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¡La humanidad corre un peligro mortal!

En vez de librar guerras de hambre, doblemos la producción de alimentos

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por Helga Zepp-LaRouche

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Las letras llameantes que anuncian una catástrofe humana sin precedentes bailan ya en la pared. ¡Y será mortal para el mundo entero si no logramos declarar la globalización un fracaso de inmediato, en los próximos días y semanas, y poner todo en marcha para doblar la capacidad productiva agrícola cuanto antes!

Es de la mayor urgencia. Desde octubre de 2007 hemos sufrido disturbios por la comida en 40 naciones. Según Rajat Nag, director general del Banco Asiático de Desarrollo, la crisis del hambre amenaza seriamente a mil millones de asiáticos (!), y en África, en Iberoamérica y entre los pobres de los demás continentes, otros mil millones enfrentan la misma suerte. Pero, como indicó Jacques Diouf, director de la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), desde diciembre su organización ha tratado de recaudar, sin éxito, 10,9 millones de euros (¡15,1 millones de dólares!) para comprar las semillas que necesitan los agricultores pobres de países en vías de desarrollo. Las naciones ricas sencillamente no están dispuestas a apoyar con dinero, semillas e inversión en infraestructura a aquellas en vías de desarrollo, declaró Diouf en una conferencia sobre Latinoamérica que la FAO organizó en Brasilia a mediados de abril.

El relator especial de la ONU sobre el derecho a la alimentación, Jean Ziegler, señaló un aspecto adicional de la crisis: que el uso de alimentos para la producción de biocombustibles es un "crimen contra la humanidad". Para que podamos llenar nuestro tanque de etanol con una clara conciencia ecológica, gente del Tercer Mundo tienen que morir de hambre. Sobre los consiguientes disturbios por la comida, Ziegler dijo: "Éstos son los disturbios de desesperación total de gente que teme por su vida y que, azuzada por un miedo mortal, sale a las calles".

Y eso sólo es el comienzo, porque, como las naciones "ricas" continúan su política actual —o sea, la doctrina librecambista de la Organización Mundial del Comercio (OMC), la Comisión Europea y demás—, los carteles de los alimentos y los especuladores aprovecharán las condiciones creadas por la crisis sistémica creciente del sistema financiero mundial para aumentar al máximo sus ganancias y alimentar la inflación, sin que los agricultores obtengan ningún beneficio de ello. Y si los bancos centrales del mundo continúan su práctica de usar los ingresos fiscales para tratar de compensar las pérdidas especulativas de los bancos privados, entonces veremos propagarse una hiperinflación estilo Alemania de Weimar por todo el orbe.

En estas circunstancias, el vendaval de los disturbios por los alimentos azotará al mundo entero, hasta que la humanidad caiga en una nueva edad oscura de caos, guerras de pandillas y mortandad en ascenso, o hasta que la justicia y la vida digna se restablezcan para todo ser humano en este planeta.

Los axiomas maltusianos de la oligarquía

La ONU pronostica un crecimiento demográfico de 33% para el 2050, o sea, de los 6.700 millones de seres humanos que somos ahora, a aproximadamente 9 mil millones. La demanda de alimentos aumentará de conformidad y, si le sumamos los cerca de 2 mil millones que ahora sufren desnutrición, entonces doblar la producción de alimentos es una buena medida preliminar con la que podemos orientar nuestra labor de planificación.

Sería difícil encontrar otro problema que desenmascare con más eficacia el estado mental axiomático oligárquico. La perspectiva estadounidense–eurocéntrica considera el crecimiento demográfico esperado como una amenaza que conlleva el problema de la emigración en masa de pobres a las naciones avanzadas y el de la pelea por las materias primas (la mayoría de las cuales están en los países pobres). Esta opinión la expresó más recientemente el director de la CIA, Michael V. Hayden, en un discurso que dio en la Universidad de Kansas, donde afirmó que este crecimiento se dará más que nada en las naciones de África, Asia y el Oriente Medio, lugares cuya economía no puede sustentar dicho crecimiento demográfico, cosa que llevará a una intensificación del peligro de violencia, rebelión y extremismo.

Esta misma perspectiva axiomática oligárquica subyace en el abominable documento estratégico que emitieron cinco generales retirados, quienes cuentan el crecimiento poblacional y la distribución desigual de la curva demográfica en los distintos continentes como el primero de seis retos básicos que encara la comunidad mundial. Según los generales, esto representa la amenaza más grande a la prosperidad, el gobierno responsable y la seguridad energética. El modelo de esta visión imperial neomaltusiana del mundo es el infame estudio de seguridad nacional estadounidense NSSM 200 que redactó Henry Kissinger en 1974, el cual declara todas las materias primas del mundo un interés de seguridad estratégica de Estados Unidos.

