho representados en una u otra de las dos partes de la cooperación necesaria, la piedrota inconveniente en el zapato del progreso. A menos que se salve esa dificultad, el desacuerdo motivado por el recuerdo de viejas rencillas podría hacer trastabillar a ambas naciones y, de ese modo, al mundo entero, hacia una era de tinieblas.

Así que, si no despejamos lo que vino a considerarse como el asunto relacionado de los efectos secundarios de la “Guerra Fría”, y si no reconocemos los crímenes que cometieron la primera ministra Thatcher y el presidente estadounidense George H.W. Bush en el período posterior al intervalo de 1989–1992 como lo que fueron, la calidad de cooperación necesaria no podría conseguirse lo suficientemente a tiempo, tal vez en lo absoluto. En ese caso, todas las naciones y pueblos del planeta se hundirían en una nueva Era de Tinieblas prolongada, en la que culturas enteras desaparecerían en un desplome demográfico general rápido y acelerado a escala planetaria, un desplome por el orden de los miles de millones de personas.

Antes de la segunda mitad de los 1970, con frecuencia todavía se hacía necesario plantear ciertas categorías de nociones económicas consultando una perspectiva verosímilmente “marxista ortodoxa”, pero, como en el caso de la forma en que practiqué esa convención, siempre haciendo hincapié, al mismo tiempo, en que el fundamento de la economía moderna competente ha de encontrarse en realidad en la obra del seguidor de Leibniz, Alexander Hamilton, y, para mis propios propósitos, también en la física de Bernhard Riemann. Eso también quiere decir que no es necesario resolver cualquier rencilla posible en todo momento, sino más bien, a menudo, partir de un concepto platónico de una cualidad orgánica de diálogo permanente, un diálogo formulado con el fin de hacer a un lado las diferencias inconvenientes de costumbre en el proceso de llegar a un acuerdo en cuanto a principios superiores validados urgentes y sus objetivos.

En y de por sí, el método del diálogo platónico ha de reconocerse como el proceso compartido de descubrir la verdad, respecto a los principios, mediante la dialéctica.

El más importante de los diálogos sobre la política físico–económica hoy lo plantea la última oración de la disertación de habilitación de Bernhard Riemann de 1854: “Esto nos lleva al dominio de otra ciencia, el de la física, en la que el objeto de este trabajo [el de las matemáticas como tales] no nos permite penetrar hoy”. Nunca la mera matemática ha definido un principio físico universal verdadero. Por su propia naturaleza, cualquier principio verdadero del universo se encuentra por fuera de la matemática formal como tal; yace en el llamado dominio de lo infinitesimal, como ese infinitesimal ha de reconocerse con el descubrimiento experimental único original de Johannes Kepler del principio de la gravitación universal, y con la aplicación de esa noción de principio universal por parte de Pierre de Fermat y Leibniz, en especial en la definición de una ciencia anticartesiana que este último aportó en el transcurso de los 1690, como en su Spécimen dinámicum.

Mantén esto en mente conforme pasemos a las últimas secciones de este capítulo. Viremos nuestra atención por un momento al hecho empírico de que la economía física de EUA ha sufrido un desplome continuo, per cápita y por kilómetro cuadrado, desde el año fiscal de 1967–1968. Este desplome lo ha animado una caída deliberada de la inversión física en infraestructura, progreso científico y tecnología, y el descenso de largo plazo en el nivel de vida físico del ochenta por ciento de debajo de la población estadounidense, a lo largo de todo el período de 1968–2008, hasta la fecha. Parásitos a los que se les paga demasiado, tales como los que recibieron su “paracaídas de oro”, hacen que la pobre necia de la reina María Antonieta parezca casi un genio profético en el fomento de un nivel de vida más alto para quienes no viven en las filas privilegiadas de nuestros actuales parásitos sociales de la banca inversionista depredadora.

Con la llegada del Gobierno estadounidense de Jimmy Carter en 1977, uno que cayó redondito en las tretas repugnantes de la Comisión Trilateral de David Rockefeller, el único propósito de continuar las pláticas en los mismos términos era procurar un diálogo, como yo lo hice entonces, con el último bastión de las enseñanzas marxistas, del “otro lado” de lo que se estereotipó como la división de “capitalista versus socialista”. Era apropiado honrar la sepultura de los difuntos, pero no proponer que los vivos sencillamente trasfirieran su vida social a la morada de los muertos.

En esta situación estratégica hoy decisiva para todo nuestro planeta, la posibilidad de reunir a EUA, Rusia, China e India como la simiente necesaria de patrocinadores iniciales de una nueva paz mundial constructiva para la mayor parte del orbe demanda, así, el enfoque adoptado para generar una ola repentina de lo que podría catalogarse como claridad intelectual “no ideológica”, no sólo sobre la función real de Karl Marx y sus doctrinas, sino también sobre su perversión, como en la creación del mito en el que se ha apoyado tanto el imperialismo británico para estupidizar a la población en general hasta llevarla a la condición incauta de apoyar una nueva trampa para ratones imperialista llamada “globalización”.

Esta necesidad ahora urgente de escapar del caos acordando un verdadero Nuevo Bretton -Woods, un sistema internacional de tipos de cambio fijos, también exige un nuevo concepto renovado de la naturaleza de los principios apropiados de la economía política, principios en general desconocidos o sencillamente rechazados de manera arbitraria en un mundo que, en gran medida, confunde lo que es en esencia mera contabilidad financiera y monedas infladas a un ritmo disparado, con ciencia económica. Un rechazo de las reformas generales con urgencia necesaria que he propuesto tendría, por consiguiente, la clase de consecuencias mucho peores que las que se le están acarreando ahora al mundo. Esto no arrastraría a todos, pronto, a las profundidades de ese abismo de una crisis de desintegración general del planeta, peor que la que Europa vivió durante la llamada “Nueva Era de Tinieblas” del siglo 14. Lo que encara el mundo entero, y en lo inmediato, es consecuencia de una necedad global ya muy avanzada hoy.

Las cuestiones que he planteado en lo escrito en este informe hasta ahora han sido más que nada negativas. Éste fue un paso introductorio necesario, pues tenemos que centrar nuestra atención en los aspectos negativos de ese descenso actual en lo que no es una mera depresión económica, tal como la de 1929–1933, dentro del crac mundial actual, sino una crisis de desintegración general del planeta en su totalidad.

Sin embargo, como dejaré claro en el transcurso de este informe, el hecho de que una gran tragedia hace presa ahora del planeta, significa que el mundo entero enfrenta el desafío de responder a esta realidad amenazante, al buscar soluciones que no podrían encontrarse sin primero descubrir que el carácter de principio de los problemas mortales de la actualidad debe considerarse como una advertencia de que hay que reconocer cierto tipo de cambios categóricos en las relaciones internacionales, ya sea que tengan una buena acogida o no. En segundo lugar, captar tales tendencias determinantes específicas subyacentes tiene que llevarnos a todos a descubrir y adoptar un entendimiento superior apropiado de lo que en realidad es el fomento ahora necesario de las relaciones entre naciones, un fomento que debió haberse dado antes, pero que por una u otra razón no se hizo.

Así que para definir, aquí y ahora, esos nuevos objetivos superiores de las relaciones entre los Estados nacionales soberanos, tenemos que tocar y agotar una serie de temas, como preparación para reducir los resultados de ese diálogo a una conclusión general de cuál es el principio necesario. Tenemos que tener pronto dicho diálogo, aquí y ahora, antes de pretender presentar después las soluciones definitivas necesarias en algún momento apropiado, como lo haré en el transcurso de este intercambio en su totalidad.


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Jeremías Bentham (disecado)

(1748–1832)


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Lord Palmerston

(1784-1865)


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Giuseppe Mazzini

(1805-1872)


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David Urquhart

(1805-1877)

Niveles de dominio oligárquico: lord Palmerston fue el sucesor del despreciable Jeremías Bentham en el Ministerio de Relaciones Exteriores británico, desde donde le enconmendó a su agente Giuseppe Mazzini capturar a Karl Marx y a otros “revolucionarios” europeos para los propósitos imperiales brutánicos. El agente de Palmerston, David Urquhart, guió la carrera de Marx desde su puesto en el Museo Británico.


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Karl Marx

(1818-1883)

Como quedará claro en ciertos apartados pertinentes de este informe, algunos de los temas necesarios de ningún modo nada más se entienden, sino que son indispensables si es que hemos de lograr que la civilización sobreviva. Entre tanto, tomemos aquí la vía de abordar cada tema de marras que encontremos a nuestro paso.

Para ello, la raíz de las causas principales de las crisis que padeció el planeta de 1945 a 2008 ha de ubicarse en la perspectiva renovada y corregida del cambio profundo en las relaciones entre EUA y la Unión Soviética, desde aquella época en la que el enemigo del imperialismo británico, el presidente Franklin Roosevelt, guió a la nación, mientras vivió, en la dirección contraria de la que definió su sucesor, el presidente Harry Truman, quien era un partidario del colonialismo europeo británico y relacionado. Este cambio, de Roosevelt a Truman, trajo la orientación radicalmente trastornada de las relaciones de EU con el extranjero, y también a lo interno, que experimentamos con Truman y, mucho peor, con los presidentes Nixon, Ford, Carter y los Bush. Este cambio de presidentes en EU, y la fluctuación entre decidir de pronto —aunque de manera temporal— ser amigo y enemigo, tiene que verse tanto en relación con los cambios consiguientes del pasado en el carácter esencial de la interacción de EUA con la antigua Unión Soviética, la Rusia moderna y otros Estados, como con los que deben ocurrir.

Como el actual papel postsoviético que desempeña Rusia tiene una importancia decisiva para cualquier conjunto de soluciones aplicables en este planeta hoy, debemos empezar por reconsiderar algunas de esas cuestiones rara vez reconocidas, pero clave, que están inextricablemente ligadas al conflicto de opiniones muy arraigadas en la evaluación de la influencia práctica de Karl Marx en la definición de las pautas de conducta pasadas y presentes en y entre las naciones.

Esto no es cosa de emparejar “viejos marcadores”. Muchos de los problemas, incluso muchos peliagudos de tiempos y lugares distantes, han sido más distracciones de los asuntos prácticos importantes, que problemas políticos reales que necesitaban resolverse. Con frecuencia, como en la historia de las naciones, lo que desconoces o lo que te niegas a reconocer es lo que te mata. Éste es el problema decisivo que pretendo clarificar en este informe En tales casos, lo que generalmente se necesita cuando se buscan soluciones es reflexionar sobre la historia del problema en consideración. El aspecto de la influencia de Marx que vale la pena considerar a detalle aquí se reduce, por fortuna, a unos cuantos elementos esenciales; los demás ya no son sino reliquias.

¿Cuál es el problema en realidad con Marx?

Para tratar ese asunto indispensable en cuestión aquí, tenemos que empezar por concentrarnos en ese engaño de marras tocante a la economía moderna que compartían los socialdemócratas alemanes con Vladimir I. Lenin en sus tiempos. Es decir, la teoría, adoptada por la credulidad de ese agente británico embaucado por lord Palmerston, Karl Marx, de que “a Adam Smith lo instalaron como el único parangón de una doctrina válida de economía política”.[10] De resultas de dicha perspectiva equivocada en el enfoque dominante y el papel relacionado desempeñado por Karl Marx, en sus rasgos específicos, su propia doctrina ha tenido una función auxiliar importante en los sucesos que han contribuido a causar la presente crisis mundial, además de ayudar de modo considerable a fomentar esos conceptos absurdos que, en esencia, constituyen una distracción sobre la naturaleza y la causa del imperialismo. No obstante, esas creencias no fueron en sí el motivo principal de la caída de la Unión Soviética.

La causa de ese derrumbe no yace tanto en la ideas de Marx como tales, sino en aquellas asociadas con ese mercenario de Shelburne, Adam Smith, que odiaba con pasión la libertad americana. El desplome debe verse más bien como sintomático, sobre todo de otras condiciones en general problemáticas, las cuales, es paradójico, por una parte le permitieron a la Unión Soviética hacer grandes avances en los aspectos militares de su estrategia económica, pero al mismo tiempo llevaron al fracaso trágico de su economía, en gran medida por lo que Marx les enseñó a los socialistas sobre Adam Smith.

Hay una consideración de principio que subyace en la inclinación sistémica de la economía soviética a tales fracasos irónicos en cuestiones de economía física, fracasos arraigados en un error epistemológico grave respecto a la naturaleza peculiar, singularmente creativa de la mente del ser humano individual. En lo fundamental, fue a causa de este error particular de la política marxista, de usar la mano callosa del trabajo como sustituto para esa mente que define al trabajador como ser humano; un error expresado de forma en extremo decadente, de suyo terminal en las costumbres contemporáneas, y las mitologías y doctrinas específicas relacionadas del liberalismo trasatlántico, a partir de 1968.

Es necesario aprender la lección de ese error del pasado, y rápido, si es que ha de encontrársele solución a la arremetida de la crisis de desintegración en marcha y a la amenaza intrínseca de vivir condiciones de guerra en el mundo entero hoy.

Estados Unidos de América, Rusia y Marx

De los errores sistémicos de Karl Marx surgen dos grandes problemas difíciles e incómodos para una deliberación estratégica en la actualidad. Quedan problemas, algunos desaciertos apenas, cuya existencia sencillamente debe reconocerse, y a veces, otros cuya rectificación es necesaria, de esperarse un desempeño oportuno de la cooperación, ahora con urgencia necesaria, entre los socios clave: Estados Unidos y Rusia.

Es necesario enfocar con claridad el objetivo descrito brevemente a continuación.

Lo esencial a tomar en cuenta al procurar la cooperación entre EUA y Europa Central y Occidental es la enfermedad británica arraigada en ese mismo legado feudalista oligárquico de Europa continental que impulsó a los dirigente europeos de grandes miras a seguir el consejo del cardenal Nicolás de Cusa, consejo que Cristóbal Colón leyó del puño y letra del propio Cusa y adoptó como suyo, de atravesar el océano para hallar la palanca que remediara la enfermedad oligárquica crónica (léase “veneciana”) de Europa. Ése fue el mismo consejo respecto a EU seguido por Otto de Bismarck al prestar servicio como Canciller de Alemania.

Sin embargo, lo más importante a tomar en consideración es el hecho de que Rusia no sólo fue aliada de EU durante el reinado de la emperatriz Catalina la Grande, sino también cuando la nación americana libraba la guerra Civil contra su enemiga, Gran Bretaña

Ese mismo motivo dio pie a una relación estrecha entre EU y el Gobierno de Rusia, durante el mismo período en que el primero luchaba por su libertad contra ese Imperio Británico fundado con el tratado de París de 1763.