La verdad es que el modelo oligárquico que Richard Nixon, Henry Kissinger y George Shultz pusieron en efecto el 15 de agosto de 1971, con el fin del sistema de Bretton Woods de Franklin Delano Roosevelt y de los tipos de cambio fijos, lo cual guió de manera sistemática la economía rumbo al libre comercio, ha fracasado ahora por completo. Este cambio de paradigma de 1971, que nos alejó de la producción para meternos en la especulación —la generación desregulada de crédito en los llamados mercados de ultramar, tales como los de las islas Caimán, donde 80% de los fondos especulativos del mundo están asentados—, presagió el surgimiento de la actual economía de casino.

Desde entonces, paso a paso, cada nuevo precedente ha cobrado la dirección del modelo neoliberal: la creación del mercado del eurodólar; la estafa de los precios del petróleo de 1974; el recrudecimiento de las "condiciones del FMI" de 1975; los ataques del Gobierno de Jimmy Carter, a partir de 1976, contra las "tendencias mercantilistas en los países en vías de desarrollo"; la política de altas tasas de interés del presidente de la Reserva Federal estadounidense Paul Volcker, de 1979; las directrices de la "reaganomía" y la "economía thatcheriana" de los 1980, entre ellas las de las fusiones y las tomas hostiles, que fueron típicas de un proceso de cartelización cada vez mayor; la invención de Greenspan de los milagrosos "instrumentos de crédito creativos" tras el crac de 1987; la globalización desaforada que siguió a la desintegración de la Unión Soviética en 1991; y la transferencia de las manufacturas industriales a "países con producción barata"; todos hitos en la misma dirección.

La raíz de la catástrofe de la hambruna actual

En este marco es que debemos considerar el estallido actual de la catástrofe del hambre. En un principio, desde 1957, la Política Agrícola Común (PAC) de la Comunidad Económica Europea se diseñó para abastecer a la población de productos alimenticios suficientes, a precios razonables, de modo que los agricultores tuvieran un ingreso apropiado y pudieran aumentar la producción. Pero, con la introducción de la globalización desenfrenada, se impuso otro criterio totalmente diferente. Con la reforma agrícola de 1992, se sustituyeron reducciones en el precio al consumidor; por ejemplo, 20% a la carne, 30% a los cereales y 15% a la leche. Pero no se estipuló ninguna compensación correspondiente para el agricultor. En cambio, se les ofreció ayuda financiera sujeta al cumplimiento de "criterios ecológicos".

A los granjeros los persuadieron de aceptar este trato con el argumento de que tenían que "defender lo suyo en el mercado mundial", es decir, poder competir con la producción abaratada del extranjero. En la práctica, sin embargo, significó que muchos agricultores tuvieron que cerrar definitivamente, en tanto que otros sólo pudieron atender sus granjas como una ocupación de medio tiempo, al grado que hacer carrera en la agricultura perdió el encanto para la generación joven, lo que acarreó la desaparición de muchas granjas familiares.

Esta tendencia hacia el libre comercio se intensificó con la llamada Ronda Uruguay, la sesión final de negociación del Acuerdo General sobre Aranceles de Aduanas y Comercio o GATT, que acabó con su práctica previa de considerar las reglas de la producción agrícola desde la perspectiva de la seguridad alimentaria. En cambio, se ciñeron al precepto estricto del libre comercio y, así, los carteles de los alimentos exigieron aumentar al máximo la ganancia.

Desde entonces, millones de granjas se han ido a la quiebra y el proceso de cartelización se ha impuesto, a tal grado que, en cinco meses, la FAO no ha podido reunir miserables 10 millones de euros para que los países pobres, en medio de esta hambruna, ¡puedan sembrar las semillas que sólo tres compañías controlan!

El remplazo del GATT —que todavía conservaba la forma de un acuerdo multilateral entre Estados— por la OMC, una burocracia supranacional con amplios poderes independientes, auguró otra ronda más de desregulación, abolición de toda barrera al comercio no sujeta a acuerdos de negociación colectivos y "armonización" de las normas de los Estados miembro. Los principales beneficiados con estas medidas de inclinación librecambista fueron, de nuevo, los carteles de los alimentos. Desde entonces, juntas de expertos de la OMC totalmente anónimas han gozado del derecho a imponerles castigos a quienes contravienen el libre comercio, sin que tales "expertos" estén de ningún modo obligados a darles cuenta de sus actos a los votantes.

Para la Unión Europea, el Programa 2000 y la reforma agrícola de 2005 arreciaron aun más el ritmo al que disminuían los superávit (y, así, la destrucción de las reservas y las exportaciones de alimentos). En vez de establecer precios justos para que el productor pudiera cubrir sus costos, se pagaron compensasiones para dejar la tierra sin cultivar —la política de "reserva"— y para cumplir medidas de protección ambiental absolutamente arbitrarias. De modo que la tendencia a liquidar las granjas familiares independientes procedió con rapidez.