No debemos obviar el hecho de que durante el período de la Unión Soviética, Rusia nunca dejó de existir. Esto lo entendió el presidente Franklin Roosevelt, de modo tal que fuera imposible un conflicto entre Rusia y EU mientras sus políticas guiaran la presidencia. El Imperio Británico entendía con claridad, como también lo entendió el Gobierno de José Stalin a su manera, que de seguir Roosevelt con vida, el imperialismo británico, el cual aun hoy impera hasta sobre el proceso electoral estadounidense, hubiera desaparecido en paz de la faz de la tierra. Inglaterra no sólo hubiera sobrevivido, sino que hasta se hubiera beneficiado por este cambio; no así el Imperio Británico. El comunismo como tal nunca representó un rompimiento, sino apenas una fuente de dificultades remediables para las buenas relaciones históricas entre Rusia y EU.

En la actualidad, la vida civilizada duradera en las naciones de cualquier parte de este planeta depende de regresar realmente a la cooperación de largo plazo entre EU y Rusia, la cual persistió, en esencia, desde cuando John Quincy Adams era un servidor público de EU en Petrogrado, hasta el asesinato del presidente estadounidense William McKinley por instrucciones de los británicos.

El asunto principal en este sentido es, una vez más, el resultado de la guerra de los Siete Años de 1755–1763, organizada por los liberales angloholandeses. La guerra, en combinación con los conflictos que culminan en ella entre las potencias de Europa continental, y entre EU y alguna potencia europea o de otra parte, siempre ha sido, como bien lo entendió Bismarck, la piedra angular estratégica del Imperio Británico desde el fin de la guerra de los Siete Años.

Los dirigentes más sabios de Rusia, ora durante la monarquía o en el Estado comunista, siempre han entendido este hecho más o menos con claridad. La orientación soviética con Jruschov, Yuri Andrópov y Mijaíl Gorbachov hacia una alianza con el Imperio Británico en contra de EU, siempre fue el camino a la perdición para Rusia y para EU. Todos los dirigentes estadounidenses en verdad competentes y patriotas también lo han entendido así, aunque a su manera y no precisamente a la mía.

No obstante, el legado del comunismo ya no era una fuente de fricción existencial mientras el presidente Franklin Roosevelt seguía al frente o sus políticas regían. Sin embargo, esa fricción vino a plantear un problema de envergadura, no debido a la tradición comunista, sino porque el presidente George H.W. Bush vergonzosamente le besó los pies a la primera ministra británica Margaret Thatcher en cuanto a las condiciones para la reunificación de Alemania. Los problemas restantes vienen del empecinamiento de los británicos en destruir a Alemania, y también a Europa Oriental y a Rusia en su totalidad, ahora que los alemanes ya no son un bastión a cargo de resguardar el frente oriental de la OTAN.

El único problema real del legado marxista para las relaciones entre Rusia y EU al presente, viene de no aclarar los errores sistémicos que los lazos británicos han fomentado como la suerte de explotación rapaz que representa el fenómeno de los multimillonarios ex comunistas rusos ladrones ligados a Londres, o al George Soros del Imperio Británico u otros que arrasaron con desenfreno en los 1990 postsoviéticos, y que aun hoy taladran desde adentro. La política económica comunista fue un fracaso, y no por ninguna de las razones que profieren los buitres del existencialista, al igual que pro fascista Congreso a Favor de la Libertad Cultural. Podríamos decir mucho más al respecto; ya hemos dicho lo suficiente aquí para que la idea general quede razonablemente clara.

Sin embargo, mientras no se reconozcan ciertos errores reales en el dogma marxista, los defectos de la política económica de la época soviética seguirán colgando del cuello de cualquier Gobierno ruso en la actualidad, como el albatros de La canción del viejo marinero de Samuel Taylor Coleridge. Dada la gravedad de la embestida de la crisis de desintegración global general de las fuerzas productivas, es importante para todos nosotros hoy que la idea de nación rusa, en vez de sus experimentos con una variedad de ideologías económicas, sea el eje que guíe la formulación de la política económica exterior de EU. El hecho es que no hay ninguna nación cuyas prácticas económicas de los últimos cuarenta años no hayan sido, en gran medida, defectuosas de una u otra manera. El modelo para la formulación de las nuevas formas de cooperación con tanta urgencia necesarias debe ser el gobierno regido por el impulso de reconocer y corregir con prontitud esos errores.

Por tanto, es importante que esos efectos pobres de las normas y prácticas del pasado se entiendan y corrijan, en vez de barrerlas bajo la alfombra en Rusia y, en especial, otros países que ahora deben constituir el núcleo de los iniciadores de la reforma mundial general de las políticas económicas a ser adoptadas por el mundo entero hoy.

Los problemas del marxismo en la actualidad

Hay tres metas definidas de forma amplia que, de no alcanzarse muy pronto, acarrearían el descenso de todo el planeta a una nueva Era de Tinieblas peor que la sufrida por Europa en el siglo 14.

Una es restablecer con urgencia el acento en los modos de producción y de transporte con un uso intensivo de capital e impulsados por la ciencia, sin los cuales, un gran desastre de algún tipo pronto agobiará al planeta, aun emprendiendo cualquier otra reforma beneficiosa.

Segundo, debemos reorganizar las relaciones entre los Estados acorde a lo que podría describirse como el sistema de Bretton -Woods de Franklin Roosevelt, y no las falsificaciones de Truman ni de John Maynard Keynes. Lo anterior significa fomentar la restauración impulsada por la ciencia y la densidad energética de las naciones otrora industrializadas a su estado anterior en el mundo, previo a 1968–1971, para así generar la onda larga de aumento de la densidad de infraestructura per cápita y su aumento neto por kilómetro cuadrado del territorio.

Tercero, para hacer posibles estos cambios beneficiosos, necesitamos construir una masa de infraestructura económica básica duradera en el planeta, pues es indispensable para cumplir con las metas de producción y de consumo de todos los sectores de la humanidad. Por ello, es necesario un nuevo sistema internacional de crédito que remplace y, en esencia, elimine la idea europea ahora fracasada de sistemas monetarios. Eso requeriría ceñirse a las pautas prescritas por el antiguo secretario del Tesoro estadounidense Alexander Hamilton (no a las del patético “Sombrerero Loco” Hank Paulson ni a las del “Lirón” Ben Bernanke) para el establecimiento de instituciones bancarias nacionales como intermediarias de las transacciones corrientes entre los ministerios de Hacienda de gobiernos soberanos. Nada de esos condenados sistemas de banca central europea, ya irremediablemente quebrados por el esfuerzo de sostener la inmensa burbuja de los derivados que echó a andar el estadounidense Alan Greenspan.

Nuestra propia preocupación compartida, tanto al seno de EU como también en Rusia, es que ese error sistémico adoptado, ya sea de las interpretaciones de la doctrina marxista o de la del propio Marx, no se convierta en un perverso obstáculo sistémico a la adopción oportuna de esas reformas con urgencia necesarias para las relaciones potenciales entre naciones aliadas, que revivan la intención de Franklin Roosevelt de 1944 para lo que llamamos un sistema de Bretton -Woods.[11]

Los obstáculos de marras

En el caso de Rusia, pero no sólo de ella, el principal de estos problemas es el concepto de Marx sobre el capitalismo, una noción expresada por él y por otros como una visión implícita sobre EU, en particular, que no guarda relación alguna con su verdadero establecimiento como una nueva forma de república federal en la historia.

El primer hecho desafortunado tal en este momento es que, en general, ninguno de los sistemas de contabilidad empleados en el mundo hoy día permite tomar en cuenta esos principios universales esenciales de la creatividad humana de los cuales depende por completo toda política exitosa de economía física, excepto el robo (como en el caso de las estafas de los derivados o prácticas depredadoras afines).

El segundo es la supresión absoluta del papel desempeñado por la creatividad humana en la economía nacional. Por esta cuestión tan decisiva, las verdaderas políticas de Karl Marx representan una amenaza seria al progreso, porque en sus escritos nunca reconoció la función de la presencia activa de poderes creativos afines al progreso científico fundamental con un alto coeficiente de capital en el aumento de la fuerza productiva del trabajo, ni de aquellos que de alguna forma reflejan la existencia de tales poderes.

El que Marx excluyera de manera sistemática el concepto específico de la creatividad científica y artística clásica humana, que aparta de modo categórico a la humanidad de las bestias, siempre constituyó un defecto sistémico clave en su razonamiento y, por tanto, fue en gran medida su empirismo británico el que lo impulsó a negar la existencia real de los poderes de la creatividad mental del ser humano individual, lo cual también fue el caso de sus seguidores declarados y de todas las demás variedades de reduccionistas radicales, tales como los empiristas y los positivistas de la actualidad.

Este y todos los grandes errores relacionados en los planteamientos de Marx sobre economía política están arraigados en la influencia corruptora ejercida por sus fuentes preferidas de la escuela Haileybury de Jeremías Bentham, Adam Smith y compañía. Todas las enseñazas de esa escuela eran perniciosas y deben reconocerse como tales.

Contrario al malvado Zeus olímpico del Prometeo encadenado de Esquilo, la meta propia del hombre no es la educación del individuo, sino el desarrollo de sus poderes creativos. El hombre no ha de educarse como un perro para hacer trucos, sino para convertirse en creador a imagen de nuestro Creador.[12]

Identifico y explico el principio de la verdadera creatividad humana un poco más adelante en este capítulo. Primero, antes de abordar el meollo científico físico de este asunto, lo sitúo en la historia.

Los efectos del empirismo

La adopción, por parte del propio Marx, de la doctrina económica de Adam Smith es típica de la esclavitud intelectual sistemática con la que el mismo empirismo británico que engendró a Adam Smith, el agente del imperialista lord Shelburne, debilitó a muchas naciones. Los reclutadores marxistas no tenían que inculcarle a sus seguidores esta suerte de creencia; por lo general, los adoctrinadores liberales ya habían repartido ese suministro de sofisma liberal, del cual también dependió Marx, entre sus víctimas en la generalidad del público en su sociedad y su cultura, de costumbre en la niñez y la adolescencia, a través de la escuela y otras formas comunes.

El planteamiento tocante al empirismo que acabo de resumir es cierto; pero, tenemos que cuidarnos de no ser muy enfáticos en atribuirle a Marx, o a casi cualquier otra persona como tal, todas las creencias y opiniones que tenga un individuo sobre casi cualquier cosa que ocurra en la sociedad. Como tendré motivos para poner un acento especial en este asunto en el presente informe, el principio de la dinámica, si se entiende de forma competente, nos advierte que las creencias adoptadas y el comportamiento relacionado del miembro típico de la sociedad o de la especie, por lo general se arraigan en la sociedad o en la especie, en vez de originarse en la mente de un miembro individual de ese grupo, salvo en el caso de personas y situaciones extraordinarias en la sociedad. Tales excepciones para el gran bien o el gran mal existen, pero hasta éstas rara vez pueden entenderse de una forma distinta a excepciones insólitas en las características de la voluntad individual.

El asunto esencial respecto a la conducta colectiva que es el foco de la atención de este informe, es aquello que precisé antes en este capítulo: la exclusión sistemática de la verdadera creatividad humana de cualquier aspecto del empirismo británico del siglo 18 de Adam Smith y compañía. Esta exclusión es típica del empirismo sobre el cual se extendieron la llamada ciencia y los dogmas reconocidos del método cartesiano en cuanto a forma, y, por tanto, la conducta colectiva expresada por la seudociencia newtoniana, y también la economía política británica. Ésas son creencias que, puede suponerse, derivan de la misma ideología empirista empleada por el plagiario Adam Smith.[13]

Esto es clave para entender la falla sistemática fatal en el concepto reduccionista del materialismo profesado por Karl Marx, una creencia que éste se tragó de los autores británicos a los que admiraba, iluso, como la fuente de “la única ciencia económica”, ya fueran el británico Federico Engels, el David Urquhart del Museo Británico, el Giuseppe Mazzini de Palmerston u otros conductos semejantes. Todos los errores intrínsecos subyacentes en los supuestos ideológicos de las diversas variedades de movimientos marxistas han contribuido de modo directo a los errores más decisivos y, es de suponer, más profundos en lo científico, en la aplicación de la política económica civil en la Rusia soviética, a diferencia de la práctica militar, por ejemplo.

Los resultados más notables de esta suerte de errores simplistas en las opiniones y métodos adoptados por Marx, les hacen eco a los dogmas más difundidos de tales engañados como los empiristas (y luego los positivistas) y, también, a los aun peor educados círculos académicos que pululan en gran parte del mundo en general desde el surgimiento de la influencia de los existencialistas, y, muy en especial, a partir de las turbas dionisíacas de 1968, hasta la fecha. Entre las variedades de esta última estirpe prevalecía la tonta y cruda noción apriorística de que, como la sociedad se había asimilado a los intereses industriales capitalistas de naciones específicas, según la definición de Adam Smith y otros miembros de la escuela Haileybury de la Compañía de las Indias Orientales británica, cualquier forma moderna de imperialismo había de suponerse, en esencia, como un producto de lo que los británicos identifican como la “etapa de desarrollo” capitalista industrial. Tal fue el fundamento adoptado a priori para lo que definí al principio de esta publicación como la evaluación equivocada sobre el imperialismo que representaban tanto Lenin como los principales socialdemócratas alemanes.

Para resumir el asunto, como acabo de recalcar en estos párrafos finales de este primer capítulo de mi informe, la gran falla común del socialismo marxista descansa, en esencia, en su adopción de la ideología imperante, pero errónea, respecto al principio humano que subyace en la orientación saludable del cambio en la sociedad. Ésta es una ideología adoptada por el propio Marx, pero también ya distribuida en toda su plenitud por el cuerpo del empirismo británico del siglo 18, por gente tal como John Locke, David Hume, Adam Smith y la escuela Haileybury de Bentham en general.

Antes de volcar nuestra atención a ese rasgo central del próximo capítulo del informe, empecemos por despejar del camino los asuntos colaterales más importantes. Para esto, concentra tu atención de modo directo en la definición práctica y apropiada del significado científico de la palabra imperialismo.

2. Ciencia y ecología humana

Después de ciertos comentarios introductorios importantes, este segundo capítulo del informe se dedicará al tema de la agencia determinante asociada con el aumento del poder de la humanidad, no sólo para ampliar sus facultades productivas del trabajo, sino para sobreponerse a lo que de otra manera sería un descenso en la capacidad de la biosfera, no nada más para sostener un aumento de la productividad física tanto per cápita como por kilómetro cuadrado, sino también para anular la tendencia a que el crecimiento demográfico y el consumo humano previo agoten la biosfera.

Para sentar las bases de esa deliberación científica decisiva, inicio este capítulo con el siguiente comentario sobre aquellos aspectos de la naturaleza y los efectos del imperialismo real que son pertinentes para esta parte del informe.

Primero que nada, como ya he puesto de relieve, contrario a Lenin y otros que vienen al caso, el “imperialismo” no fue una “etapa del capitalismo”. El imperialismo que se conoce en Europa es más viejo que Babilonia. El “capitalismo financiero”, como la socialdemocracia alemana y Lenin lo bautizaron, es mucho más antiguo que lo que los seguidores de Marx llamaron “capitalismo” o “socialismo”. También es más antiguo que la destrucción brutánica de las parcelas de tenencia de arco de la otrora orgullosa Sumeria, con la introducción de los mismos métodos “usureros” que se habían usado contra los agricultores sumerios. Una y otra vez, a las civilizaciones antiguas, medievales y modernas las ha arruinado la misma práctica de la usura, usada de manera repetida para inducir a las civilizaciones del sudoeste asiático a destruirse a sí mismas, como por mano propia, del modo que el liberalismo angloholandés extendido al orbe lo ha hecho desde la muerte de Franklin Roosevelt, y de manera más notable desde la disolución del ya saqueado sistema de Bretton -Woods en 1971–1972.

La combinación de la disolución del sistema de Bretton -Woods en 1971–1972, seguido rápidamente en 1973 por la depredadora conspiración angloholandesa saudita que creó el dominio del “mercado de entrega inmediata” del petróleo angloholandés sobre las finanzas del mundo, destruyó el control de EUA sobre su propio dólar, y degradó al dólar monetario–financiero mundial a la condición de un mero juguete en manos del Imperio Británico. La influencia de lo que alguna vez se llamó el imperialismo británico, a diferencia del verdadero Estado nacional, ha sido un fenómeno de continua importancia en la historia europea extendida al orbe, de entonces a la fecha.[14] Como lo había explicado Rosa Luxemburgo, y Herbert Feis después, el imperialismo hoy, como entonces, no es más que un renacimiento, en los 1970, de la tiranía liberal angloholandesa de un sistema financiero planetario fundado, como demostraron tanto Rosa Luxemburgo como Herbert Feis, en un sistema liberal angloholandés renovado de préstamos internacionales en esencia usureros.

En realidad, al iniciar cualquier discusión sobre la situación actual de crisis planetaria, habría que empezar con el supuesto general de que no existe ninguna diferencia esencial, en cuanto a tipo, entre la naturaleza de las causas de la crisis general de desintegración financiera planetaria que ha estado ocurriendo desde fines de junio de 2007, y la causa característica del desplome de la Europa del siglo 14 en una crisis de “desintegración” catastrófica, como la que ahora acelera a escala mundial. No sea que nos olvidemos de esa Nueva Era de Tinieblas medieval en el que ahora nos hunde de nuevo la misma clase de sistema de préstamos internacionales controlado por los venecianos que se vivió durante el siglo 14, en esta ocasión bajo el aspecto de los derivados financieros modernos.

Por tanto, es necesario decir aquí lo siguiente sobre el tema del imperialismo en general.

Desde la caída de la dinastía aqueménida y el auge posterior de la Roma imperial tras la segunda guerra Púnica, a la Europa continental, ya sea en las regiones del Mediterráneo o más allá, siempre la han dominado instituciones político–financieras que gobiernan en una tradición que puede trazarse desde el papel que tuvo la usura en el desplome del sistema de tenencia de arco de Sumeria, vía Babilonia —y esto a pesar de la grandeza del período intermedio del ascenso del califato de Bagdad—, hasta la ruina monetario–financiera planetaria general de hoy.

Sin embargo, también es cierto que ahora tenemos que escapar a esa misma clase de decadencia moral que ejerció gran influencia en la civilización del continente europeo, en especial desde la sacudida de febrero de 1763, no obstante un rasgo renacentista paralelo y contrario del intervalo clásico de 1763–1789 en pro de EU y en contra de los británicos. Este intervalo fue típico de las contribuciones decisivas de factores del renacimiento alemán como Abraham Kästner, su estudiante Gotthold Lessing, Moisés Mendelssohn, Goethe, Federico Schiller y Lázaro Carnot, que por algún tiempo continuaron los hermanos de Humboldt, Johann Friedrich Herbart, etc. La generación favorable a EU del tiempo previo al feo choque que produjeron el Terror jacobino y quien en su momento fuera el protegido de Pierre Robespierre, Napoleón Bonaparte, reflejaba el impacto de la naturaleza necesaria esencial de la intervención paralela de los acontecimientos coloniales en América del Norte, en el combate a los hábitos oligárquicos moralmente corruptos que subyacían en la persistencia de esa decadencia que ya había saturado las tradiciones modernas de la cultura política europea y relacionada.

Como indicaré más adelante en un momento apropiado de este informe, lo que a algunos puede parecerles, de manera errónea, una cierta confusión en éstas de entre mis caracterizaciones de los intervalos pertinentes de la historia hasta aquí, no es producto de cualquier desorientación en mi razonamiento aquí. Meramente refleja el hecho de que consideré que era una pedagogía prudente para fines de la claridad final, en vez de meternos, en el ínterin, en vías alternas que distraigan y pospongan la conclusión de cierta discusión del principio pertinente de la dinámica hasta un momento posterior apropiado en la elaboración de ese razonamiento aquí, cuando las bases para introducir esa aclaración se habrán preparado mejor en la mente del lector. Mi justificación para ese curso de acción quedará clara antes de concluir este informe.

Como demostraré, ya existe dentro del capítulo presente de este informe la necesidad de presentar otra exposición más cabal de un principio profundo de importancia decisiva de la economía física, antes de que pueda introducirse en esta discusión un tratamiento directo de los principios subyacentes de la economía en tanto ciencia.

Estos principios de la ciencia económica, en los que se han fundado todos mis pronósticos siempre “exitosos” desde 1956, ahora los han confirmado acontecimientos tales como una acumulación impresionante de mis éxitos singulares recientes como pronosticador económico, al grado que personas inteligentes con un sentido pertinente de experiencia están examinando su idea otrora acostumbrada sobre el tema de la economía con una mezcla de asombro y desesperación, y me preguntan: “¿Cómo lo hiciste?” Algunas personas nunca consultarían a un médico sobre su enfermedad, hasta que cierto elemento de temor los lleve al equivalente de la puerta del doctor. La diferencia es, como con mis anteriores dizque críticos, que las circunstancias los han llevado al grado en que, como se dice, “los cuerdos están más que dispuestos a escuchar”.

A pesar de todo eso, no hay nada terriblemente nuevo para mí, en particular, respecto a la enfermedad de la que ahora hablaremos en estas páginas, sólo la profundidad de la crisis actual y sus remedios.

El principio del imperio

La actual intención descaradamente abierta del imperio liberal angloholandés o dizque “británico”, es eliminar la existencia del Estado nacional soberano de este planeta, ahora lo más pronto posible. Los nombres de esta campaña británica incluyen “globalización”, “libre comercio” y “ambientismo” neomaltusiano.

De no derrotarse y dársele marcha atrás a impulsos brutánicos tales como ésos, un remanente muy menguado de la humanidad vivirá en la nueva barbarie de un planeta probablemente habitado por mucho menos de mil millones de personas. Suponiendo que evitemos la guerra nuclear, la meta imperial brutánica, que es más o menos la adoptada en público (y con gran énfasis) por el Duque de Edimburgo de Gran Bretaña, el príncipe Felipe, se “lograría” dentro de una a dos generaciones, aproximadamente. Tomaría siglos que los descendientes de ese remanente de la humanidad lograran arrastrarse y trepar para regresar a algo que pudiera considerarse una semblanza de lo que otrora se conocía como el estado relativamente civilizado de buena parte de la humanidad, antes de estos horrendos acontecimientos que hoy nos acometen.

Ésa es la clave para comprender por qué la situación estratégica planetaria actual es tan monstruosamente peligrosa, por qué esas fuerzas centradas en las ideologías de los descendientes políticos angloholandeses de Paolo Sarpi son un peligro presente tan monstruoso para toda la humanidad.

Para entender esta grave amenaza estratégica inmediata, tenemos que aprender las lecciones encajadas en las manifiestas pautas de largo alcance del comportamiento humano, como, por ejemplo, desde antes de la fundación de Sumeria, de tiempos previos a la historia conocida de los imperios en el transcurso de los últimos siete mil años o más.

Así, desde la caída del Imperio Aqueménida, hasta el papel en esencia bárbaro que ha tenido el Imperio Británico, incluso hoy, las principales potencias políticas importantes de la civilización europea y del Cercano Oriente extendida al orbe se han basado en una forma endémica de usura, que a veces brota en formas extremas de la práctica imperialista tales como la de la “Nueva Era de Tinieblas” del siglo 14 europeo.

Los cárteles internacionales de las drogas, como lo ejemplifican las operaciones financieras de George Soros, de la inteligencia británica, asentadas en sus muchos “gallineros” alrededor del mundo tales como sus refugios en las Antillas Neerlandesas, y su control vertical del Partido Demócrata de Howard Dean hoy, son típicos de esta tendencia patológica crónica para la actualidad. O compara el precio de la cosecha de opio del campesino en regiones del sudoeste asiático como Afganistán, con el precio del mismo producto, diez mil veces mayor, cuando las redes vinculadas a los británicos lo han llevado a los mercados europeos o estadounidenses asociados con lugares de las actividades de George Soros o los de su calaña. Este eco ahora hiperinflacionario de la Alemania de 1923 y de la llamada Nueva Era de Tinieblas de la Europa del siglo 14, es parte integral de la influencia de auxiliares del imperialismo británico moderno tales como el ex presidente de la Reserva Federal y estafador de marca Alan Greenspan.

Sin embargo, hay un significado específico mucho más profundo y también mucho más sistemático en lo científico, de la palabra imperialismo. Por tanto, por favor dirige tu atención a la tarea de definir, aquí y ahora, esos conceptos indispensables: considera el tema en extremo pertinente de la verdadera “ecología humana”, a diferencia de las opiniones brutánicas del Duque de Edimburgo y su lacayo perverso y plenamente vicioso, el ex Vicepresidente estadounidense y Leporello perennemente rechoncho, Al Gore.

Esta crisis económica no es la propagación de “una recesión estadounidense” ni una “recesión” en ningún sentido. Nunca fue “una crisis de las hipotecas de alto riesgo”. Se ha mostrado a sí misma con claridad en los acontecimientos recientes, como advertí de manera pública y amplia desde que di mi muy difundido discurso del 25 de julio de 2007. Se ha mostrado, tal como advertí entonces, como una crisis general de desintegración monetario–financiera y física del actual sistema monetario–financiero–económico de nuestro planeta en su totalidad. Ya que había advertido de manera repetida de las características que ahora embisten de entre las clases de fenómenos económicos que condujeron a esta crisis, la pregunta pertinente que a menudo se me hace ahora tiene dos partes. Primero, ¿cómo sabía? Segundo, ¿por qué los dizque expertos no reconocieron lo que yo ya había previsto y había descrito en repetidas ocasiones como una tendencia de largo plazo, y eso con una precisión notable, a lo largo, de hecho, de estas últimas cinco décadas?

Por tanto, ¿cuál es, o cuál debería ser en realidad la ciencia y la práctica económica en la actualidad?

Los marsupiales (tales como el koala), dominantes en Australia antes de la colonización inglesa, sufrieron la toma del control de sus hábitats por parte de los mamíferos, y la mayoría desapareció. Pero, entre las especies de vida inferiores y el hombre existe una brecha insalvable. (Foto: Amaury Olivier Laporte).

¿Qué es la ‘ecología humana’?

Esto nos trae ahora a los aspectos explícitamente físicos científicos del asunto que tenemos ante nosotros. Para ilustrar el razonamiento central de este capítulo del informe, considera las implicaciones sistémicas que se encuentran al examinar las ecologías comparativas de tres órdenes respectivamente distintos, seleccionados (de hecho) entre las especies vivientes: los marsupiales, los mamíferos y los seres humanos.[15] Esto nos lleva a la médula de una ciencia de la economía física.

Comprende la dinámica como algo congruente con las fases sucesivas de evolución de los métodos de Godofredo Leibniz, Carl Gauss, Lejeune Dirichlet y Bernhard Riemann. Opta por esta perspectiva, cuyos orígenes modernos son la dinámica anticartesiana, en vez de los términos empleados en la forma cartesiana de reduccionismo del empirista. Tanto los marsupiales como los mamíferos tienen, de modo respectivo, un marco de variación de grado densidades relativas potenciales de población diferentes en lo cualitativo, pero relativamente fijas (de un modo dinámico); en tanto que la densidad relativa potencial de la población humana, si bien también es dinámica, no está confinada de esa manera.

Examina este asunto con más detenimiento en cuanto a su significado respecto al asunto de la crisis de desintegración económica planetaria que ya está en progreso.[16]

En la actualidad, esbozar los aspectos principales de ese tema es de gran importancia para corregir algunos errores potencialmente mortales en la práctica de economistas, y aun de algunos científicos físicos muy serios hoy día. El tema es, en el fondo, esa naturaleza singular de nuestra especie humana que subyace en todo el conocimiento competente del hombre, tanto de sí mismo como de su universo.

Para ilustrar este hecho de importancia decisiva, veamos primero una cultura en la que el orden marsupial fue dominante en su dinámica, como en Australia antes de la primera colonia inglesa; y luego, después de eso, consideremos el efecto del proceso de la creciente toma de control de hábitats antes dominados por marsupiales, por mamíferos, o incluso por seres humanos. En general, la invasión por parte del orden de los mamíferos de un hábitat antes dominado por marsupiales, resulta en un proceso de desplome (por ejemplo, de sustitución) de la estructura potencial del conjunto de la clase de criaturas que constituyen la población marsupial, a tal efecto, que la mayoría de las especies de estos últimos tiende a desaparecer, a la larga, a resultas de este proceso (exceptuando, por ejemplo, a recolectores de basura como la zarigüeya).

Sin embargo, hay una diferencia fundamental de principio entre las clases respectivas de dinámica ecológica de esos dos primeros órdenes de especie, por un lado, y la de la existencia de la humanidad, por el otro. La ecología de la especie humana no está meramente confinada por la ecología del mismo modo que los órdenes animales respectivos tanto de los marsupiales como de los mamíferos, y otros en general. A los miembros del orden humano no los confinan, por lo menos no de manera definitiva, determinaciones genéticas heredables de la clase de conjunto dinámico de potencial que afecta a las especies inferiores, como se encuentra en los casos ya sea del orden marsupial o del de los mamíferos.

La comprensión sistemática de esta distinción fundamental, de principio físico, entre la especie humana y todas las demás, exige adoptar la perspectiva de la dinámica moderna, como la había definido antes Godofredo Leibniz. Esto es lo que también expresa, de manera implícita, a un grado cualitativamente más avanzado, la disertación de habilitación de Bernhard Riemann de 1854, cuando se compara con lo que Leibniz definió como la dinámica, en oposición a Descartes, como ya lo he recalcado aquí. Sin emplear ese desarrollo intermedio de Leibniz y Riemann en el enfoque dinámico para definir el potencial demográfico relativo de una sociedad, per cápita y por kilómetro cuadrado, un enfoque llevado a cabo en los términos de Riemann, los resultados de cualquier razonamiento sobre este tema serían de suyo incompetentes. El discernimiento eficaz de la mayor parte de los peores errores de supuesto en la práctica política y relacionada de naciones enteras hoy, se logra dentro de la apreciación de Riemann de las implicaciones anticartesianas —una vez más— del Spécimen dinámicum del propio Leibniz.