La ex ministra de Agricultura alemana (y después ministra de Protección al Consumidor) Renate Künast y el comisionado de la Unión Europea para la Agricultura, Franz Fischler, tuvieron razón cuando dijeron que se había introducido un cambio sistémico con esta reforma agrícola. Fischler observó con cinismo entonces, que las reducciones compulsivas de precios también traerían una reducción en la intensidad de los cultivos, porque los agricultores no tendrían dinero para fertilizantes ni insecticidas.

Poco después, a algunos agricultores les fue mejor en lo financiero por un tiempo, por los subsidios de la Unión Europea a los cultivos para la producción de biocombustibles, pero con las consecuencias catastróficas antedichas. Cabe señalar que el pionero en el uso de comida para la producción de etanol fue Benito Mussolini.

Con el régimen de la OMC y la Comisión Europea, la capacidad productiva de las naciones industrializadas se redujo, mientras que a los países en vías de desarrollo se les obligó a exportar productos alimenticios baratos para conseguir liquidez con qué pagar su deuda externa; y esto era frecuente, aunque su propia población no tuviera comida suficiente. Por eso hoy la bancarrota económica y moral de este sistema de libre comercio británico y capitalismo manchesteriano está a la vista de todos.

Por fortuna, también hay resistencia a las directrices genocidas del libre comercio de loa OMC y la Unión Europea. En las últimas semanas el ministro de Agricultura francés Michel Barnier y el ministro de Protección al Consumidor alemán Horst Seehofer iniciaron una campaña directamente en contra de las políticas de la Unión Europea. Barnier emprendió una ofensiva en toda Europa, en defensa de la PAC, una política que algunos fanáticos librecambistas (tales como David Spector, profesor asociado de la Escuela de Economía de París, y el Financial Times) exigen que sea abolida por completo, a pesar de la crisis de inanición. Barnier ataca la idea de que los países más pobres deban exportar comida a los ricos como un escape total de la realidad, ya que es precisamente semejante política la que ha arruinado la agricultura de subsistencia y la producción local en dichos países. Barnier exige, en cambio, que África, Latinoamérica y también Asia instituyan sus propias PAC, o sea, un sistema de paridades proteccionista.

Las medidas de emergencia que se necesitan ahora

Sólo puede haber una respuesta a la bancarrota obvia del libre comercio asesino: necesitamos emprender una movilización mundial para doblar la producción agrícola lo más rápido posible.

La propia OMC debe disolverse, de inmediato.

Camino a la conferencia que sostendrá la FAO en Roma del 3 al 5 de junio, deben facilitársele todos los medios a la FAO, incluyendo los no convencionales, para que pueda echar a andar un programa que aumente la producción agrícola mundial. Esto debe incluir una nueva "revolución verde", así como medidas de mediano plazo para la expansión de la infraestructura, la creación de industrias de procesamiento de alimentos en los países en vías de desarrollo que no las tengan y la gestión de aguas.

El tema de un nuevo orden económico mundial más justo debe ponerse sobre el tapete. En vista de su significado existencial para el futuro de toda la humanidad, debe convocarse a una sesión especial de la Asamblea General de las Naciones Unidas para tratarlo,

El sistema del Nuevo Bretton Woods y un Nuevo Trato para el planeta entero, en la tradición de Roosevelt —medidas por las que muchos mandatarios y economistas han venido pugnando—, deben convertirse de inmediato en el tema de una conferencia de emergencia de jefes de Estado, quienes han de decidir el nuevo sistema financiero mundial que les permitirá a todas las naciones desarrollarse. Debe acordarse la realización del Puente Terrestre Eurasiático, como la piedra angular de la reconstrucción de la economía mundial.

La Declaración de Independencia de EU —que el Instituto Schiller adoptó en su conferencia de fundación en 1984 como su carta constitucional al hacerla aplicable para todas las naciones del mundo, con sólo unos cuantos cambios— reza:

"Sostenemos como verdades evidentes que todos los hombres nacen iguales, que están dotados por su creador de ciertos derechos inalienables, entre los cuales se cuentan el derecho a la vida, a la libertad, y al alcance de la felicidad".

Esta Declaración de los Derechos Inalienables del Hombre debe seguirse sosteniendo hoy como una verdad evidente para todo ser humano. Lo que necesitamos hoy son hombres y mujeres que luchen con pasión y amor por la idea de un orden mundial más justo, uno en el que la comunidad de las naciones pueda vivir unida y con dignidad. La vida, la libertad y la felicidad significan, sobre todas las cosas, que todo el mundo tenga una alimentación suficiente y que la pobreza sea abolida, algo para la que contamos con todos medios tecnológicos. Ya sea que podamos hacer realidad esta visión, o que en vez de eso precipitemos a la humanidad hacia su caída, así es como la historia nos juzgará a cada uno de nosotros.