En la experiencia científica académica de Rusia, este asunto se expresa de manera relativamente avanzada y decisivamente significativa, por la manera en que el gran químico físico y académico Vladimir I. Vernadsky definió la biosfera, y también la noosfera, en términos dinámicos.

De manera sucinta, la población humana puede exceder los límites inmediatos inferidos de su hábitat, como nunca podría hacerlo ninguna especie animal; este avance cualitativo en el potencial de la población humana se efectúa mejorando el nivel cualitativo de la conducta de especie de alguna porción importante de una sociedad a un estado físico superior de potencia dinámica, del modo que un avance tal puede definirse de forma aproximada como un aumento en la densidad neta del flujo energético de la habitación del dominio pertinente por parte de la sociedad humana.

Este acceso de una sociedad que de manera progresiva evoluciona a un estado físico superior de densidad relativa potencial de población, implica el descubrimiento intencional consciente de nuevos principios físicos o de su equivalente artístico, como Leibniz anticipó la perspectiva de Bernhard Riemann en su propio Spécimen dinámicum, al prever la erradicación amplia que hizo Riemann en su disertación de habilitación de 1854 de todas las definiciones, axiomas y postulados apriorísticos de diversas geometrías, tales como las que van desde Euclides hasta los incautos del virtual satánico Bertrand Russell. Riemann presenta su razonamiento esencial, si bien en resumen, en las primeras páginas y en la última oración de su gran disertación de habilitación de 1854. En todos los casos, esto se ha aclarado para la ciencia física moderna, como haré hincapié y como lo hizo Albert Einstein, a modo de fruto del descubrimiento único original de Johannes Kepler del principio de las armonías universales que subyacen en el método de descubrimiento singular original del principio de la gravitación universal.

Así, aunque el legado de René Descartes (o lo que es lo mismo, el mito de la ciencia newtoniana) subyace en toda la actual oposición académica moderna y relacionada a Kepler, Fermat, Leibniz y Riemann, son sólo los logros de esos predecesores más amigables de Riemann los que nos proporcionan una perspectiva general competente de la naturaleza, basada en principios, del proceso de avance de la ciencia moderna hoy, incluyendo cualquier tentativa hacia una verdadera ciencia física de la economía.

Por qué Kepler es decisivo

El caso más pertinente en este sentido lo ilustra el descubrimiento de Kepler de la gravitación universal, como Albert Einstein hace hincapié en este logro singular de Kepler. Lo que Kepler en realidad prueba, más allá de su principio de la gravitación universal como tal, es que, como recalcó Einstein, cualquier descubrimiento tal de un descubrimiento universal eficiente de principio físico u otro comparable define lo que es en principio un universo finito, en vez de la forma indefinidamente extendida de un universo euclidiano o cartesiano. Esto significa un universo de Kepler, Riemann y Einstein, por tanto, autolimitado por tales principios universales, y el cual, por tanto, define un universo sin límites externos (por ende, finito en el sentido de Einstein).[17]

El universo de Johannes Kepler (izq.), Bernhard Riemann (centro) y Albert Einstein (der.) en el que vivimos está autoconfinado por principios físicos universales tales como el de la gravitación y, por consiguiente, es un universo sin límites externos. (Foto de Einstein: Ferdinand Schmutzer).

Esta perspectiva metodológica científica es absolutamente indispensable para cualquier comprensión física científica adecuada competente que los historiadores tengan de la economía mundial conocida, ya sea en retrospectiva o en la actualidad.

Así, el poder único de la mente humana individual, el poder para efectuar descubrimientos de principio de ese significado, distingue a los miembros de la especie humana, y a la especie entera, como una categoría de existencia viviente absolutamente distinta, en tanto especie de existencia, de todas las formas de vida inferiores. Ésta, definida en términos científicos funcionales de referencia, es una distinción absoluta del ser humano individual, tanto de los marsupiales como de los mamíferos de modo más amplio.

Nosotros los seres humanos somos, como se reconoce, en apariencia mamíferos, y no tenemos una buena razón para suponer que podríamos preferir una forma diferente que la de nuestra mera existencia biológica y mortal; pero, no obstante, tampoco somos meros mamíferos. Morimos como mueren los mamíferos, pero vivimos como una parte consciente de la historia que precede, incluye y continúa nuestro tiempo de vida, en una inmortalidad de la mente humana cuasiviviente, como los hombres y las mujeres pueden procurarlo y como no podría motivarse a ningún mero mamífero a actuar conforme a estas consideraciones históricas.

Vivimos con cierto acceso práctico, si podemos, a una suerte especial de inmortalidad en tanto personalidades eficientemente memorables de una especie que autoevoluciona en la historia, no en lo biológico, sino como seres de una creatividad explícita y transgeneracionales en lo mental; como se ha escrito, a imagen del Creador. Ese hecho respecto a nosotros es casi todo lo más fundamental que necesitamos conocer, en lo esencial, al abordar el tema principal de este informe.[18]

Esta distinción del ser humano individual tiene un reflejo de importancia decisiva y eficiente en lo físico, en la manera en que el concepto de los principios físicos universales lleva la mente humana individual más allá de la clase de características de especies hereditarias comunes a todas las formas inferiores de especies vivientes. Ésta es una distinción que sólo puede observarse en la instancia de los poderes creativos mentales del ser humano individual, pero en ninguna forma de vida inferior a la humanidad. Todo pensamiento científico y, por tanto, político competente sobre la economía, depende por completo de ahondar en las implicaciones de esta distinción singular del desarrollo progresivo de los poderes potenciales de la mente humana individual.

El principio decisivo, como ya se había conceptualizado en los descubrimientos en la esférica de los griegos clásicos antiguos, es el principio conocido en la física matemática europea moderna como el infinitesimal ontológico de Leibniz, Riemann, Einstein y demás. Esto también es el infinitesimal ontológico del cálculo de Leibniz, a diferencia del mítico y fallido infinitesimal, apenas matemático, atribuible a ese cálculo de Leonhard Euler, Joseph Louis de Lagrange y Agustín Cauchy que se funda en los supuestos falsos a priori de un Euclides o en algo parecido.

Esta noción de semejante infinitesimal ontológico (a diferencia de la noción francamente boba y adrede fraudulenta de Leonhard Euler de un infinitesimal lineal geométrico, por ejemplo, euclidiano o cartesiano) representa la existencia de un principio universal verdadero, como el descubrimiento de Kepler del principio de la gravitación universal, como en su La armonía del mundo. Tal principio corresponde a un principio del universo, como Albert Einstein puso de relieve el significado de Kepler en estos términos de referencia que he subrayado aquí.

El principio en cuestión

Para Kepler, la ciencia europea moderna la definen obras de Nicolás de Cusa que se remontan a la De docta ignorantia, la cual ha de considerarse como la fundación de una ciencia física moderna competente. El tema crucial decisivo es el hecho que la percepción sensorial humana es una función del equipo biológico que por lo general viene con la criatura, equipo cuya función tiene la cualidad, atribuida con justicia, de instrumentación. La vista y el oído son las principales referencias acostumbradas en este asunto, pero, como ilustra el caso de Helen Keller, sin duda no son las únicas.

Esta función de nuestro aparato sensorial de percepción nos mueve a dudar de dicha percepción sensorial como tal; aunque es indispensable para nuestra especie, sólo es una representación ingenua, de suyo evidente, de nuestra interacción funcional con el universo que habitamos. La demostración más decisiva del significado de esta paradoja lo proporciona Kepler en La armonía. Hay que prestarle atención especial al Libro IV.

Como saben bastante bien quienes son cuidadosos en tales asuntos, el descubrimiento de Kepler del principio de la determinación ontológica, en vez de matemáticamente infinitesimal de las relaciones orbitales entre el Sol, la Tierra y Marte, como se presenta en La nueva astronomía, retornó su atención a las relaciones ordenadas de forma armónica entre las órbitas planetarias del Sistema Solar conocido en ese momento. En breve, como mis colaboradores han elaborado sobre el razonamiento de Kepler en inusual detalle en LaRouche Youth LLC (2006), la reescenificación del proceso de descubrimiento único original de un principio solar general de la gravitación universal por parte de Kepler, libera al hombre de los fraudes científicos de los seguidores del engaño newtoniano neocartesiano. Tomando esa referencia en cuenta, las conclusiones de Albert Einstein sobre este tema, junto con el trabajo antimachiano original de Max Planck, vienen de manera tal, que el enfoque de Einstein del trabajo de Kepler, desde la óptica de la dinámica de Bernhard Riemann, nos presenta, de él, con lo que probablemente sea uno de los planteamientos más decisivos respecto a las bases mismas de una noción adecuada competente de la ciencia moderna en general.[19]

El trabajo de Einstein y otro coincidente representa un logro en pro de la misma idea de la ciencia y la veracidad en general que las mentes sofistas tan resbaladizas del mundo académico contemporáneo pasan por alto con demasiada frecuencia. El tema decisivo aquí, tema de la mayor importancia inmediata para actuar ante la monstruosa crisis de desintegración económica general que hoy embiste, es el hábito popular del reduccionista de confundir una mera formulación matemática con un principio de la naturaleza.

En todo lo que abarca la historia conocida de la ciencia europea y relacionada, en particular, desde las pirámides de Gizeh, pasando por la esférica de los pitagóricos y Platón, el tema esencial de la idea misma de ciencia, denominado así o con otros nombres, es el tema de si lo que nuestros sentidos le informan a nuestros procesos cognoscitivos es o no es la naturaleza exclusiva de la realidad que experimentamos con su ayuda. De las mejores de entre esas fuentes científicas, pasando por la obra de figuras tales como Riemann, Einstein, Planck y el académico Vernadsky sobre la biosfera y la noosfera, y desde la perspectiva del caso notable de Helen Keller, la mente humana, y no el aparato de percepción sensorial adjunto, es lo que le provee a la humanidad los medios para una práctica eficiente, por medio de la cual la densidad relativa potencial de nuestra especie humana logró lo que ninguna otra especie viva puede hacer: aumentar la densidad relativa potencial de población de nuestra especie humana sin límite último perceptible.

Es verdad que, en ayuda de este logro, necesitamos una perspicacia matemática del examen ordenado de la experiencia de nuestros sentidos; pero es un error grave, que raya en la locura, suponer que una formulación matemática es la expresión inmediata y ontológica eficiente de algún principio físico universal.

Aquellos instrumentos inventados que no sólo nos ayudan a examinar lo que nos sirve como evidencia experimental, sino que, como en el dominio de la microfísica subatómica, representan extensiones artificiales que complementan la función de la capacidad astronómica o microfísica de la experiencia sensorial ordinaria, nos plantean la misma clase de reto.

La música, por ejemplo

Hoy enfrentamos un reto ilustrativo relacionado en la dependencia de la grabación y reproducción digitales de interpretaciones musicales clásicas como sustituto de las analógicas. La sustitución no es exitosa y, como cuestión de principio físico, no podría serlo. Se vuelve claro para el músico que no haya perdido buena parte de su oído, que el ordenamiento de las relaciones del contrapunto clásico en la mente ordenada de manera analógica del oído humano, en especial en la interpretación del contrapunto clásico, pertenece a una curvatura física del espacio–tiempo del oído diferente a la del ordenamiento digital. Menciono esto aquí para ilustrar que no son las formulaciones matemáticas simples las que representan el universo, sino que cualquier forma digital de representación matemática de la experiencia de la percepción sensorial nunca es más que una sombra pobre de la realidad física verdadera. Se puede oír el sistema digital, pero, ¿es de verdad humano el sonido que se oye?

De modo que la manifestación de cada principio tal se expresa como en lo al parecer infinitesimalmente pequeño, a la vez que también tiene una eficacia universal; pero, contrario a los empiristas enemigos de Leibniz del siglo 18, como Abraham de Moivre, Jean Le Rond d’Alembert, Euler y Lagrange, no es “infinitesimal en lo matemático”, sino más bien una expresión de un principio físico universal verdadero (y de eficacia ontológica). Se puede expresar un principio con una receta matemática, pero sólo con el aspecto de la huella que deja, no de su generación en tanto concepto desplegado de manera estratégica por una mente humana individual. Éste, siendo a la vez universal y eficiente en el terreno físico, se expresa en cualquier intervalo de acción, por pequeño que sea, un intervalo que siempre es más pequeño que el análisis físico matemático más fino posible del intervalo de acción física eficiente.[20]

Esto define una geometría física universal en la que principios descubribles confinan el universo de las acciones que contiene. El universo se define de manera tal, como lo implica el método de descubrimiento de Kepler y como Albert Einstein afirmó el genio de éste al respecto, que el universo físico en expansión es finito (por ejemplo, confinado por sus propios principios físicos universales), pero también en expansión en el sentido del descubrimiento de tales principios o aun de la creación de nuevos principios tales.

Los animales tienen su destino, pero nuestra naturaleza, a diferencia de las bestias y los lacayos embaucados de los imperialistas británicos, nos faculta para escoger un sino mejor, como lo describió el profeta del Génesis, al descubrirlo como una cuestión de principio y actuar para realizar la intención de la premisa de su creación.

Arte y ciencia

Para tomar un paso adicional esencial con este concepto de importancia decisiva, tenemos que condenar la idea popularizada de una separación hermética implícita entre la ciencia física y la verdadera composición artística clásica. En esencia, los que a menudo se consideran como estados mentales categóricamente inmiscibles, en realidad comparten los mismos principios universales, del mismo modo que el éxito singular del descubrimiento original de Kepler de un modo universal de gravitación dependió de los mismos principios musicales inherentes compartidos con el principio del contrapunto musical que nos presentan Juan Sebastián Bach y sus seguidores.

El antídoto para una creencia supersticiosa en algo llamado “capitalismo” ha de encontrarse, por ejemplo, en la obra del secretario del Tesoro estadounidense Alexander Hamilton. El principio constitucional sobre el cual se fundó EU fue un repudió al empirismo imperial británico (que tanto Adam Smith como Karl Marx veían como “capitalismo”).

En ese departamento que por lo general se distingue como la ciencia física, la mente humana considera el concepto práctico del hombre respecto al dominio que es (en términos riemannianos) físico–geométricamente externo a los procesos conceptuales de percepción de nuestra especie. En la composición artística clásica y su interpretación entra en juego un arreglo diferente; en vez de estudiar la naturaleza que nos rodea, nuestra atención se concentra propiamente en cómo la mente humana individual ve los procesos en los cuales hace suyo el dominio de la acción a voluntad del hombre sobre esa mente humana, a través de la cual dicha menta aplica sus mismos poderes de discernimiento creativo al estudio de su propia conducta en el control que ejerce nuestra especie sobre las condiciones físicas de la vida mortal humana. En el gran arte clásico, como en el caso del predecesor de Kepler, Leonardo da Vinci, representa el meollo del principio pertinente, lo que hay que explorar son las funciones sociomentales de la mente humana individual, como por los métodos de contrapunto tipo fuga y relacionados, por parte de los más grandes compositores y artistas musicales desde Bach.

El hombre reina en el universo, y su conocimiento de dicho universo es, por tanto, la aprehensión autoconciente por parte del hombre de aquello que su adquisición de tal conocimiento representa como su poder en y sobre ese mismo universo. El verdadero sujeto de la ciencia es el hombre mismo, y su Creador.

El capitalismo: un ‘tema secundario’ significativo

En contraste completo con el empirismo imperial británico, la idea de la existencia del “capitalismo”, a diferencia de la intención constitucional de presidentes estadounidenses tales como George Washington, Abraham Lincoln y Franklin Roosevelt, existe sólo como una variedad curiosa de creencia religiosa pagana liberal angloholandesa (de ahí el inevitable conflicto de suyo sistémico entre lo que se llama capitalismo y el cristianismo, por ejemplo). Felizmente, el remedio para tal creencia supersticiosa se encuentra en el trabajo y en los comentarios de fundadores del sistema constitucional de EU, tales como el de los comentarios del secretario del Tesoro estadounidense Alexander Hamilton sobre las curiosas costumbres paganas entre los pusilánimes holandeses. El principio constitucional del que dependió la fundación de la república estadounidense, desde su comienzo hasta la adopción de la Constitución federal, fue un rechazo de los sistemas de clase, tanto de la Europa anterior como de la contemporánea. Por desgracia, las ideas del sistema constitucional estadounidense han sido víctimas de una asombrosa falta de popularidad entre los círculos del Gobierno de EU que imperan a últimas fechas, en especial en los últimos dos años.

La república estadounidense se fundó contra ese concepto, que fue la expresión antibritánica en la Declaración de Independencia de EU, y que movió al lacayo de lord Shelburne, Adam Smith, quien declaraba a viva voz su odio contra EU, a dedicar su propia La riqueza de las naciones de 1776, de manera explícita, a exigir que se aplaste a la joven república estadounidense. Ningún ciudadano de EU puede propiamente defender a Smith por eso, y también considerarse a sí mismo un patriota estadounidense si lo hace.

Entre los principales partidarios de la causa estadounidense de 1776 y después, de entre los monarcas de Europa y otros europeos pertinentes, como el marqués de Lafayette, existía el deseo que expresaban con amplitud importantes europeos esclarecidos de ver el éxito de la empresa estadounidense de 1776–1789 como un modelo para las deseadas reformas humanistas de los mismísimos sistemas de gobierno europeo donde ellos, o reinaban, o eran de rango influyente. Tales partidarios europeos nos consideraban, de manera correcta, como líderes en llevar a cabo reformas humanistas, pero no necesariamente las reformas dizque “capitalistas” que ellos deseaban para sus propias naciones; por tanto, nosotros nos convertimos así en la expresión de su propia causa.

La más esencial de entre esas reformas humanistas deseadas, como las fomentaron muchos alrededor de nuestro planeta, era la liberación de las grandes masas del pueblo de Europa del sistema milenario de subyugación mediante el principio de ignorancia perpetua que el Zeus olímpico del Prometeo encadenado del dramaturgo Esquilo describió como la prohibición de darle el fuego del progreso científico a la población humana súbdita. Esos estadistas, científicos y poetas europeos que habían asimilado el legado de ese gran concilio ecuménico de Florencia que había echado a andar a la civilización europea moderna sobre los escombros del feudalismo, tenían un compromiso personal con el mejoramiento pertinente de la condición y el desarrollo individual de la población general de aquella nación por cuyo destino se sentían en gran medida responsables, y también por el interés vital de sus conciudadanos.

El mismo tema que inspiró tanto a los fundadores de EU como también quienes lo ayudaron a resistir la bestialidad del sistema imperial angloholandés establecido en febrero de 1763, impera como una apreciación necesaria de las cosas para nuestros días. “Capitalismo” no es más que un nombre engañoso y simplón que se usa para desviar la atención de los temas humanos reales que enfrentaba la humanidad en general entonces, y también hoy todavía.

El sistema económico estadounidense, cuya realidad fue planteada por el secretario del Tesoro Alexander Hamilton y defendida por el presidente Franklin Roosevelt, es el sistema enteramente diferente que todos los patriotas más grandes de EU pelearon por defender y fomentar; olvídate de esa palabra sucia británica de “capitalismo”.

La ecología en tanto economía: el empirismo

En los años inmediatamente posteriores al cierre de lo que se llama “la Segunda Guerra Mundial”, empezó a difundirse el argumento de que el nuevo nombre para “economía” debía ser “ecología”. No había claridad real entre los que se referían a la ecología como una base para la economía, ni sobre exactamente qué principio debería servir de premisa para esta discusión, aunque, a mi parecer, lo que ejemplificaba la tendencia imperante era la línea de Julian Huxley, el nieto del mismo notorio Tomás Huxley de Gran Bretaña que había engendrado la carrera del virtual satánico H.G. -Wells, un fascista declarado. Pero a la vez, el uso más significativo de la palabra “ecología” para identificar una categoría de la conducta humana, sería el de poner de relieve la distinción categórica del principio físico particular de la ecología humana, a diferencia de una mera subcategoría de la ecología animal o como podrían describirse las economías, vistas como sujetas a lo que son en esencia sistemas monetarios.

El enemigo esencial de nuestra república estadounidense dentro de la “Vieja Europa”, y el poder imperialista de esa Europa en el mundo actual en general, es una ideología, la ideología del empirismo, que se remonta al papel destacado que tuvo el reformador veneciano Paolo Sarpi durante su vida, y al de su principal lacayo, el estafador Galileo Galilei. La negación de la existencia de la verdad conocible respecto a asuntos de ciencia física y otras categorías importantes del conocimiento humano, fue el truco de maña diabólica para privar a la gente de la protección de los principios, afirmando que los tales principios nunca pudieron haber existido.

Te robaron el dinero y luego respondieron, como dirían hoy día los estafadores de Wall Street o los británicos: “¿Cuál dinero”?

La ecología, como se define popularmente hoy, ha demostrado ser una fuerza eficaz para el mal, en este sentido.

En realidad, como lo ha demostrado de manera tan sobrada hoy el secretario del Tesoro estadounidense Henry Paulson, el dinero no tiene ningún valor intrínseco en sí, ni se puede llegar a ninguna conclusión útil duradera en función del intento de explicar el comportamiento de las economías reales en términos de algún principio monetario fabricado.

Por lo general en la historia, el significado de un sistema monetario yace en un principio de usura que agobia el dominio de la economía física de cualquier nación soberana, pero reina desde fuera de él. Ejemplo típico de este problema es la diferencia fundamental y sistémicamente definida entre el sistema constitucional de economía que sirvió de premisa para la Constitución federal de EU, y los sistemas financieros de suyo imperialistas en las tradiciones parlamentarias de gobierno características de Europa, que continúan hasta la fecha.

Para la economía de una república sana, el Estado tiene que ejercer un monopolio, prácticamente como derecho de nacimiento, sobre la emisión de moneda y de los accesorios afines de un proceso monetario típico, como lo dispone la Constitución federal de EU. En tanto que en Europa, todavía hoy, aun donde el sistema monetario se ve forzado a negociar con el Estado nacional la división de los derechos territoriales, el poder monetario existe en la forma de la creación de un monopolio privado, como el de sistemas monetarios supranacionales implícitos, por encima del Estado nacional.

Esta característica supranacional y de suyo usurera de los sistemas monetarios europeos típicos, es clave para una comprensión competente de la distinción entre la base parlamentaria tradicional de representación estipulada para los gobiernos de Europa, y el sistema constitucional estadounidense de verdad republicano. Así, en la medida que EU ha herido su Constitución federal haciendo concesiones a pretensiones consideradas más congruentes con los modelos europeos de economía política, nuestro propio EUA, habiendo de ese modo traicionado su propio derecho de nacimiento, se ha arruinado más o menos de forma grave cada vez que hemos transigido con los sistemas monetarios y las prácticas imperialistas inherentes a la “Vieja Europa”.

La fuente de este fracaso histórico de los sistemas europeos se reconoce con más facilidad, en cuanto a los propios sistemas europeos modernos, por la suerte que corrieron las pretendidas reformas de la Quinta República de Francia con un presidente Charles de Gaulle, cuya misma existencia personal fue puesta en peligro perpetuo por los asesinos del sistema monetario–financiero imperialista de la monarquía británica. La misma amenaza fascista implícita que vivió el presidente Charles de Gaulle a manos de Londres, se ha introducido en la actual campaña presidencial estadounidense mediante el control vertical británico del grueso del financiamiento y la dirección de las campañas electorales presidenciales, desde más o menos febrero de 2006.

La distinción económica y constitucional esencial, por ley y en la práctica, entre el sistema constitucional federal de EU y los de la Europa parlamentaria, es que la Constitución de EU, de manera prudente, demanda un poder fundamental de EU, en tanto nación soberana, sobre la emisión y la circulación del dinero y de las formas relacionadas de crédito público. Así, tenemos la diferencia fundamental de principio entre el diseño en realidad original del Bretton -Woods con el presidente Franklin Roosevelt, y el plan contrario para el comportamiento de dicho sistema con el reinado del títere vulgar del imperialismo británico, el presidente Harry S. Truman.

Resumiendo esta cuestión de manera breve: la economía de EU está organizada en torno al principio constitucional del crédito público, en vez de un régimen parlamentario europeo típico al que sistemas monetarios estilo europeo mantienen prácticamente en un cautiverio imperial.

En ese sentido, el destino de toda la humanidad se ve hoy amenazada por la tiranía depredadora de sistemas monetaristas funcionalmente imperialistas que reinan a escala planetaria.

Por consiguiente. . .

En manos de ese grupo británico y de sus virtuales súbditos coloniales modernos, los lacayos ideológicos estadounidenses de la Gran Bretaña imperial, el curso del debate sobre la ecología siguió el derrotero de los partidarios angloamericanos del genocidio, quienes habían participado en la promoción del movimiento eugenésico, y que se ven hoy representados por organizaciones como el neomaltusiano Club de Roma y su muy relacionado aliado, el Instituto Internacional para el Análisis de Sistemas Aplicado, con asiento en Laxenburgo, Austria, el cual nació como un vástago de ese programa de análisis de sistemas de Cambridge que se asocia con la influencia de Bertrand Russell.

La influencia de Russell, desde que cobró fama relativa en los 1890, ha representado un proceso de fases sucesivas de degeneración moral e intelectual en el trabajo de la ciencia física y otras relacionadas. Lo más notable es la sucesión de la fase de tal degeneración que empieza con la que representa el trabajo del positivista Ernst Mach. La influencia de Mach, la cual se asocia con la degeneración de la ciencia física en una mera cuestión de mecánica, fue un cambio degradado decisivo que dominó las notables disputas científicas de Berlín y Austria hasta terminada la Primera Guerra Mundial; la influencia de Mach en este sentido, que culminó en el período de la Primera Guerra Mundial, fue luego suplantada por la degeneración mucho más radical que introdujo la influencia de la Principia mathemática de Bertrand Russell, una tesis que emergió para establecer un rumbo dominante en la ideología radical empirista (positivista) británica durante el período de las conferencias de Solvay de los 1920.

Entre las funciones más notables que desempeñó Russell está el hecho de que, aunque estaba tomando el lugar de H.G. -Wells cuando anunció, en septiembre de 1946, una campaña a favor de emprender un “ataque nuclear” injustificado contra la Unión Soviética, mientras seguía defendiendo esto durante los 1950 y después, llegó a un arreglo con el Gobierno del secretario general soviético Jruschov bajo los auspicios de la organización, por parte del propio Russell, de una repugnante mezcolanza política conocida como Parlamentarios del Mundo a Favor del Gobierno Mundial, y fue el principal proponente, en asociación con su protegido, el curiosamente demente Leo Szilard, de una andanada de estratagemas de conflagración nuclear durante el período de fines de los 1950 y los 1960.

El carácter general del trabajo de Russell y H.G. -Wells, desde sus curiosas coincidencias y rivalidades personales durante el período del surgimiento de este último como un importante estratega fabiano para lo que devino la Primera Guerra Mundial, de los 1890 en adelante, pasando por las metas y fines comunes que acordaron en su pacto de 1928 durante el período de la publicación de La conspiración abierta de -Wells, es que siguieron siendo utopistas imperiales británicos, siempre decididos, como recalcó el propio Russell en repetidas ocasiones, a fraguar alguna treta que garantizara la supremacía eterna del Imperio Británico hasta el proverbial “fin de los tiempos”. Ésta ha sido en esencia, desde entonces, la misma meta imperial liberal angloholandesa que continuó, tras la muerte del ex veterano de la SS nazi, el príncipe Bernardo de Holanda, su coconspirador, el Duque de Edimburgo (príncipe Felipe), siendo estos dos los coautores del genocida Fondo Mundial por la Naturaleza (WWF) que está detrás del movimiento neomaltusiano hoy.

Ésta es la verdadera cara imperial del principal enemigo de la humanidad, aun hoy. Las diversas estratagemas utopistas que todavía rondan por el mundo hoy, tales como el eco de Russell en la propuesta del príncipe Felipe de reducir la población mundial actual, de aproximadamente 6.500 millones de personas, a 2.000 millones o menos, o eso esperan, según Russell en los 1950 y el príncipe Felipe todavía hoy. No hay ninguna diferencia moral fundamental entre estos tipos y Adolfo Hitler, salvo que es mucho más probable que estos tíos británicos y sus correligionarios prominentes alrededor del mundo tengan éxito, a no ser que las naciones se agrupen para prohibir tales tramas criminales de algún modo eficaz.

Estos genocidas intencionales no podrían tener éxito sin el consentimiento de redes internacionales arraigadas en estratagemas neomaltusianas internacionales modernas, tales como el Fondo Mundial para la Naturaleza, o los fraudes promovidos por lacayos del príncipe Felipe tales como el timador y ex vicepresidente estadounidense Al Gore.

Aunque estas redes perversas de influencia de todo el mundo se profesan humanitarios, tienen las mismas metas axiomáticas profundamente arraigadas hoy, que el movimiento de Hitler de los 1920 y después, y recurrirán a medios parecidos o mucho peores para lograr esas metas de control poblacional imperial, a no ser que se les pare hoy. Ese plan malvado es lo que está detrás de todo el acaloradamente apasionado chachareo popular actual sobre el llamado “ambientismo”. Cuando examinamos las últimas décadas de la Unión Soviética, desde los primeros acomodos con Russell y su red en los 1950, hasta la influencia de las estratagemas maltusianas de Russell con eje en los proyectos de Cambridge del análisis de sistemas, eso es lo que vemos. Ésa es la poción de veneno ideológico que llegó a infestar y a arruinar al sistema soviético desde dentro, cada vez más, de pies a cabeza, mientras se aproximaba su fin visible.

Los asuntos mundiales, incluso los de la economía mundial, han llegado al grado de una inminente crisis terminal monstruosamente mortífera de la civilización entera.

Debería ser obvio, en función de la experiencia de los dos períodos presidenciales más recientes, que aunque una tempestad pura de horrores nucleares sigue siendo posible, la ruina más probable del planeta tenderá a venir más bien de la tolerancia a una combinación de ardides financieros utopistas, tales como las expresiones varias de la “globalización” y el deslizamiento suicida hacia una monstruosa “nueva Era de Tinieblas” planetaria parecida, pero mucho peor que la que azotó a la Europa feudal, gracias a los intereses financieros venecianos que encubría la Liga Lombarda en la Europa del siglo 14. En esa ocasión, un tercio de la población europea fue eliminada aproximadamente en el lapso de una sola generación; esta vez, si se permite, se llevaría por lo menos al 80 por ciento de la población mundial actual.

Cualquier atrocidad con armas nucleares o afines sería, en esencia, un efecto secundario.

Nuestra tarea estratégica común es tomar las medidas económicas y sociales constructivas que se necesitan para de verdad prevenir que ocurra esa catástrofe planetaria ahora inminente. La distancia al infierno mismo se está volviendo ahora muy, muy corta.

3. Descubre un mundo nuevo

Distribuyamos el plan del enfoque programático propuesto para emprender de inmediato una recuperación físico–económica global, entre las siguientes categorías principales.

A. Un nuevo sistema de Bretton -Woods mundial

Los actuales sistemas financieros del mundo en general no sólo están quebrados sin remedio, cuando se considera la totalidad de las obligaciones y activos pendientes de cada nación o región del mundo. Aunque debemos optar, de manera selectiva, por garantizar los elementos válidos de los activos nominales reclamados, las obligaciones meramente nominales, muchas de las cuales, como los derivados financieros, en esencia no son más que deudas de juego, y tan sólo deben desecharse como basura. Cualquier posibilidad actual de supervivencia de la civilización depende de imponer esa condición.

“Sin los esfuerzos de largo plazo estilo ‘programa intensivo’, como los que se pusieron en práctica con el presidente Franklin Delano Roosevelt en el período de 1933–1945, no sería factible rescatar al planeta de la amenaza de una nueva Era de Tinieblas hoy”. Mapa de la red ferroviaria magnetolevitada (maglev) que podría enlazar al mundo entero, con la construcción de infraestructura a escala planetaria, siguiendo el modelo de los proyectos del Nuevo Trato de Roosevelt; el resultado sería un gran salto en la productividad y las condiciones de vida de toda la humanidad. (Ilustración: Alan Yue).

Hay que recordar que, a pesar del precedente de la condena penal federal de Michael Milken, el ex presidente de la Reserva Federal estadounidense Alan Greenspan encabezó la lluvia de derivados financieros, que ahora ascienden a una denominación en dólares no menor a los miles de billones, lo cual constituye el principal motor de la crisis de desintegración financiera global general del sistema financiero mundial en su hoy acelerada fase de derrumbe. Esta ya monstruosa crisis la han agravado los intentos dementes, encabezados por los Gobiernos de EU y Gran Bretaña, de subsidiar semejantes activos apenas nominales a expensas de otros haberes y acreencias probablemente válidas del sistema financiero internacional.

Aunque ya había advertido de la erupción inmediata de una crisis de desintegración financiera mundial, como en mi videoconferencia internacional del 25 de julio de 2007, y hecho propuestas válidas para que el Gobierno estadounidense metiera a esta crisis en cintura, con las medidas que terminaron por tomarse en el intervalo del 1 de agosto al 18 de octubre de 2008, las agencias federales pertinentes de los poderes Legislativo y Ejecutivo, no sólo no dieron los pasos indicados, sino que tomaron otras medidas totalmente contrarias, que no pueden tener otro efecto que el de literalmente destruir la credibilidad de una recuperación posible de todo el ya quebrado sistema financiero internacional.

Las cosas han llegado a un grado en el que sólo ciertas medidas drásticas de emergencia, tomadas por una combinación de gobiernos destacados del mundo, puede parar el hundimiento acelerado de los sistemas monetario–financieros del mundo.

Sin embargo, si una parte suficiente de las naciones descollantes y algunas otras toman esas medidas de emergencia que he planteado, el remedio está a la mano. Dichas medidas de emergencia demandan la iniciativa de un número significativo de potencias hoy descollantes del mundo, para forzar una reorganización por bancarrota del sistema financiero monetario mundial con la autoridad implícita de sus gestiones combinadas.

Cualquier negociación que no parta de ese primer paso específico, resultará en una catástrofe mucho peor de la que ya se avecina. Lo peor que se pudiera hacer ahora, sería convocar una nueva convención de “Bretton -Woods” improvisada, la cual sería un bodrio de temas diplomáticos de debate. Al recurrir a lo que sería un esfuerzo de suyo fallido, se arruinaría de antemano la credibilidad de cualquier medida competente subsiguiente; y entonces, más o menos con seguridad, el mundo entero encontraría su morada en los próximos siglos, en la versión económica del infierno venidero.

En mi alternativa, debemos comenzar con medidas tendientes a un proceso de descartar las formas de productos humanos que de manera apropiada se consideran como escoria financiera. Debemos dar este paso como precaución en favor de otras partes que representen obligaciones moralmente legítimas, como los depósitos válidos de los ciudadanos y los activos viables de las instituciones públicas o privadas útiles. Esas partes del actual sistema monetario–financiero mundial que son, de manera intrínseca, viables y esenciales para la salud económica de las naciones, debe ponerlas a salvo esa combinación de autoridades, bajo protección gubernamental legal. Después de eso, las obligaciones nominales restantes se reportan al mismo, allá donde hoy, en EU, reposa aún en perpetuo y pacífico abandono la moneda nominal de la vieja Confederación títere de Gran Bretaña de los 1860.

Todas las obligaciones relacionadas con los derivados financieros, por ejemplo, sólo deben tirarse al olvido, como nada mejor que las deudas de apostadores de lo que en realidad debió ser el casino difunto de los derivados de Alan Greenspan. La tentativa de crear pánico entre los gobiernos y demás, al declarar que deben honrarse todas las obligaciones financieras de esas instituciones, más o menos por igual (las de todos, menos las de los ciudadanos comunes y las empresas físicamente productivas), ha de tratarse como pura rimbombancia. Lo que debe estar decidido a defender un gobierno efectivo mediante la protección de bancarrota, son todas las obligaciones financieras que puedan defenderse sin aplastar le economía física mundial hasta hacerla “añicos’’, como dice el proverbio. Cualquier compensación otorgada por error con las medidas recientes, probablemente ilegales del gobierno, debe regresarse tan pronto como sea posible a la víctima, de quienquiera que haya sido el beneficiario ilícito de dichas donaciones. Cabe notar que cualquier lucro del narcotráfico al que tenga acceso la acción gubernamental debe confiscarse y otorgársele al beneficiario más probable, tan rápido como sea práctico hacerlo, según la misma norma general.

Entre las cosas que han de protegerse, las porciones privilegiadas que ahora representan obligaciones legítimas conforme al proceso de reorganización financiera, deben hallar ahora un lugar de residencia seguro, según la reorganización financiera y crediticia general. Ese lugar, en los casos típicos, debe proporcionarse mediante la creación de nuevos sistemas de crédito recién formados, un sitio donde se honren ahora las obligaciones legítimas de los antiguos sistemas monetarios, así definidos, de acuerdo con términos legítimos congruentes con la intención de las constituciones nacionales, como nuestra Constitución federal estadounidense, y brindar así protección de conformidad con los términos legítimos de un nuevo sistema crediticio internacional.

Con nuevos sistemas crediticios

La relación recíproca entre los sistemas de crédito nacionales recién establecidos, y el cumplimiento ininterrumpido que se propone para las funciones económicas válidas y necesarias, debe adoptarse de un momento a otro, o como solía decirse en este EU, “en un santiamén”.

Los fragmentos de un sistema monetario–financiero mundial ya destrozado y en una bancarrota monstruosa deben procesarse de nuevo de este modo. Hay que acarrear esta feliz transformación, de modo tal que la porción relativamente ociosa de los recursos humanos y otros con funciones valiosas se reorienten con rapidez, en tanto flujo, hacia la expansión de un sector físico productivo recién ampliado, tan pronto como sea posible. Esto en gran medida ocurrirá, al principio, mediante obras públicas con financiamiento público.[21] El propósito de esta fase de transición inicial debe ser llevar a la economía de todas y cada una de las naciones, tan rápido como sea posible, por encima del nivel de equilibrio físico–económico inherente de costos e ingresos, todo ello según la norma de desempeño del célebre colono y capitán John Smith, procediendo, ojalá, como si no en realidad no se hubiera dado casi ninguna interrupción temporal del sistema.

Para este propósito, tiene que emplearse la intención manifiesta de la disposición respectiva en la Constitución federal estadounidense sobre la emisión legal de crédito por parte del gobierno nacional.

En esta transformación, a partir de la virtual muerte económica de las naciones de todo el mundo que ahora se deja sentir, nosotros, un concierto de naciones, debemos actuar para darles nueva vida a todas y cada una de las naciones dispuestas. Esta protección ha de diseñarse tomando como base el modelo del sistema de Bretton -Woods, conforme al sistema de crédito estipulado por el presidente Franklin Delano Roosevelt en 1944, y no la venenosa componenda (“keynesiana’’) con el monetarismo imperial británico a la que se llegó con el presidente Truman.

La intención de Truman quedó manifiesta de manera patente, a la muerte de Roosevelt, como la intención de destruir su legado antimonetarista y antiimperialista, tan pronto como pudiera tolerarse. El germen del mal monetarista que se eligió en su lugar lo pactaron el presidente Harry S. Truman y ese Imperio Británico y otros que el presidente Franklin Roosevelt se había propuesto destruir, por su empeño en que podríamos librar al mundo del mal del imperialismo liberal angloholandés y de los de su ralea. La intención declarada de Roosevelt fue, en realidad, erradicar el origen de las dos grandes guerras que había sufrido recientemente la humanidad hasta ese momento.

La misión de la reforma

El propósito del presidente Franklin Roosevelt entonces, era el mismo, en esencia, que el que aquí planteo. Tenemos que ir más lejos que el propósito general limitado de la Paz de West-fa-lia de 1648, sobre el cual se fundó, de manera intencional, cualquier vida decorosa en el planeta entonces, para revivir esa intención de 1648, pero agregándole otras estipulaciones necesarias para dar los pasos inmediatos hacia el establecimiento de un sistema político planetario en el que sólo los Estados nacionales perfectamente soberanos tengan autoridad legítima en tanto personalidad legal de las naciones soberanas.

El propósito jurídico delimitado al crear dicho sistema entre los Estados nacionales no es el de dictar los asuntos internos de las naciones, como lo hacen los sistemas imperialistas, sino sólo los aspectos esenciales de las relaciones, como tales, entre los miembros de esa comunidad de soberanos. Es decir, toda huella de las atrocidades de esa nueva Torre de Babel conocida como “globalización’’ se debe desarraigar y erradicar.

En lugar de los antiguos acuerdos legales así eliminados, debe introducirse de nuevo cierto principio.

Fin al mal del liberalismo

El hecho a destacar a favor de estas reformas necesarias al fallido sistema monetario mundial, es que el liberalismo europeo moderno es producto de las iniciativas del Paolo Sarpi que fundó el sistema del liberalismo moderno sobre una resurrección adaptada del irracionalismo fanático del Guillermo de Occam medieval.

Con frecuencia se ha argumentado, en contra de la realidad, que Sarpi liberó a las partes de Europa bajo su influencia de la barbarie brutal de sus adversarios faccionales del concilio de Trento. Muy al contrario. Sarpi sí cambió el modo de escoger sus objetivos, pero, como da fe de ello la guerra de los Treinta Años de 1618–1648, la masacre protagonizada por su liberalismo fue un ansia satánica por una matanza tan liberal como la que hubo bajo la tiranía habsburga.

En esencia, con el legado de Sarpi, no había ni pudo haber ninguna expresión respetable de moralidad. Un rasgo axiomático del liberalismo de Sarpi y de sus seguidores ideológicos occamitas es que la verdadera moralidad no existe en este planeta, ni leyes físicas del universo educibles; o si existen en la realidad científica, no serán toleradas. Para los liberales que salen de las entrañas ideológicas de Sarpi, sólo hay conveniencia, no verdad.

Con el liberalismo, cualquier cosa que se perciba, de manera más o menos oficial, como popular, sustituye a cualquier noción de moralidad basada en principios. Todo hombre tiene la autoridad de elegir, e incluso de poner en efecto lo que elija, con cinismo, para llamarlo “moralidad’’, si siente que tiene el poder para hacerlo, como una forma santurrona de la afirmación de la licencia para matar a cualquiera que pueda no esté de acuerdo, como en la prisión de Guantánamo.

Este trastorno moral del liberalismo occamita de Sarpi cobra una claridad más transparente cuando se trata del asunto de los principios de la ciencia física. Las implicaciones siguientes de esto son más de llamar la atención práctica aquí.

“¡Los zombis se comen a nuestros bebés!’’, parece ser la descripción justa de la sensación de horror que manifiesta la gente de verdad moral, que expresa el grado de consternación por la proliferación prácticamente caníbal de ese pánico de locura colectiva llamado “ambientismo’’ neomaltusiano hoy. Los flagelantes de la “Nueva Era de Tinieblas’’ del siglo 14 no estaban más dementes que las sectas denominadas “ambientalistas’’ de hoy. Dicho de modo sencillo, el liberalismo y la verdadera moralidad humana son adversarios intrínsecos.

Pueda que los intentos reales para fomentar la moralidad y la ciencia verdadera choquen a menudo, pero puede reunirlos la búsqueda diligente de la razón. No transigen en sus diferencias, pero se unen a través de principios cuyo fundamento tiene la misma naturaleza que el descubrimiento único original de la gravitación universal de Johannes Kepler.

El espíritu de la reforma misma

En cualquier gran composición clásica, tal como una de Ludwig van Beethoven, o en un gran drama clásico, un plan de composición verdaderamente logrado empieza con la creación, desde el principio, de una especie de imagen veraz del universo real en la mente del público al que se dirige. La gran composición clásica, sea un poema, una canción, un drama, o una pintura que semeje los principios de las producciones posteriores de Leonardo da Vinci o Rembrandt, crea una especie de universo en la mente del compositor o del ejecutor, tal que la totalidad de los acontecimientos que se desenvuelven a continuación ocurren, para la mente del público, en la evolución del espacio humano que se introdujo al principio.

La línea y la estrofa inicial de un poema compuesto de modo clásico a cabalidad, es un ejemplo de esto. O toma el caso de importancia fundamental de la En defensa de la poesía de Percy B. Shelley, o la totalidad de ese rasgo de ingenio en el dominio del desarrollo de la vista y el sonido en un amplio lapso de la historia, la Oda a una urna griega de John Keats.

Para un ejemplo en prosa, tomen el pasaje más destacadamente poderoso de los párrafos finales de En defensa de la poesía de Shelley: “El heraldo, compañero y seguidor más incondicional del despertar de un gran pueblo para obrar un cambio benéfico en la opinión o en una institución, es la poesía. En tales períodos se acumula el poder de comunicar e impartir conceptos profundos y apasionados sobre el hombre y la naturaleza. La persona en quien reside esta facultad puede, con frecuencia, en lo que respecta a muchas partes de su naturaleza, guardar poca correspondencia aparente con ese espíritu de bien del cual es ministro. Pero incluso cuando niegan y abjuran, no dejan de verse obligados a servir a ese poder que tiene su asiento en el trono de su propia alma. . .”, y así hasta el final de la composición.

Ese pasaje que acabo de citar aquí prepara un escenario definido, cual debe aparecer al abrirse el telón en el drama. Lo que sigue a eso, en las frases subsiguientes de Shelley que no he citado aquí, define la exposición resultante del drama definido en las líneas que acabo de citar arriba.

Como en el drama clásico, cualquiera que sea, cualquiera sea su tema medular de principio a fin, o en una gran canción del repertorio clásico, o en el desarrollo del drama que se halla entre los confines del contexto creado para su inicio, comienza con el púnctum saliens del desarrollo que procede desde y a partir de los confines del tema y el territorio del comienzo.

En este plan del drama clásico vemos la Creación, del mismo modo que Albert Einstein representó el universo descubierto por Johannes Kepler. Está el comienzo de la Creación y, luego, el desarrollo subsiguiente en el escenario de la imaginación del público, del mismo modo que Einstein definió un universo kepleriano infinito y limitado. Toda expresión científica o comparable de la creatividad humana verdadera tiene en común esta expresión.

De modo que el propio sujeto de la composición entera, como un acto competente de estadismo, su comienzo, su desarrollo, su conclusión, es un movimiento apasionado de conceptos, todos y cada uno definidos dentro del universo especial de esa composición artística que constituye un proceso de transformación del espacio intelectual confinado, de manera implícita, en tanto idea, con un comienzo.

Si esa intención de la composición entera no se satisface, el autor o el ejecutante fallaron.

En el arte de gobernar, como en la composición artística clásica y su ejecución adecuada, es casi lo mismo. El conflicto de una nación contra otra es, en sí, esencialmente un caos, la sinrazón. Definir el conflicto entre naciones como un concepto unificado de un desenvolvimiento necesario de desarrollo, desde ese comienzo, es lo que define la idea de la evolución de la humanidad fuera de la pesadilla de las guerras y contiendas semejantes que han destrozado a la civilización, desde los comienzos conocidos hasta el presente. Ése es un estado de desdicha cuyo remedio debe plantearse procediendo, al principio, desde el escenario de la vida real en el cual el conflicto de las fuerzas respectivas ha entrado a la escena inicial del drama. Sólo así, como definiendo las constituciones del Derecho o el arte clásico, los espectadores del drama pueden conceptualizar el proceso de trascender el horror como una sola imagen, como una sola idea de transformación.

Tenemos presente ante todos nosotros semejante horror que exige ahora tal perspectiva, tal misión creativa.

La orientación a la misión

De hecho, toda la civilización gira ahora, en este momento, en torno a la combinación de las siguientes medidas, tomadas de conjunto, por cuatro o más de los Estados nacionales que representan potencias obviamente descollantes del planeta, y a ninguna otra agencia deben encomendársele, en principio, las iniciativas de solución necesarias. Las cuatro potencias descollantes obvias entre las naciones dispuestas necesarias son EU, Rusia, China e India. Su diversidad y el gran número de potencias asiáticas, en particular, constituyen su gran fuente de fuerza y autoridad para el consentimiento que atañe a los acuerdos. Sin estas cuatro potencias específicas no podría emprenderse ninguna reforma eficaz en este momento; en el caso de que no se diera la intervención de estas cuatro potencias, sería prácticamente inevitable ahora una larga nueva Era de Tinieblas planetaria.


(arriba) El Taj Mahal en la India.

(Foto: Archivo Guggenbuhl/EIRNS)


(derecha) La catedral de San Basilio en Moscú.

(Foto: Archivo Guggenbuhl/EIRNS)


(abajo) El Capitolio en Washington.

(Foto: Stuart Lewis/EIRNS)


(abajo, derecha) La Ciudad Prohibida en Pekín.

(Foto: Saad Akhtar)

La cooperación entre las cuatro grandes potencias —EUA, Rusia, China e India— es fundamental para una reforma eficaz ahora. “En el caso de que no se diera la intervención de estas cuatro potencias, sería prácticamente inevitable ahora una larga nueva Era de Tinieblas planetaria”.

Las siguientes son las consideraciones fundamentales para nombrar a esas cuatro potencias a ejercer la función de un cuerpo iniciador anuente que congregue a los Estados soberanos en general, en un esfuerzo común de reforma.

Sólo la Constitución federal estadounidense proporciona, al presente, los mecanismos constitucionales ya existentes, aportados por una potencia importante de entre las naciones del mundo, a fin de crear un nuevo sistema de Bretton -Woods apto para enfrentar la crisis monstruosa de desintegración financiera mundial que se desenvuelve ahora.

El mecanismo principal que se necesita para este propósito es la calidad constitucional única de la aversión implícita de la Constitución federal estadounidense a los sistemas monetario–financieros internacionales como el ahora en funcionamiento, y su inclinación a favor de los sistemas de crédito nacionales, en vez de los modelos monetarios independientes o cuasiindependientes. Según la Constitución federal estadounidense, la emisión de moneda y el crédito público relacionado es un monopolio del Gobierno de EUA. Ese aspecto de la constitución de una potencia mundial importante, EUA, aporta el mecanismo con urgencia necesario para crear un sistema crediticio mundial nuevo mediante el acuerdo de tratados entre EUA, las cuatro potencias indicadas y otras.

La cuestión práctica inmediata y urgente que se plantea en este respecto, es la necesidad de crear una masa de crédito estatal regulado entre las naciones como oferta de crédito, en lo principal para la inversión de largo plazo en la creación de empleo en la producción de grandes activos físicos nuevos de la infraestructura económica básica privada y pública, como instituciones de salubridad pública y educativas, agricultura y manufacturas, para aumentar las facultades productivas físicas netas del trabajo en cada una de las naciones y sus empeños comunes, tanto como pueda llegar a ser físicamente posible, a fin de llevar el producto neto de toda la comunidad mundial al nivel de las exigencias de seguridad económica y demás de los Estados nacionales perfecta y respectivamente soberanos del mundo.

Por razones prácticas, dicho remozamiento de la economía mundial, a la cual se ha destrozado de manera tan minuciosa con los cambios destructivos de la norma entre las naciones desde agosto de 1971, exige la concentración inicial de tales esfuerzos de reconstrucción económica en las formas de inversión pública en la infraestructura económica básica que constituyan condiciones públicas indispensables para el crecimiento físico neto de todas y cada una de las naciones del mundo.

Sin los esfuerzos de largo plazo estilo “programa intensivo”, como los que se pusieron en práctica con el presidente Franklin Delano Roosevelt en el período de 1933–1945, no sería factible rescatar al planeta de la amenaza de una nueva Era de Tinieblas hoy.

De este modo, debe sustituirse el actual sistema monetario–financiero mundial, en breve, por un nuevo sistema mundial de crédito público, de la clase estipulada en el propósito del plan de la Constitución federal estadounidense.

B. El papel dinámico de la infraestructura

Sin el golpe de ingenio que tuvo Godofredo Leibniz al revivir el antiguo principio de los métodos científicos griegos clásicos, la dinámica (o sea, el dúnamis, luego la dinámica moderna) desarrollada a más plenitud por los seguidores de Nicolás de Cusa, como Bernhard Riemann, Max Planck, y Albert Einstein, no podrían haber existido los fundamentos esenciales de un entendimiento competente de la función decisiva de la infraestructura en la ciencia de la economía física.

Como lo he destacado ya, con la ciencia y la ecología, el principio que ubica la existencia de la especie humana en una categoría por encima de la de los mamíferos, del mismo modo que el principio de los mamíferos rige sobre el de los marsupiales, y de igual manera a como he tratado los frutos de la distinción, fundada en principios físicos, que hace el académico Vernadsky entre la noosfera y la biosfera, la función más significativa del desarrollo progresivo de la infraestructura económica básica de la sociedad es de la misma naturaleza que la clase de principio que define al orden placentario como superior al marsupial. A su vez, como lo destacaba Albert Einstein, así como el principio de la gravitación universal, descubierto originalmente sólo por el seguidor de Nicolás de Cusa, Johannes Kepler, contiene al sistema solar en tanto proceso, del mismo modo los avances, sostenidos por principios, en la organización de ese aspecto de la infraestructura económica básica que afecta la producción, constituyen la agencia implícita que anima las mejoras cualitativas de modo eficaz, así como las cuantitativas, en las facultades productivas del trabajo que se ubican en el dominio pertinente de la infraestructura. La oferta del beneficio así garantizado no se reduce a la intervención de la persona o empresa individual; actúa mediante cambios en el ambiente de producción y la existencia diaria de los miembros de la sociedad, los cuales no se efectúan en el lugar de la producción, sino, más bien, en su medio ambiente.

El ejemplo más sencillo de esto se da en la comparación del aumento de la densidad del flujo energético relativo potencial de la fuente de energía aplicada a la producción, distinto de las mejoras internas a los procesos locales de producción. En otras palabras, solo un idiota mide la energía en calorías; la ciencia económica competente la ubica en unidades de calorías por centímetro cuadrado (por ejemplo, en temperatura): entre más alta la temperatura, medida en incrementos pertinentes, mayor la potencia que expresa esa misma cantidad de calorías.

Ésa es la clave de la superioridad económica del transporte colectivo por tren o con levitación magnética sobre la masa de vehículos carreteros que transportan, de manera individual, la misma cantidad de pasajeros o de carga.

Necesitamos agua potable, per cápita y por kilómetro cuadrado; energía, medida en cantidad y en densidad de flujo energético; de transporte colectivo de pasajeros y de carga disponible; atención médica y salubridad pública; educación de calidad y modalidades clásicas de capacitación y educación en general; densidad de investigación científica en la física, per cápita, y un ritmo de avance en el conocimiento de principios físicos y demás. La cuestión general que debe destacarse de entre estas consideraciones, es la educación para el desarrollo de la cualidad de la mente humana individual, en vez de poner el acento en asignaciones específicas como la llamada “educación práctica”.

C. La creación de crédito internacional

Llámese, en su alternativa, “densidad de flujo de energía o capital”.

Esto se traduce, de modo útil, en una orientación al aumento de la proporción de personas empleadas en desarrollar y mejorar la intensidad del capital, de la producción, y del aumento del producto físico relativo por unidad de producción, per cápita y por kilómetro cuadrado, en vez de los meros aumentos lineales. En pocas palabras, la tasa de productividad neta per cápita y por kilómetro cuadrado no sólo debe crecer, sino acelerar, como le hubiese informado Godofredo Leibniz a Descartes, de haber pensado que algo útil hubiera resultado de hablar con él.

Los aspectos monetarios y afines de esta función tienen que considerarse, de preferencia, en parámetros humanos, en vez de los en esencia lineales que se acostumbran hoy. La proporción respectiva entre mamíferos y marsupiales, y entre la gente y otros mamíferos, ha de reconocerse como otro reflejo del mismo principio de la economía física.

Todo en gran medida siguiendo los pasos de Godofredo Leibniz.

D. Una perspectiva eurasiático-africana mundial

Cuando menos desde que Esquilo planteó el problema pertinente en su trilogía sobre Prometeo, el problema social más característico de las sociedades conocidas de la humanidad ha sido, en realidad, el tipo de amonestación pronunciada por el Zeus olímpico de ese drama, de que no debía dársele acceso al común de la humanidad al conocimiento del “fuego’’, lo cual hoy día significaría cosas como el conocimiento de la energía de fusión nuclear.

Debe ponerse de relieve que, desde un pasado de la humanidad tan distante como para que tengamos un conocimiento realmente histórico, y no sólo arqueológico, de lo que ha pasado por las mentes humanas del pasado, el problema fundamental de la sociedad ha sido esa opresión bestial que el gran dramaturgo clásico Esquilo identificó en su trilogía sobre Prometeo, en particular en su Prometeo encadenado. Ha de reconocerse, así, a la gran mayoría de la humanidad degradada prácticamente a la condición de ganado, no sea que el poder despertado de la razón humana innata en nuestra especie se vea reanimado, y las tiranías acabadas de este modo. Nuestra revuelta patriota contra la bestialidad del sistema imperial británico establecido por la Compañía de las Indias Orientales británica con la Paz de París de febrero de 1763, típica de la opresión malvada de la que debe liberarse la humanidad en definitiva, como se lo proponían los patriotas próceres de nuestra república con su gran lucha contra la perversidad del Imperio Británico de esa época.

Nuestro modo de obrar debe ser tal, que donde haya una opresión como la del Zeus olímpico que describe Esquilo, hemos de considerar que la libertad de toda persona de este planeta peligra. Así que, para establecer un sistema de autogobierno con esa cualidad de libertad que definió nuestra Declaración de Independencia, debe garantizársele a todo el mundo el derecho a lograr la verdadera libertad humana, no la libertad de acción de las formas de vida inferiores. El poder de la razón es la única norma de libertad verdadera, un poder de la razón del cual se sigue privando a la mayoría del mundo, como se debe a muchas de las universidades y escuelas de nuestra república hoy.

Como con todo hombre y mujer, la libertad humana no consiste en la ausencia de grilletes, sino en la liberación de las facultades creativas que separan al hombre y a la mujer de las bestias, de los grilletes que los ricos y otros oligarcas le imponen a la mente de quienes consideran como su ganado legítimo, sus súbditos, el paisano común de este planeta.

Desde mediados de los 1970, gente entonces muy influyente en EU decidió comprometer a nuestra nación con una política imperial británica de considerar los minerales y recursos afines de África, en especial del África subsahariana, como activos propios a defender, contra los mismos africanos, para el provecho de los intereses financieros gobernantes de Gran Bretaña y EU. El hedor de ese legado todavía sin enmendar del imperialismo británico y sus cómplices modernos, es una amenaza mortal a la libertad de todas las naciones y los pueblos del mundo.

A menos que ocurra algún cambio atronador, una gran manifestación de repudio a tal perversidad británica y similar contra el pueblo de África, no habrá un compromiso eficaz en ningún lugar de este planeta, para nadie, sobre el curso del futuro inmediato o distante.

La misión especial que debe ser el eje de unión para las naciones y personas del mundo comprometidas con la justicia a favor de la naturaleza especial de las facultades mentales creativas potenciales específicas del ser humano individual, entre todas las especies vivas, es la premisa de la que depende el decoro del hombre hacia el hombre, en cualquier parte. Por tanto, la mejora en el acceso al autogobierno de esas facultades mentales creativas de la humanidad que ejemplifica el descubrimiento único original de Johannes Kepler del principio universal de la gravitación, fija una opción útil de norma con qué medir el grado al cual los gobiernos y otras autoridades pueden reconocer lo que es en verdad la libertad humana.

Por consiguiente, el compromiso con el destino de los más pobres y menos protegidos de los pueblos del mundo, el compromiso de que adquieran los medios eficientes de autogobierno para el progreso de la condición humana, y no la de algún animal mimado, exige que se pongan a prueba las metas de toda la humanidad, mediante la perspectiva de una vida de verdad humana, en el significado pleno de los poderes creativos educibles únicos del ser humano individual, lo cual debe ser la meta y la norma de un futuro nuevo orden de progreso para toda la humanidad hoy. Que se le ponga fin ahora al imperio de todas las oligarquías como la del liberalismo angloholandés, o aun peores.


[1]. Ver A Distant Mirror: The Calamitous 14th Century (Un espejo distante: El calamitoso siglo 14), por Barbara Tuchman (Nueva York: Alfred A. Knopf, 1978).

[2]. The Accumulation of Capital (La acumulación de capital), por Rosa Luxemburgo (Nueva York: Monthly Review Press, 1951).

[3]. Europe the World’s Banker, 1870–1914 (Europa, el banquero del mundo, 1870–1914), por Herbert Feis (Nueva Haven: Yale University Press, 1930).

[4]. Sólo un insensato moderno pelea para ganar una guerra; las naciones y los dirigentes cuerdos y morales luchan para ganar una paz común, breve, y que sea provechosa para amigos y enemigos por igual.

[5]. Entre los casos notables de presidentes y vicepresidentes estadounidenses que compartían la perspectiva imperialista británica se cuentan, de forma destacada, el vicepresidente (y traidor) Aaron Burr y los presidentes Van Buren, Polk, Theodore Roosevelt y Wood-rowWilson, todos agentes británicos de facto. Al presidente Thomas Jefferson le faltaron agallas, en el momento pertinente, para enjuiciar a un Aaron Burr al que las pruebas disponibles mostraban como un agente abierto de Jeremías Bentham, del Ministerio de Relaciones Exteriores británico.

[6]. Esto ocurrió durante el Gobierno británico de Rockingham, pero lord Shelburne era ya el poder en ese Gobierno, aun antes de convertirse en primer ministro con ocasión de la muerte de Rockingham. El Ministerio de Relaciones Exteriores británico, en el cual el favorito de Shelburne, Jeremías Bentham, fungió como controlador del Comité Secreto, mismo que organizó y dirigió la Revolución Francesa a través de conspiradores francmasones saboyanos y franceses controlados por los británicos, no representaba los intereses autónomos de la monarquía británica entonces, ni estando al servicio Bentham, ni después con su protegido y principal sucesor, lord Palmerston.

[7]. El coronel Blimp es un personaje de historietas británico. El caricaturista David Low dibujó por primera vez al pomposo, irascible, patriotero y estereotípicamente británico coronel Blimp para el Evening Standard de Londres, que era propiedad de lord Bea-ver-brook. Blimp era una sátira de las opiniones reaccionarias de la élite británica de los 1930 y 1940—Ndt.

[8]. La doctrina teológica del favorito de Shelburne, Jeremías Bentham, no deja lugar a duda que el Imperio Británico albergaba a su propio Juliano el Apóstata, como lo afirma la práctica imperial británica desde entonces. Toma los casos del príncipe Felipe contemporáneo, el pro satánico Fondo Mundial para la Naturaleza, y el de su hijo de igual mentalidad, el príncipe Carlos, por ejemplo.

[9]. El ataque de Japón y Gran Bretaña a la base naval estadounidense de Pearl Harbor la habían tramado esos aliados como parte de los planes de los 1920 para emprender un ataque al poderío naval de EU después de la Primera Guerra Mundial, tanto en el Pacífico como en el Atlántico. La misión de Japón, al servicio de Gran Bretaña, consistía en eliminar la base naval de Pearl Harbor, ¡ya desde principios y mediados de los 1920! Esto salió a flote públicamente en la famosa corte marcial del general Billy Mitchell, contra quien los miembros de la Presidencia estadounidense que entonces simpatizaban con Gran Bretaña, por encima de EU, sólo plantearon la cuestión de su fomento de las fuerzas aéreas navales transportadas. Esto fue también una cuestión muy prominente de la planificación de la estrategia bélica estadounidense durante esa misma década de los 1920.

[10]. Marx fue llevado a Inglaterra como agente de las organizaciones Joven Europa y Joven América de lord Palmerston. Formalmente, a Marx se le adoptó, con el Palmerston otrora protegido y sucesor de Jeremías Bentham en el Ministerio de Relaciones Exteriores británico. Marx, quien nunca reconoció la verdad de su situación real en Gran Bretaña, fue presentado así ante el público siempre crédulo, en términos técnicos, como propiedad del agente de Palmerston, Giuseppe Mazzini, quien era el dirigente de una de tantas entidades británicas de Palmerston: la que se conocía como la Joven Europa o la Joven América, y que formaba el núcleo de las fuerzas traicioneras subversivas desplegadas al seno de EUA. La influencia sobre Marx evolucionó bajo la tutela inmediata de David Urquhart, a cargo entonces del servicio de inteligencia con sede en el Museo Británico (hoy Biblioteca Británica). Fue a través de las actividades públicas de Mazzini que se designó a Marx, de manera pública, como jefe de la recién fundada Asociación Internacional de Trabajadores, la llamada “Primera Internacional Comunista”. Con la derrota de la operación de inteligencia estratégica británica conocida como la Confederación, el incauto Marx, quien había maldecido a su amo Palmerston como “agente ruso’’, perdió su valor y posición, y se le sustituyó, bajo el agente británico Napoleón III de Francia, con la fundación de la internacional sinarquista, en tanto rama de la asociación anarquista del agente británico Bakunin. Con el asunto de la Comuna de París, Karl Marx quedó a la deriva, hasta caer relativamente en el olvido político por el resto de su vida.

[11]. La cuestión de la diferencia del abominable FMI keynesiano articulado por el Gobierno de Harry Truman es, a la intención del Bretton -Woods de 1944 del presidente Franklin Roosevelt, como una criatura de La isla del doctor Moreau de H.G. -Wells cuando se le contrasta con la verdadera intención de Roosevelt. Ver el capítulo 3, más adelante, para abundar sobre esta cuestión.

[12]. Desde la perspectiva de mi experiencia en asesoría gerencial y demás experiencia profesional, el problema pertinente de la producción en la Unión Soviética se discutió mucho en la literatura soviética relacionada en las últimas décadas de ese gobierno. Parece ser que el incentivo militar fue relativamente exitoso en la tecnología militar soviética, donde la fábrica que producía otros bienes falló de manera diversa, lo cual llegó a ser célebre en casos legendarios. La clave de dichos problemas, en muchas naciones, es que los poderes creativos de la humanidad se ubican únicamente en la mente creativa individual, y nunca en los sistemas y procedimientos. De manera inherente, la creatividad en la sociedad tiende a “ir contra la corriente”. El reto consiste en motivar al individuo para que haga sus contribuciones creativas a su lugar en la sociedad, y a la sociedad en general. Cuando los “incentivos competitivos’’ suplantan la motivación patriótica, probablemente ocurra lo que es de esperarse. En el propio EUA hubo una degeneración moral en los conceptos a todos los niveles de la gerencia y la supervisión desde el transcurso los 1950 en adelante, de lo cual hay mucho que culpar al temor hacia el FMI y otras agencias de seguridad semejantes.

[13]. Adam Smith, a quien lord Shelburne en persona le encomendó, a principios de 1763, espiar contra las redes descollantes de Norteamérica y Francia en esa época, plagió la mayor parte de su razonamiento económico en La riqueza de las naciones, en su calidad de espía, de lo que se robó del trabajo que hacía en ese momento el prominente fisiócrata de Francia, A.R.J. Turgot. El plagio de la obra de Turgot habría de encontrarse en lo que el espía Smith tomó explícitamente de ese borrador de Turgot del que Smith sacó gran parte de lo que se adjudica como propio. Ver Turgot and the Ancient Regime in France (Turgot y el antiguo régimen en Francia), por Douglas Dakin (Methuen: 1939); Allen Salisbury refiere este hecho en su libro The Civil War and the American System (La Guerra Civil y el Sistema Americano. Campaigner: 1978). Todo esto se centra en el modo en el que Shelburne empleó a las redes de David Hume, de las cuales salió Adam Smith para convertirse en uno de los espías de sus redes. Nunca hubo nada bueno, ni siquiera francamente sincero, en la obra de Adam Smith.

[14]. A partir de la lectura del escrito de Karl Marx sobre la elección de una profesión, escrito conforme al programa de educación secundaria del célebre Wyttenbach de Trier, mi conclusión es que Marx no carecía de potencial creativo. Alguna correspondencia entre Karl Marx y su padre durante el período en que estuvo estudiando en Bonn, muestra que hubo algunos cambios muy repugnantes en su personalidad. Después, cuando estudiaba Derecho en la Universidad de Berlín con el predecesor de Carl Schmitt, Karl von Savigny, Marx cayó en la peor suerte de compañía, de tal modo que Heinrich Heine, con quien se relacionó por un tiempo, percibió que algo andaba mal con él. En la pérdida de creatividad temprana, demasiado típica entre individuos que pasan de la adolescencia, en especial los universitarios en sus estudios posteriores, que rayan en los treinta años de edad, hay una frecuente pérdida de las facultades creativas, como lo destaca el doctor Lawrence Kubie. En mi experiencia, esto es frecuente entre jóvenes adultos que han mostrado un potencial creativo alrededor de los 25 a 30 años de edad, de modo más notable entre los candidatos a doctorado. Más atinente es el hecho de que Karl Marx fue prácticamente un “sesentiochero de nacimiento”. El padre reflejaba la generación favorable a EU y estaba relacionado con el Leser Gesellschaft que apoyaba la Revolución Americana, al igual que Wyttenbach. Ese conflicto de mi generación, que fue a la guerra contra Hitler, encuentra un paralelo significativo en la decadencia de los casos de la generación de sus hijos, quienes terminaron al estilo de los sesentiocheros de los disturbios de la convención de Chicago en 1968. Hay una similitud de factores entre ciertos estadounidenses nacidos entre 1945 y 1958, y el estrato de los europeos nacidos en el período de la gran reacción derechista encabezada por el príncipe Metternich y su instrumento derechista, G.W.F. Hegel, con el asociado derechista cercano de éste, Karl von Savigny, en la Universidad de Berlín. Savigny fue muy prominente entre la escuela derechista de Derecho de su época, y dirigió la facultad de Derecho donde estudió Marx.

[15]. Presenté este razonamiento de importancia fundamental aquí, a estas alturas, hace algunas semanas, en una reunión interna con algunos colaboradores que forman parte del equipo científico asentado en el condado de Loudoun, que entonces trabajaba en su proyecto sobre Riemann. Ese informe oral se transcribió para que apareciera en el informe diario interno de mi organización al día siguiente, y en gran parte se retomó unos días después, de manera significativa, en la respuesta publicada a un corresponsal, la cual contenía aspectos decisivos del mismo razonamiento. Definir la naturaleza del hombre como un simple mamífero es un paso tendiente a tratar a tu vecino como alimento.

[16]. El uso que hago del término “dinámica’’ aquí, se refiere al griego clásico antiguo dúnamis, un concepto propio de la esférica de los pitagóricos y de Platón, del modo que la reintrodujo Leibniz, de manera explícita, como un concepto moderno de dinámica, (como cuando puso en evidencia la incompetencia de Descartes en 1692, y donde plantea la misma cuestión en su Spécimen dinámicum) de 1695. El concepto ronda en la obra de Carl F. Gauss y en la de otros antes de la de Riemann, pero es este último el que lo recapitula en términos más generales, como en su disertación de habilitación de 1854. Así, a partir de los planteamientos concernientes que publicó Albert Einstein sobre el tema de los descubrimientos de Kepler, la definición general de dinámica es riemanniana.

[17]. Es decir, La armonía del mundo, de Johannes Kepler. Ver Animating Creativity (Cómo animar la creatividad) en www.wlym.com/~animations. Regresaré a este tema para examinar las implicaciones más profundas de lo que acabo de señalar hasta el presente apartado de este informe.

[18]. Esta potencia del alma reside únicamente en las actividades de verdad creativas de la acción que ejerce la mente humana sobre su universo, no en frases hechas u otros simples conjuros. Reside en nuestras intenciones creativas eficientes.

[19]. Contrario a los fraudes de los seguidores de Ernst Mach y, peor, Bertrand Russell y sus seguidores.

[20]. Por este mismo motivo, no hay ningún sistema digital de grabación musical cuyo intervalo de acción mensurable sea lo bastante diminuto como para que pudiéramos intentar la grabación digital de una ejecución musical clásica como si fuera intercambiable, en efecto, con una grabación análoga. Esta diferencia se muestra en casos como el de una ejecución “entre las notas’’ dirigida por el finado Wilhelm Furtwängler. La simple percepción sensorial puede no entender la distinción, pero la mente de cualquier intérprete competente del contrapunto en la tradición de Juan Sebastián Bach sí. En la interpretación musical de composiciones clásicas auténticas en la tradición de Bach, éste es el motivo por el cual escuchar la interpretación en vivo de un ejecutante o ejecutantes calificados permite percibir de inmediato esta distinción de importancia decisiva. A veces la diferencia es absolutamente asombrosa, cuando se compara la audición de una interpretación en vivo con la de casi cualquier versión grabada. Esto también es fundamental en la ciencia física, como en la comprensión del genio de los descubrimientos más fundamentales de Kepler en armonía. La capacidad de oír esto se debilita conforme envejecemos, pero la idea de la distinción permanece en nosotros, como ocurrió, de manera manifiesta, con la composición del anciano compositor Ludwig van Beethoven, en sus Opus 132 y 133; la experiencia más nítida del contrapunto concebido de la manera más brillante en cualquier composición musical conocida, hasta la fecha. Fue una tragedia para nosotros que los miembros del Cuarteto Amadeus no viviesen para interpretar, como se lo habían propuesto, la recapitular de su ya excepcional ejecución de los cuartetos de cuerdas de Beethoven.

[21]. Lo que esto significa, como cuestión práctica del ejercicio público pertinente del Derecho y el relacionado, se abordará en la siguiente sección principal de este capítulo.